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Himnos a La Noche (Novalis)

Himnos a la Noche

Novalis

Hymnen an die Nacht, © 1797-1800. Traducción y notas de Eduardo Barjau (Editora Nacional, Madrid), en Himnos a la Noche – Enrique de Ofterdingen, obras de Novalis, Historia Universal de la literatura 93, Hyspamerica – Ediciones Orbis S. A., 1982.

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Contrastando con el carácter transparente, específicamente popular de la lírica romántica alemana, aparecen estrenando siglo, en 1800, los Himnos a la Noche de Novalis, versos filosóficos, místicos, obscuros como la noche, su destinataria. Aunque están espiritualmente emparentados con los Versos nocturnos de Young y las Noches lúgubres de Cadalso, superan a ambos en profundidad y en perfección. Los seis poemas de que se componen los Himnos… son la única obra consumada de Novalis, el malogrado poeta desaparecido en plena juventud por la galopante enfermedad romántica: la tuberculosis. Sería esta enfermedad también la causante de la muerte de su amada, la casi niña todavía Sophie von Kühn, la musa del poeta, la Luz de la Noche, la redentora, con Cristo, de la muerte.

Un crítico contemporáneo alemán ha calificado acertadamente los Himnos… de Novalis de «mística protestante adogmática de marcada afinidad con el catolicismo». Los Himnos… se caracterizan por el marcado lirismo –que nos recuerda a Hölderlin–, el intencionado antirracionalismo, el misterio y la tenebrosa ambientación que los envuelve.

Unos meses después de la muerte de Sophie, escribe Novalis en su Diario: «Empecé a leer a Shakespeare, me adentré en su lectura. Al atardecer me fui con Sophie. Entonces experimenté una felicidad indecible, momentos de entusiasmo como relámpagos. Vi como la tumba se convertía ante mí en una nube de polvo, siglos como momentos –sentía la proximidad de ella–, me parecía que iba a aparecer de un momento a otro».

Esta vivencia visionaria del poeta está fechada el 13 de Mayo de 1797. Y pudiera ser el punto de partida de ese largo proceso creativo que duró más de dos años. Pretender limitar los Himnos… de Novalis a lo estrictamente autobiográfico sería descender de lo universal a lo anecdótico. La vivencia amorosa y la experiencia religiosa personal cobran a través de los versos novalianos, vigencia universal y humana.

En el ciclo completo de los seis Himnos… reúne el poeta-filósofo lo fundamental de su sistema: la ascensión del Universo a Dios; la reacción antiilustrada de su tiempo, el enfrentamiento Noche-Luz, razón-sentimiento: a través de la noche y del sentimiento el hombre puede acceder a todo, al Más Allá, al Absoluto.

Aunque el primer himno comienza con un canto a la Luz, aliento de la Naturaleza entera –de la animada y de la inanimada–, el hombre –el eterno forastero– será adscripto al reino de la Noche, que simboliza la nostalgia de la criatura por la Luz. Estos símbolos universales y antagónicos: Luz-tinieblas, día-noche, celestial-terrenal, vida-muerte, recorren desde el principio hasta el final los “Himnos a la Noche” de Novalis.

La Noche cobra importancia frente a la Luz porque servirá de mediadora y descubridora de su amada, «dulce Sol de la Noche». El tercer himno preludia la unión mística y viene a reproducir la vivencia anotada en el Diario y que constituye la parte central del conjunto poético. La síntesis entre la Luz y la Noche se opera en el cuarto himno, en ese monte simbólico y bíblico de la transfiguración en el que el hombre «construye cabañas de paz» y que le sirve de caballo entre las dos vertientes que configura.

En el quinto –el más extenso de todos–, se opera un cambio de perspectiva, una interrupción en la «narración» de los acontecimientos: el poeta se recrea contándonos la historia de la humanidad, del mundo órfico de los antiguos, de aquellos pueblos que «veneraban con fervor infantil la tierna llama… como lo supremo del mundo».

Pero serán redimidos por el «Hijo de la primera Virgen y Madre» y conducidos con sus dioses al reino de la Noche, «el gran seno de la Revelación».

Se puede presentir el final feliz de la obra, que consistirá en la unión definitiva con Cristo y con Sophie:

 

Bajemos a encontrar la dulce Amada,

a Jesús, el amado, descendamos.

No temáis ya; el crepúsculo florece

para todos los que aman, para los afligidos.

 

 

1

 

¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,

por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,

a la que todo lo alegra, la Luz

–con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,

cuando ella es el alba que despunta?

Como el más profundo aliento de la vida

la respira el mundo gigantesco de los astros,

que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,

la respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,

la respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,

y el salvaje y ardiente animal multiforme,

pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,

de ojos pensativos y andar flotante,

de labios dulcemente cerrados y llenos de música.

Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,

la Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,

ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.

Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo.

 

Pero me vuelvo hacia el valle,

a la sacra, indecible, misteriosa Noche.

Lejos yace el mundo –sumido en una profunda gruta–

desierta y solitaria es su estancia.

Por las cuerdas del pecho sopla profunda tristeza.

En gotas de rocío quiero hundirme y mezclarme con la ceniza.

–Lejanías del recuerdo, deseos de la juventud, sueños de la niñez,

breves alegrías de una larga vida,

vanas esperanzas se acercan en grises ropajes,

como niebla del atardecer tras la puesta del Sol–.

En otros espacios abrió la Luz sus bulliciosas tiendas.

¿No tenía que volver con sus hijos,

con los que esperaban su retorno con la fe de la inocencia?

 

¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota

en el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía?

¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura?

¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?

Un bálsamo precioso destila de tu mano,

como de un haz de adormideras.

Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu.

Obscuramente, inefablemente nos sentimos movidos

–alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave,

un rostro que dulce y piadoso se inclina hacia mí,

y, entre la infinita maraña de sus rizos,

reconozco la dulce juventud de la Madre–.

¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!

¡Qué alegre y bendita la despedida del día!

Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,

por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,

para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.

Más celestes que aquellas centelleantes estrellas

nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.

Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos

–sin necesitar la Luz,

ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–

y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.

Gloria a la Reina del mundo,

a la gran anunciadora de Universos sagrados,

a la tuteladora del Amor dichoso

–ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche–

ahora permanezco despierto

–porque soy Tuyo y soy Mío *

 

* _ Al reconocer su pertenencia a la Noche, el poeta cobra conciencia de la plena posesión de sí mismo.

 

tú me has anunciado la Noche: ella es ahora mi vida

–tú me has hecho hombre–

que el ardor del espíritu devore mi cuerpo,

que, convertido en aire, me una y me disuelva contigo íntimamente

y así va a ser eterna nuestra Noche de bodas.

 

 

2

 

¿Tiene que volver siempre la mañana?

¿No acabará jamás el poder de la Tierra?

Siniestra agitación devora las alas de la Noche que llega.

¿No va a arder jamás para siempre la víctima secreta del Amor?

Los días de la Luz están contados;

pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche.

–El Sueño dura eternamente. Sagrado Sueño.–

No escatimes la felicidad

a los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche.

Solamente los locos te desconocen, y no saben del Sueño,

de esta sombra que tu, compasiva,

en aquel crepúsculo de la verdadera Noche

arrojas sobre nosotros.

Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas,

en el maravilloso aceite del almendro

y en el pardo jugo de la adormidera.

Ellos no saben que tú eres

la que envuelves los pechos de la tierna muchacha

y conviertes su seno en un cielo,

ellos ni barruntan siquiera

que tú,

viniendo de antiguas historias,

sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo

y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados,

de los silenciosos mensajeros de infinitos misterios.

 

 

3

 

Antaño,

cuando yo derramaba amargas lágrimas;

cuando, disuelto en dolor, se desvanecía mi esperanza;

cuando estaba en la estéril colina,

que, en angosto y obscuro lugar albergaba la imagen de mí

–solo, como jamás estuvo nunca un solitario,

hostigado por un miedo indecible–

sin fuerzas, pensamiento de la miseria sólo.

Cuando entonces buscaba auxilio por un lado y por otro

–avanzar no podía, retroceder tampoco–

y un anhelo infinito me ataba a la vida apagada que huía:

entonces, de horizontes lejanos azules

–de las cimas de mi antigua beatitud–,

llegó un escalofrío de crepúsculo,

y, de repente, se rompió el vínculo del nacimiento,

se rompieron las cadenas de la Luz.

Huyó la maravilla de la Tierra, y huyó con ella mi tristeza

–la melancolía se fundió en un mundo nuevo, insondable

ebriedad de la Noche, Sueño del Cielo–,

tú viniste sobre mí

el paisaje se fue levantando dulcemente;

sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu,

libre de ataduras, nacido de nuevo.

En nube de polvo se convirtió la colina,

a través de la nube vi los rasgos glorificados de la Amada

–en sus ojos descansaba la eternidad–.

Cogí sus manos. y las lágrimas se hicieron un vínculo

centelleante, indestructible.

Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes.

Apoyado en su hombro lloré;

lloré lágrimas de encanto para la nueva vida.

–Fue el primero, el único Sueño.–

Y desde entonces,

desde entonces sólo,

siento una fe eterna. una inmutable confianza en el Cielo de la Noche,

y en la Luz de este Cielo: la Amada.

 

 

4

 

Ahora sé cuándo será la última mañana

–cuándo la Luz dejará de ahuyentar la Noche y el Amor–

cuándo el sueño será eterno y será solamente Una Visión inagotable,

un Sueño.

Celeste cansancio siento en mí:

larga y fatigosa fue mi peregrinación al Santo Sepulcro, pesada, la cruz.

La ola cristalina,

al sentido ordinario imperceptible,

brota en el obscuro seno de la colina,

a sus pies rompe la terrestre corriente,

quien ha gustado de ella,

quien ha estado en el monte que separa los dos reinos

y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo, a la morada de la Noche

–en verdad–, éste ya no regresa a la agitación del mundo,

al país en el que anida la Luz en eterna inquietud.

 

Arriba se construyen cabañas, cabañas de paz *,

 

* _ Alusión al texto evangélico que narra la transfiguración de Jesús (Luc. IX, 33: «Levantemos tres tiendas…»)

 

anhela y ama, mira al otro lado,

hasta que la más esperada de todas las horas le hace descender

y le lleva al lugar donde mana la fuente,

sobre él flota lo terreno *,

 

* _ Ver Enrique de Ofterdingen, capítulo 6: «“¿Dónde está el río?”, gritó (Enrique) entre sollozos. “Aquí, encima de nosotros, ¿no ves sus ondas azules?” Enrique levantó la vista y vio cómo el río azul discurría silencioso sobre su cabeza.»

 

las tormentas lo llevan de nuevo a la cumbre,

pero lo que el toque del Amor santificó

fluye disuelto por ocultas galerías,

al reino del más allá,

donde, como perfumes,

se mezcla con los amados que duermen en lo eterno.

 

Todavía despiertas,

viva Luz,

al cansado y le llamas al trabajo

–me infundes alegre vida–

pero tu seducción no es capaz de sacarme

del musgoso monumento del recuerdo.

Con placer moveré mis manos laboriosas,

miraré a todas partes adonde tú me llames

–glorificaré la gran magnificencia de tu brillo–,

iré en pos, incansable, del hermoso entramado de tus obras de arte

–contemplaré la sabia andadura de tu inmenso y luciente reloj–,

escudriñaré el equilibrio de las fuerzas

que rigen el maravilloso juego de los espacios, innúmeros, con sus tiempos.

Pero mi corazón, en secreto,

permanece fiel a la Noche,

y fiel a su hijo, el Amor creador.

¿Puedes tú ofrecerme un corazón eternamente fiel?

¿Tiene tu Sol ojos amorosos que me reconozcan?

¿Puede mi mano ansiosa alcanzar tus estrellas?

¿Me van a devolver ellas el tierno apretón y una palabra amable?

¿Eres tu quien la ha adornado con colores y un leve contorno,

o fue Ella la que ha dado a tus galas un sentido más alto y más dulce?

¿Qué deleite, qué placer ofrece tu Vida

que suscite y levante los éxtasis de la muerte?

¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la Noche?

Ella te lleva a ti como una madre y tú le debes a ella todo tu esplendor.

Tú te hubieras disuelto en ti misma,

te hubieras evaporado en los espacios infinitos,

si ella no te hubiera sostenido,

no te hubiera ceñido con sus lazos para que naciera en ti el calor

y para que, con tus llamas, engendraras el mundo.

En verdad, yo existía antes de que tú existieras,

la Madre me mandó, con mis hermanos,

a que poblara el mundo,

a que lo santificara por el Amor,

para que el Universo se convirtiera

en un monumento de eterna contemplación

–me mandó a que plantara en él flores inmarcesibles–.

Pero aún no maduraron estos divinos pensamientos.

–Son pocas todavía las huellas de nuestra revelación.–

Un día tu reloj marcará el fin de los tiempos,

cuando tú seas una como nosotros,

y, desbordante de anhelo y de fervor,

te apagues y te mueras.

En mí siento llegar el fin de tu agitación

–celeste libertad, bienaventurado regreso–.

Mis terribles dolores me hacen ver que estás lejos todavía de nuestra patria;

veo que te resistes al Cielo, magnífico y antiguo.

Pero es inútil tu furia y tu delirio.

He aquí, levantada, la Cruz, la Cruz que jamás arderá

–victorioso estandarte de nuestro linaje–.

 

Camino al otro lado,

y sé que cada pena

va a ser el aguijón

de un placer infinito.

Todavía algún tiempo,

y seré liberado,

yaceré embriagado

en brazos del Amor.

La vida infinita

bulle dentro de mí:

de lo alto yo miro,

me asomo hacia ti.

En aquella colina

tu brillo palidece,

y una sombra te ofrece

una fresca corona.

¡Oh, Bienamada, aspira

mi ser todo hacia ti;

así podré amar,

así podré morir.

Ya siento de la muerte

olas de juventud:

en bálsamo y en éter

mi sangre se convierte.

Vivo durante el día

lleno de fe y de valor,

y por la Noche muero

presa de un santo ardor.

 

 

5

 

Sobre los amplios linajes del hombre reinaba,

hace siglos, con mudo poder,

un destino de hierro:

Pesada, obscura venda envolvía su alma temerosa.

La tierra era infinita, morada y patria de los dioses.

Desde la eternidad estuvo en pie su misteriosa arquitectura.

Sobre los rojos montes de Oriente, en el sagrado seno de la mar,

moraba el Sol, la Luz viva que todo lo inflama.

Un viejo gigante * llevaba en sus hombros el mundo feliz.

 

* _ Alusión al mito de Atlas.

 

Encerrados bajo las montañas yacían los hijos primeros de la madre Tierra.

Impotentes en su furor destructor contra la nueva y magnífica estirpe de Dios

y la de sus allegados, los hombres alegres.

La sima obscura y verde del mar, el seno de una diosa.

En las grutas cristalinas retozaba un pueblo próspero y feliz.

Ríos y árboles, animales y flores tenían sentido humano.

Dulce era el vino, servido por la plenitud visible de los jóvenes,

un dios en las uvas,

una diosa, amante y maternal,

creciendo hacia el cielo en plenitud y el oro de la espiga,

la sagrada ebriedad del Amor, un dulce culto a la más bella de las diosas,

eterna, polícroma fiesta de los hijos del cielo y de los moradores de la Tierra,

pasaba, rumorosa, la vida,

como una primavera, a través de los siglos.

Todas las generaciones veneraban con fervor infantil la tierna llama,

la llama de mil formas, como lo supremo del mundo.

Un pensamiento sólo fue, una espantosa imagen vista en sueños.

 

Terrible se acercó a la alegre mesa,

y envolvió el alma en salvaje pavor;

ni los dioses supieron consolar

el pecho acongojado de tristeza.

Por sendas misteriosas llegó el Mal;

a su furor fue inútil toda súplica,

Era la muerte, que el bello festín

interrumpía con dolor y lágrimas.

 

Entonces, separado para siempre

de lo que alegra aquí el corazón,

lejos de los amigos, que en la Tierra

sufren nostalgia y dolores sin fin,

parecía que el muerto conocía

sólo un pesado sueño, una lucha impotente.

La ola de la alegría se rompió

contra la roca de un tedio infinito.

 

Espíritu osado y ardiente sentido,

el hombre embelleció la horrible larva;

un tierno adolescente apaga la Luz y duerme,

dulce Tierra, como viento en el arpa,

el recuerdo se funde en los ríos de sombra,

la poesía cantó así nuestra triste pobreza,

pero quedaba el misterio de la Noche eterna,

el grave signo de un poder lejano.

 

A su fin se inclinaba el viejo mundo.

Se marchitaba el jardín de delicias de la joven estirpe

–arriba, al libre espacio, al espacio desierto, aspiraban los hombres subir,

los que ya no eran niños, los que iban creciendo hacia su edad madura.

Huyeron los dioses, con todo su séquito.

Sola y sin vida estaba la Naturaleza.

Con cadena de hierro ató el árido número y la exacta medida.

Como en polvo y en brisas se deshizo

en obscuras palabras la inmensa floración de la vida.

Había huido la fe que conjura y la compañera de los dioses,

la que todo lo muda, la que todo lo hermana:

la Fantasía.

Frío y hostil soplaba un viento del Norte sobre el campo aterido,

y el país del ensueño, la patria entumecida por el frío, se levantó hacia el éter.

Las lejanías del cielo se llenaron de mundos de Luz.

Al profundo santuario, a los altos espacios del espíritu,

se retiró con sus fuerzas el alma del mundo,

para reinar allí hasta que despuntara la aurora de la gloria del mundo.

La Luz ya no fue más la mansión de los dioses,

con el velo de la Noche se cubrieron.

Y la Noche fue el gran seno de la revelación,

a él regresaron los dioses, en él se durmieron,

para resurgir, en nuevas y magníficas figuras, ante el mundo transfigurado.

En el pueblo, despreciado por todos, madurado temprano,

extraño tercamente a la beata inocencia de su juventud,

apareció, con rostro nunca visto, el mundo nuevo

–en la poética cueva de la pobreza–.

Un Hijo de la primera Virgen y Madre,

de un misterioso abrazo el infinito fruto.

Rico en flor y en presagios, el saber de Oriente

reconoció el primero el comienzo de los nuevos tiempos.

Una estrella le señaló el camino que llevaba a la humilde cuna del Rey.

En nombre del Gran Futuro le rindieron vasallaje:

esplendor y perfume, maravillas supremas de la Naturaleza.

Solitario, el corazón celestial se desplegó en un cáliz de omnipotente Amor,

vuelto su rostro al gran rostro del Padre,

recostado en el pecho, rico en presagios y dulces esperanzas, de la Madre

amorosamente grave.

Con ardor que diviniza,

los proféticos ojos del Niño en flor

contemplaban los días futuros;  miraba

a sus amados, los retoños de su estirpe divina,

sin temer por el destino terrestre de sus días.

Muy pronto, extrañamente conmovidos por un íntimo Amor,

se reunieron en torno a él los espíritus ingenuos y sencillos.

Como flores,

germinaba una nueva y extraña vida a la vera del Niño.

Insondables palabras, el más alegre de los mensajes, caían,

como centellas de un espíritu divino, de sus labios amables.

De costas lejanas,

bajo el cielo sereno y alegre de Héllade

llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón entero al Niño del Milagro:

 

Tú eres el adolescente que desde hace tiempo

estás pensando, sobre nuestras tumbas:

un signo de consuelo en las tinieblas

–alegre comenzar de un nuevo hombre–.

Lo que nos hunde en profunda tristeza

en un dulce anhelar se nos lleva:

la Muerte nos anuncia eterna Vida,

Tú eres la Muerte, y sólo Tú nos salvas.

 

Lleno de alegría,

partió el cantor hacia Indostán

–ebrio su corazón de dulce Amor–;

y esparció la noticia con ardientes canciones bajo aquel dulce cielo,

y miles de corazones se inclinaron hacia él,

y el alegre mensaje en mil ramas creció.

El cantor se marchó,

y la vida preciosa fue víctima pronto de la honda caída del hombre.

Murió en sus años mozos,

arrancado del mundo que amaba,

de su madre, llorosa, y los amigos, medroso.

El negro cáliz de indecibles dolores

tuvieron que apurar sus labios amorosos.

Entre angustias terribles llegaba la hora del parto del mundo nuevo.

Libró duro combate con el espanto de la vieja muerte,

–grande era el peso del viejo mundo sobre él–.

Una vez más volvió a mirar a su madre con afecto

–y llegó entonces la mano que libera,

la dulce mano del eterno Amor–,

y se durmió en la eternidad.

Por unos días, unos pocos tan sólo,

cayó un profundo velo sobre el mar rugiente y la convulsa Tierra

–mil lágrimas lloraron los amados–,

cayó el sello del misterio

–espíritus celestes levantaron la piedra,

la vieja losa de la obscura tumba–.

Junto al durmiente

–moldeados dulcemente por sus sueños–

estaban sentados ángeles.

En nuevo esplendor divino despertado

ascendió a las alturas de aquel mundo nacido de nuevo,

con sus propias manos sepultó el viejo cadáver en la huesa que había abandonado

y, con mano omnipotente, colocó sobre ella una losa que ningún poder levanta.

 

Tus amados aún lloran lágrimas de alegría, lágrimas de emoción, de gratitud infinita,

junto a tu sepulcro –sobrecogidos de alegría, te ven aún resucitar–

y se ven a sí mismos resucitar contigo;

te ven llorar, con dulce fervor, en el pecho feliz de la Madre;

pasear, grave, con los amigos;

decir palabras que parecen arrancadas del Árbol de la Vida;

te ven correr anhelante a los brazos del Padre,

llevando contigo la nueva Humanidad,

el cáliz inagotable del dorado Futuro.

La Madre corrió pronto hacia ti –en triunfo celeste–.

Ella fue la primera que estuvo contigo en la nueva patria.

Largo tiempo transcurrió desde entonces,

y en creciente esplendor se agitó tu nueva creación

–y miles de hombres siguieron tus pasos:

dolores y angustias, la fe y la añoranza les llevaron confiados tras ti–

contigo y la Virgen celeste caminan por el reino del Amor

–servidores del templo de la muerte divina, tuyos para la Eternidad–.

 

Se levantó la losa.

–Resucitó la Humanidad.–

Tuyos por siempre somos,

no sentimos ya lazos.

Huye la amarga pena

ante el cáliz de Oro,

Vida y Tierra cedieron

en la última Cena.

 

La muerte llama a bodas.

–Con Luz arden las lámparas.–

Las vírgenes ya esperan

–no va a faltar aceite–.

Resuene el horizonte

del cortejo que llega,

nos hablen las estrellas

con voz y acento humanos.

 

A ti, mil corazones,

María, se levantan.

En esta vida en sombras

te buscan sólo a ti.

La salud de ti esperan

con gozo y esperanza,

si tú, Santa María,

a tu pecho les llevas.

 

Cuántos se consumieron

en amargos tormentos,

y, huyendo de este mundo,

volvieron hacia ti,

Ellos son nuestro auxilio

en penas y amarguras,

vamos ahora a ellos,

para ser allí eternos.

 

Nadie que crea y ame

llorará ante una tumba:

el Amor, dulce bien,

nadie le robará.

–Su nostalgia mitiga

la ebriedad de la Noche.–

Fieles hijos del Cielo

velan su corazón.

 

Con tal consuelo avanza

la vida hacia lo eterno;

un fuego interno ensancha

y da Luz a nuestra alma;

una lluvia de estrellas

se hace vino de vida,

beberemos e él

y seremos estrellas.

 

El Amor se prodiga:

ya no hay separación.

La vida, llena, ondea

como un mar infinito;

una Noche de gozo

–un eterno poema–

y el Sol, el Sol de todos,

será el rostro de Dios.

 

 

6 – Nostalgia de la muerte

 

Descendamos al seno de la Tierra,

dejemos los imperios de la Luz;

el golpe y el furor de los dolores

son la alegre señal de la partida.

Veloces, en angosta embarcación,

a la orilla del Cielo llegaremos.

 

Loada sea la Noche eterna;

sea loado el Sueño sin fin.

El día, con su Sol, nos calentó,

una larga aflicción nos marchitó.

Dejó ya de atraernos lo lejano,

queremos ir a la casa del Padre.

 

¿Qué haremos, pues, en este mundo,

llenos de Amor y de fidelidad?

El hombre abandonó todo lo viejo;

ahora va a estar solo y afligido.

Quien amó con piedad el mundo pasado

no sabrá ya qué hacer en este mundo.

 

Los tiempos en que aún nuestros sentidos

ardían luminosos como llamas;

los tiempos en que el hombre conocía

el rostro y la mano de su padre;

en que algunos, sencillos y profundos,

conservaban la impronta de la Imagen.

 

Los tiempos en que aún, ricos en flores,

resplandecían antiguos linajes;

los tiempos en que niños, por el Cielo,

buscaban los tormentos y la muerte;

y aunque reinara también la alegría,

algún corazón se rompía de Amor.

 

Tiempos en que, en ardor de juventud,

el mismo Dios se revelaba al hombre

y consagraba con Amor y arrojo

su dulce vida a una temprana muerte,

sin rechazar angustias y dolores,

tan sólo por estar a nuestro lado.

 

Medrosos y nostálgicos los vemos,

velados por las sombras de la Noche;

jamás en este mundo temporal

se calmará la sed que nos abrasa.

Debemos regresar a nuestra patria,

allí encontraremos este bendito tiempo.

 

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?

Los amados descansan hace tiempo.

En su tumba termina nuestra vida;

miedo y dolor invaden nuestra alma.

Ya no tenemos nada que buscar

–harto está el corazón–, vacío el mundo.

 

De un modo misterioso e infinito,

un dulce escalofrío nos anega,

como si de profundas lejanías

llegara el eco de nuestra tristeza:

¿Será que los amados nos recuerdan

y nos mandan su aliento de añoranza?

 

Bajemos a encontrar la dulce Amada,

a Jesús, el Amado, descendamos.

No temáis ya: el crepúsculo florece

para todos los que aman, para los afligidos.

Un sueño rompe nuestras ataduras

y nos sumerge en el seno del Padre.

 

 

Anexo 1: Dos versiones alternativas del Himno 1

En: http://usuarios.lycos.es/domiarmo/index-111.html

 

Versión 1

 

¿Qué mortal

dotado de sensibilidad

no amará, entre tantas

manifestaciones prodigiosas

del ámbito en torno suyo,

la luz placentera

con sus rayos y ondas,

sus colores,

su suave omnipresencia

en el día?

Como la más íntima

substancia de la vida

alienta por ella el mundo inmenso

de las constelaciones sin reposo

flotando en su mar azul,

por ella alienta la piedra fúlgida,

la planta silenciosa,

y la fuerza,

en continuo movimiento y en multitud

de formas modelada, de los animales;

por ella alientan

nubes y aires multicolores

y sobre todo

esos extraños sin par

de mirada sensual,

de paso elástico

y labios sonoros.

Como rey

telúrico

cada impulso la conjura

en innumerables mutaciones

y con sólo su presencia

se manifiesta la grandeza

de su imperio terrenal.

Me dirijo hacia abajo,

a la Noche misteriosa,

sagrada e inefable;

en lontananza yace el mundo

como encimado en una profunda fosa,

¡cuán yermo y solitario

está su emplazamiento!

Honda melancolía

vibra en las cuerdas del pecho;

lejanías del recuerdo,

deseos de juventud,

sueños de la niñez,

alegrías fugaces

de toda una vida

y vanas esperanzas

se presentan en vestiduras grises

como niebla vespertina

después de ponerse

el Sol.

En lontananza yace el mundo

con sus goces múltiples.

En otros espacios

tendió la luz

su toldo festivo.

¿No tornará jamás

a sus fieles hijos,

a sus jardines,

a su morada suntuosa?

Pero, ¿qué brota

tan fresco y delicioso,

tan lleno de presentimientos

en pos del corazón

y se traga auras

de melancolía?

¿Tienes también tú,

oh fuerza tenebrosa,

corazón humano?

¿Qué ocultas

bajo tu manto

que tan invisible y poderosamente

me penetra el alma?

Sólo en apariencia eres horrible;

bálsamo delicioso

gotea de tu mano,

del hato de amapolas.

en dulce embriaguez

abre las pesadas alas del ánimo.

Y nos ofrendas alegrías

obscuras e indecibles,

misteriosas, como tú misma,

alegrías que nos

dejan entrever un paraíso.

¡Cuán pobre y pueril

se me antoja la luz

con sus múltiples elementos,

cuán alegre y bendito

el adiós a la tarde!

Y sólo porque

la Noche te aparte de los siervos,

sembraste

en los confines del espacio

esferas luminosas

para anunciar tu omnipotencia,

y retorno,

en tiempos de tu alejamiento.

Más sublime que aquellas estrellas rutilantes

en ese mismo ámbito

nos parecen los ojos inmensos

que la Noche

abrió en nosotros.

Miran más allá

que los más pálidos

de aquellos incontables ejércitos;

innecesitados de luz,

traspasan las profundidades

de un alma enamorada,

llenando un espacio superior

de voluptuosidad indescriptible.

Dádiva de la reina del universo,

de la gran profetisa

de un mundo sagrado,

de la guarda

de un amor bienaventurado.

Amada, llegas

 –la Noche ha venido ya–

se ha consumado el día,

mi alma está enajenada,

y tú eres otra vez mía.

Estoy mirándote en esos profundos ojos negros,

no veo otra cosa que amor y dicha.

Nos hundimos en el altar de la Noche,

en el tálamo mullido

caen los ropajes;

y encendidos por la cálida tensión,

se alza el fuego puro

de una dulce inmolación.

 

Versión 2

 

Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama por encima de todas las maravillas del espacio circundante, a la Luz jubilosa, con sus colores, sus rayos y sus ondas, dulce omnipresencia al despuntar el alba? Como alma íntima y vital la respira el mundo gigantesco de los astros que flotan, en incesante danza, por su fluido azul, la respira la piedra centelleante y en eterno reposo, la respira la planta, meditativa, que sorbe la savia de la Tierra, y el salvaje animal, ardiente y multiforme, pero antes que todos ellos, la respira el egregio extranjero, de ojos pensativos y labios suavemente cerrados y llenos de sonidos. Como un rey de la naturaleza terrestre, la Luz convoca todas las fuerzas a cambios innúmeros, crea y destruye infinitas ataduras, envuelve a todos los seres de la Tierra en su aureola celestial, con su sola presencia revela el esplendor de los reinos de este mundo.

Dejándola atrás me dirijo hacia la sagrada, inefable y misteriosa Noche. Lejos yace el mundo –sumido en honda cripta– desierto y solitario es el lugar. Una profunda melancolía vibra por las cuerdas del pecho. Quiero descender en gotas de rocío y mezclarme con la ceniza. Lejanías del recuerdo, deseos de juventud, sueños de la infancia, breves alegrías y vanas esperanzas de una larga vida acuden cubiertas de grises ropajes, como niebla del ocaso a la puesta del Sol. En otros espacios ha levantado la Luz sus alegres tiendas. ¿No regresará al lado de sus hijos que esperan su retorno con la fe de la inocencia?

¿Qué es lo que de forma repentina surge del fondo del corazón y sorbe el aire suave dela melancolía? ¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura? ¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que con fuerza invisible me penetra el alma? Un preciado bálsamo destila de tu mano, como si fuera un atado de amapolas. Tú haces que se levanten las pesadas alas del desánimo. Una obscura e inefable emoción nos invade –alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave, un rostro que dulce y reverente se inclina hacia mí, y entre la interminable maraña de sus rizos, aparece la amorosa juventud de la Madre. ¡Qué pobre y pueril aparece ahora la Luz! ¡Qué alegre y bendita la despedida del día! Sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores, sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas que pregonan tu omnipotencia –tu retorno– mientras dure tu alejamiento. Más celestiales que aquellas brillantes estrellas nos parecen los ojos infinitos que la Noche abrió en nosotros. Más lejos ven ellos que los pálidos ojos de aquellas incontables legiones sin necesitar la luz, sus ojos atraviesan la profundidad del alma enamorada llenando de indecible deleite un espacio más alto. Gloria a la reina del mundo, la gran mensajera de universos sagrados, la protectora del amor dichoso –ella te envía hasta mí, mi tierna Amada– adorado Sol de la Noche –ahora permanezco despierto– porque soy tuyo y soy mío a la vez –tú me has anunciado que la Noche es vida: tú me has hecho hombre– mi cuerpo se consume en ardor espiritual, y convertido en aire, que a ti me una y que íntimamente me disuelva, y eterna será nuestra noche de bodas.

 

 

Anexo 2: Novalis “está a ojos abiertos al suceder del cielo”

En: verbigracia ideas artes letras Nº 44 Año III, 14 de Marzo del 2000.

En: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N92/ensayo.htm

 

Cesar Seco hace ver al poeta en su alumbramiento.

El nombre de Novalis se erige como una suerte de paradigma en el que realidad y fantasía son inseparables. En sus Himnos a la Noche César Seco se topa con la clave para acceder desde el “vacío país de la obscuridad donde ‘todo sobrenada’ al país del alumbramiento. Amanecer delante de la Noche” y abrazar “vida y muerte en una sola mirada”. El encuentro con el poeta alemán estuvo signado por el destino: “No tuve dudas: una voluntad actuaba y me sumergía en la lectura de Novalis.”

 

A Ramón Miranda y Wolfgang Garvett

 

Luego de un inicial interés, aplazado durante años, en buen momento me sumerjo en la lectura de Novalis. Un amigo tenía en su Völskswagen un pequeño libro de cubierta obscura. El vio de inmediato cómo mis ojos se fueron hacia el ejemplar que estaba entre los dos asientos delanteros. No tuvo reparo en colocarlo en mis manos, no sin antes hacer un ademán de niño que lo separan de algo muy querido. Esto ocurrió en medio de un silencio venerable. Sabemos que Novalis fue un poeta despierto al sueño. Mi amigo es un insomne.

Mi primer encuentro con Novalis ocurrió cuando hacía de asistente en la biblioteca pública de mi ciudad solar. Cierta mañana ordenaba una ruma de libros y me topé con los cuentos de Herman Hesse. Al abrir el libro fui a dar a las páginas de un cuento titulado “Edmund“. Cuenta éste la historia de un joven “capacitado y de buena familia”, que por varios años fue discípulo de un respetable profesor. El relato da cuenta de los infinitos poderes de la mente y de las resoluciones imprevisibles del sentido. La experiencia entre el maestro y su discípulo va del secreto poder de las palabras de un oráculo y su discernimiento, a la refutación mutua de los posibles significados, y de aquí, a una práctica de yoga que nos conduce a un inusitado y sorprendente final. El relato intercala otra anécdota no menos interesante que la primera. Una anécdota que trata de “aquel joven profesor adjunto de Marburgo que se propuso narrar la vida y la muerte del piadoso poeta Novalis. Se sabe cómo este poeta tomó la decisión, al fallecer su prometida, de seguirla en la muerte; para ello, como auténtico creyente que era, no apeló a medios mecánicos como el veneno o el arma de fuego, sino que se encaminó hasta su meta con medios puramente psíquicos y mágicos, llegando a morir precozmente. El adjunto se dejó fascinar por el hechizo de aquella vida y muerte singulares y sintió despertar en sí el deseo de seguir al poeta e imitarle en la muerte a través de un método de configuración e identificación espiritual. Lo que lo movió a ello no fue propiamente el hastío de la vida, sino más bien el ansia del milagro, es decir, de alcanzar el dominio de la vida corpórea mediante las fuerzas del alma”. La forma en que Hesse superpone las anécdotas es maestra. Puedo jurar que actuó en mí como pudo haberlo hecho en aquel joven adjunto de Marburgo. Supe que en algún momento la lectura de Novalis me sería propicia. Mi tercer encuentro con Novalis comienza aquí. Abro el libro de cubierta obscura y aparecen los Himnos a la Noche.

Tal como el poeta lo relata en su Diario, la escritura de los Himnos… la inicia un 13 de mayo de 1797, después de que regresara de visitar la tumba de su amada Sophia. Novalis dice que estando inclinado ante la lápida tuvo el presentimiento de que Sophia le hablaba desde el más allá. “La poesía diluye la existencia ajena en la propia”, anotó en sus Fragmentos, como si la suya sólo se cumpliera en el cuerpo de la escritura. La primera lectura de los Himnos… me llevó a un sueño meridiano del que desperté fatigado. Un vapor cálido parecía emanar de mi cabeza. Estaba despierto y nada recordaba. De pronto tuve la sensación de que una Luz mi cuerpo recorría. No podía explicarme por qué había en el cuarto tan extraño reflejo. Me levanté y vino a mi sentido el sueño que creí olvidar: una llama azul, algo así como un montoncito de Luz rebotaba incesante contra las paredes de una caja obscura. Todo comenzó a parecerme el cumplimiento de una voluntad exterior a la mía. Al promediar la tarde salí de casa. En cuestión de minutos tocaba a la puerta del apartamento de otro amigo, quien se apresuró en abrirme y me invitó a tomar asiento para leerme un cuento que acaba de terminar y que versaba sobre un hombre que por la dignidad de su vida, méritos simples y sencillos, llegó a parecer a los demás un santo. Curiosamente, mi amigo igualaba su personaje a una llamita humeante de incienso. Cuando terminó de leer, nos dirigimos a la mesa y fue cuando nuevamente ocurrió lo inesperado: íngrimo, sobre la pulida madera estaba el libro de Gastón Bachelard La llama de una vela. No tuve dudas: una voluntad actuaba y me sumergía en la lectura de Novalis. La vida siempre estará más allá de lo real y ocurrente. En este momento soy el que está solo, el que ve entrar la Luz dando pasos desde la puerta.

La entrada en los Himnos… nos hace ver al poeta en su alumbramiento. Está a ojos abiertos al suceder del cielo. Se desvela alrededor de la harina del poema:

 

Qué ser entre los vivos

dotado de sensibilidad

ante los cuadros prodigiosos

que el espacio le muestra

alrededor no ama

la gratísima Luz.

 

Luz que es ceguera para algunos y videncia para otros. Radiación áurea y aérea. Emanación de un espectro. Líquida, distinta y multiforme se nos da. Sobre todo, dice Novalis, a “el de boca grávida de música”, el poeta, aquel que se vuelve “hacia la misteriosa, inexpresable Noche sagrada”. Noche que para dejarse ver solicita su Alma. Obscura Noche ésta, siembra su poder “allá en la lejanía, en las radiantes esferas”. Pero, es aquí, en nuestro pobre cuerpo humano, en nuestro rostro, donde se espabila: “son los inmensos ojos que en nosotros abrió la Noche”. Esplendor y descalabro del espíritu, la Noche se transfigura en Amada, en Madre y en Muerte:

 

Te miro en tus ojos negros

y nada veo.

 

Bachelard dice: “Los seres del sueño, en Novalis, no existen sino cuando se les toca”. ¡Qué otra cosa estoy sintiendo! Toda la Noche vuelve a la Luz; Luz que es su muerte.

En el volver de la Luz la Noche aterriza. El poeta sabe que: “Adjudicada fue a la Luz su duración, igual que a la vigilia. Pero es intemporal el reino de la Noche y eterna es la duración del sueño”. La Noche se abisma y nos abisma, clara donde obscura es. Mujer abre su cielo al misterio. Elevación y caída súbita. Impacto de la muerte de la Amada: el corazón se desmigaja lento. región de lo fortuito. La muerte es la vida de los espectros que la Noche eleva: “Fluyó conmigo la melancolía en un mundo nuevo e insondable, tú éxtasis nocturno, somnolencia del cielo caíste sobre mí”. Noche alumbrada por el sueño: “la eterna inquebrantable fe en el cielo nocturno y en su Sol, que es la Amada”. No cejar de ver, ver lo otro, el arriba en el abajo y viceversa, esto nos pide la Noche cuando la poesía nos desvela. Nunca cierra los ojos ella, fragua siempre un nuevo país; otro lugar. Del vacío país de la obscuridad donde “todo sobrenada” accedemos al país del alumbramiento. Amanecer delante de la Noche. Ciertamente, vida y muerte en una sola mirada: “sobre la misma cima fronteriza del mundo”.

La Noche es una “inteligente marcha”, invita a ascender y descender: “sondearé con gusto dentro del equilibrio de las fuerzas y las reglas del juego, maravilloso juego, de los sinnúmeros espacios y de su tiempo innumerable”. Vislumbres del poeta, la Noche le hace consciente de lo oculto y lo revelado; Noche, arcana amante, voz de la poesía: “¿Acaso todo cuanto nos exalta no lo posee ya el color de la Noche?”; súbito del fantasma creador: “Es ella quien te guía como madre y es a ella a quien debes tu grandeza. En ti misma te disiparías desvaneciéndote en los espacios infinitos si no te contuviera y te atare para que te encendieses y al arder engendraras el mundo”. La rúbrica es de Dios y el poeta lo sabe: “Para otorgar sentido, un humano sentido a lo que tú creaste”. Al final de la Noche quien habla es la muerte: “Aspira amado, aspírame con fuerza”. A la Luz de la poesía es atribuible lo que María Zambrano tuvo por “visión de lo viviente, de lo que se enciende por sí mismo”.

Mis anotaciones van poblando el margen del libro y se conectan con los subrayados. Esta pasión contagiante me lleva a todo lo que un poeta es capaz de engendrar y decir. Llegamos a donde Novalis nos sugiere que la Noche en que la poesía al Todo dice, es la “Noche primordial”. Origen aquel de cuando “la Tierra era infinita y rica en joyas y milagros”. Edén de vuelta a los ojos del enamorado en la vigilia: “Sobre los azulados montes del amanecer… la vivaz y siempre esplendorosa Luz”. Jardín de oro donde “los ríos y los árboles poseían un sentimiento humano”. Vida entonces hecha de vida: “llama frágil y preciosa”. Noche tras el Alma, no deja de volar obscura en busca de la Luz. Placer y dolor de lo vivo en tránsito, angustia que la imaginación “transforma y fraterniza”. Noche vislumbrando el rostro invisible de Dios: “un santuario más hondo… un espacio superior del alma… rostro jamás visto, en la cabaña milagrosa de la pobreza”. Corazón chispeante, habla entonces el ángel del poeta: “Eres el joven que desde hace tiempo hondamente llora sobre nuestras tumbas”. Rostro transfigurado de Cristo: “La muerte reveló la vida eterna. Tú eres la muerte y tú nos curarás”. Caída del espíritu por la materia: “aquella preciosa vida víctima fue de la honda ruina humana”. Combustión del alma posible por la fe: “No llora de dolor sobre las tumbas quien amando cree”. Espíritu en su morada, fue: “para aplacar su ansiedad la Noche le enardece”. Fuego que devora y libera: “El amor es ya libre, ya no hay separación”. La vida ondea nuevamente, plenitud por conversión. El dolor se trueca en gozo; ascensión mística:

 

De una Noche de gozo

un eterno poema

que nuestro Sol reside

en el rostro de Dios.

 

Un salto doy desde los Himnos… al libro de Bachelard. Me basta con agregar una sola de sus afirmaciones y sosegar el calor de mis impresiones: “¡Con qué facilidad el soñador de mundo pasa de su vela a las grandes luminarias del cielo! Podemos llegar a sentirnos inspirados cuando en el curso de nuestras lecturas somos tocados por esta verdadera amplificación”. Así sea.

César Seco

 

 

César Seco es ensayista y poeta.

 

 

Anexo 3: Novalis y los Himnos a la Noche

Agulha – Revista de Cultura # 13/14 – fortaleza, são paulo – junho/julho de 2001

En: http://www.secrel.com.br/jpoesia/ag1314novalis.htm

 

Tal vez la temprana muerte de Friedrich von Hardenberg, el 25 de marzo de 1801, escasos días antes de cumplir los veintinueve años de edad, fue un paso decisivo en la construcción del mito romántico del poeta que en buena medida él ha pasado a representar. Hardenberg, quien ingresaría a la historia de la literatura con el seudónimo con el que firmó sus libros: Novalis, poseía tanto en su persona como en su incipiente obra las características que el espíritu de su época, y más exactamente la cultura alemana de ese momento, necesitaban para ofrecer una figura opuesta al razonado clasicismo de Goethe y la Enciclopedia francesa.

El siglo XVIII europeo finalizaba con una Ilustración que había desembocado en una Revolución Francesa que, bajo las armas de Napoleón Bonaparte, amenazaba en convertirse también en un vasto Imperio que se expandía casi por toda Europa, el norte de África y el Medio Oriente. Evidentemente más contemporáneos de tiempo que de circunstancia (Novalis nació en 1772 en Prusia y Napoleón en 1769 en Córcega), la precocidad militar de Napoleón y la literaria de Novalis convergieron, sin embargo, en un momento de la historia europea que admiró, con excesivo mérito, toda desmesura y las explosiones del genio individual. Para un hombre de la segunda mitad del siglo XVIII no había ya un punto de referencia confiable ni inmóvil. En todas las áreas de la actividad humana la constante parecía ser el descubrimiento de lo dinámico y de lo evolutivo. A pesar de todo, lo más próximo a ese punto de referencia había pasado a situarse en la naturaleza. Lo que provenía de la naturaleza se consideraba, hasta cierto punto, un orden sagrado pero caprichoso. Hay que recordar que, entre otras cosas, el siglo XVIII fue un siglo de grandes naturalistas y exploradores. En parte por los numerosos viajeros ilustrados que vivieron en él y que prácticamente recorrieron el planeta en sus travesías científicas, pero también por la curiosidad sin límites de la pujante y optimista burguesía que, armada con el nuevo instrumento del método científico, miraba con otros ojos las ciencias y las artes tradicionales. El siglo de las luces revisaba con ironía condescendiente las ancestrales tinieblas del misterio religioso.

Por esa misma época, las viejas rivalidades entre Francia y Alemania llegaban hasta el territorio de la literatura. La Ilustración francesa, como acabamos de esbozar, era antes que nada el optimismo de la razón frente a cualquier autoridad y muy especialmente frente a lo que hasta entonces se conocía como el derecho divino. La nación moderna que había surgido con la revolución francesa había pasado de ser una sociedad de sangres a una de ciudadanos. La jerarquía del mérito desplazaba a la de la cuna; la autoridad del intelecto, a la de la revelación. Pero en Alemania –y cabría preguntarse si esto no era en parte un modo de resistencia cultural–, sucedía por esos años casi lo contrario. El Romanticismo se imponía y con una generación deslumbrante de filósofos y artistas que aportarían, en unos cuantos años, una visión distinta de lo hasta entonces juzgado como arte, literatura y filosofía. “Surgía una generación para la cual el acto poético, los estados de inconsciencia, de éxtasis natural o provocado y los singulares discursos dictados por el ser secreto se convertían en revelaciones sobre la realidad y en fragmentos del único conocimiento auténtico” * . Baste citar los nombres de los filósofos Fichte, Schelling y Hegel, los poetas y escritores Goethe, Herder, Schiller, Hölderlin, Tieck, Arnim, los hermanos Grimm, Hoffmann y el mencionado Novalis; todos ellos, en Sajonia (una pequeña región de lo que hoy es Alemania) y en un breve espacio de tiempo a fines del siglo XVIII, crearon ese momento de la historia, cuyas repercusiones aún no terminan de asombrarnos.

 

* _ Albert Béguin, El alma romántica y el sueño, Fondo de Cultura Económica, México, 1954.

 

Heráclito ya se preguntaba por qué, durante el sueño, cada hombre tiene su Universo particular, mientras que en el estado de vigilia todos los hombres poseen un Universo común. Mucho dice de cada civilización la manera en que enfrenta al sueño, esa zona de la realidad que no parece sometida al tiempo ni al espacio y cuyas manifestaciones poseen, para la mente, un grado de significación equiparable a las experiencias de la vigilia. “El mundo se hace sueño; el sueño, mundo” sostiene Novalis. Transfiguración que en su concepto sobrepasa la simple oposición entre realidad e irrealidad para prefigurar una desconocida plenitud que el hombre aún no ha alcanzado. La substancia del sueño y la substancia del mundo, en su concepto, surgen de un mismo lugar. Lo que las separa es el limitado orden de la razón y de los sentidos que poseemos, a los que la verdadera realidad no puede llegar de golpe sino a cuentagotas. El puente del sueño revelaría así a la conciencia lugares, tiempos y criaturas que están en la realidad pero aún no aparecen ante nosotros o se han esfumado. El sueño trabajaría como el espejo o la inversión de esta realidad que necesita nuestra conciencia para reconstruir lo real absoluto o la realidad no fragmentada, no empobrecida por el plano visible.

En Enrique de Ofterdingen, su novela inconclusa, Novalis pone en boca del protagonista la insalvable diferencia que él percibe entre el mundo transcripto por la experiencia y el revelado por las intuiciones interiores: “Me parece como si hubiera dos caminos para llegar a la ciencia de la historia humana: uno, penoso, interminable y lleno de rodeos, el camino de la experiencia; y otro, que es casi un salto, el camino de la contemplación interior. El que recorre el primero tiene que ir encontrando las cosas unas dentro de otras en un cálculo largo y tedioso; el que recorre el segundo, en cambio, tiene una visión directa de la naturaleza de todos los acontecimientos y de todas las realidades, es capaz de observarlas en sus vivas y múltiples relaciones, y de compararlas con los demás objetos como si fueran figuras pintadas en un cuadro” * .

 

* _ Novalis, Enrique de Ofterdingen, versión de Eustaquio Barjau.

 

Novalis fue sin lugar a dudas uno de los grandes poetas del sueño. Su obra está signada por la Noche, la Tierra, el Descenso y lo Inconsciente. Pero hay que tener siempre en cuenta lo que significa el sueño para él: no es una actividad disolutiva sino amplificativa de la conciencia. Puesto que para él lo romántico, en cierto sentido, es todo aquello que se refiere a la conciencia de la gran fuerza que mueve todas las cosas y que aflora más en las épocas de transición que en aquellas en las que el hombre cree haber encontrado su estado definitivo: “Alma y destino no son más que dos modos de llamar a una misma noción”.

Un año antes de su temprana muerte, Novalis publica los Himnos a la Noche. Obra cautivante y cenital, atravesada por un tono profético que le da a la vez fuerza estética y singularidad literaria. Albert Béguin, quizá el más reconocido crítico y estudioso del romanticismo, dice que los Himnos a la Noche son “la obra maestra de la poesía propiamente romántica, y uno de los más bellos testimonios que poeta alguno haya dejado de una aventura personal transfigurada en mito” * . En efecto, es tal vez la mitificación, la transfiguración poética de algunos sucesos de la propia vida de Novalis en este poema lo que emerge inesperadamente convertido en una visión que puede ser comparada con las de los grandes poemas místicos. Si bien hay un referente biográfico –la muerte de Sophie von Kühn, el gran amor de su vida, quien se le aparece pocos días después de fallecida, mientras Novalis visita su tumba–, el verdadero poder de los Himnos… radica en una visión trascendente que está basada en una construcción simbólica. Lo que está sucediendo en ellos, lo que dicen bajo una poderosa voz onírica, habla más allá del alma individual de su autor. Habla desde una profecía poética.

 

* _ Albert Béguin, Op. cit..

 

El primer Himno señala a la Luz y la reconoce como el motor que produce y dirige las cosas que aparecen sobre el mundo:

 

Como un rey de la naturaleza terrestre,

la Luz llama a todas las fuerzas a transformaciones innumerables,

anuda y suelta lazos infinitos,

ciñe su imagen celeste a cada criatura en la Tierra.

Su presencia sola abre el prodigio

de los reinos del mundo * .

 

* _ Utilizo para estos fragmentos citados de los Himnos a la Noche varias versiones de traducción al castellano. Dignas de mención son las de Mario Monteforte Toledo y Antonio Alatorre, la de Rodolfo Häsler, la de Eustaquio Barjau, y la de Jorge Arturo Ojeda.

 

Pero ante esta Luz está la Noche, una manifestación anterior y superior a la Luz, de la que ella ha surgido y a la que ella ha de volver. El poder de la Noche ha descendido al alma del poeta y parece hablar a través de sus palabras; y es ella quien “levanta las alas pesadas del espíritu“, ella quien le ha dado otros ojos para mirar lo invisible:

 

Más celestes que las estrellas

nos parecen los ojos infinitos que abre en nosotros la Noche.

 

El segundo Himno continúa lo planteado en el primero y se lamenta de la demora en la llegada del reino de la Noche, inminente una vez que se ha comprendido su magnitud; pero reconoce que el tiempo de la Luz es necesario para entender y penetrar en aquél:

 

El tiempo de la Luz está medido.

Pero el reino de la Noche no conoce tiempo ni espacio.

 

En el tercer Himno narra el proceso de su visión y de su conversión:

 

…me aferraba con inmenso dolor a la vida

que se me escapaba y se extinguía.

He aquí que vino de las lejanías azules,

de las cimas de mi antigua bienaventuranza,

un tembloroso fulgor.

Y súbitamente la atadura del nacimiento, la cadena de la Luz

se rompió.

Desapareció el resplandor terrestre y con él el dolor.

La melancolía se fundió para crear un mundo nuevo e inefable.

 

Al arribar al cuarto Himno la voz continúa bajo este estado de visión en el que puede mirar desde una altura inusitada la vorágine de la realidad del mundo:

 

…quien ha estado en el monte que separa los dos reinos

y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo,

a la morada de la Noche,

en verdad éste ya no regresa a la agitación del mundo,

al país en el que anida la perpetua inquietud de la Luz.

 

Como reconociendo que hay un punto irreversible en esa visión y al mismo tiempo que ella era necesaria para despertar de un largo sueño; porque ahora “siento en mí el cansancio celeste” dice el poeta y le habla directamente a las ficciones de la Luz desde una extraña sobrenaturaleza:

 

Pero es inútil tu furia y tu deliro.

He aquí levantada la Cruz,

que se yergue ardiente sin consumirse,

bandera que bendice nuestra estirpe.

 

El reconocimiento de la Cruz para simbolizar el cruce de los dos reinos –el de la realidad temporal y el de la trascendente– y al mismo tiempo el advenimiento de una nueva era le da al poema un sentido teológico, aunque no necesariamente religioso. La reconciliación de la estirpe divina con el devenir del mundo de la Luz son narrados en el quinto Himno. Aparece una señal de pacto:

 

…el mundo nuevo se mostró con rostro nunca visto,

en la poética casa de la pobreza:

un hijo de la primera Virgen y Madre,

fruto infinito de un secreto abrazo.

La sabiduría oriental, floreciente de premoniciones,

fue la primera en reconocer el comienzo de los nuevos tiempos.

Una estrella le señaló el camino hasta la humilde cuna del rey.

 

Novalis diferencia una edad de oro, signada por la inocencia; una caída, representada por el conocimiento del dolor y de la muerte; y una revelación, centrada en la figura del Mesías y de la Cruz. A partir de que el Mal se manifiesta en el reino de la Luz los hijos del espíritu se interrogan sobre el verdadero creador de su naturaleza terrestre. Entonces la nueva Era aparece bajo la señal de la Cruz. Pero ahora el espíritu ha reconocido su origen y su destino:

 

Consolada, la vida

avanza hacia lo eterno.

De su fuego más íntimo

se colma nuestro espíritu.

El cielo y sus estrellas

se hacen vino de vida:

gocemos de ese vino

hasta ser como estrellas.

 

En el último canto, que lleva el subtítulo de “Nostalgia de la muerte“, hay una voz que se desespera de su forma y anhela reintegrarse a su origen, ya reconocido para siempre:

 

Descendamos al seno de la Tierra

abandonando el reino de la Luz.

El golpe con su estela de dolor

es la alegre señal de la partida.

Veloces, en angosta barca,

a la orilla del Cielo llegaremos.

 

Y se pregunta, por último, cuáles son las ataduras que impiden la final liberación:

 

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?

Ya reposan quienes tanto amamos;

en su tumba termina nuestra vida.

Miedo y dolor invaden ahora el alma.

No hay nada más que buscar.

El corazón está lleno; el mundo, vacío.

 

Me parece fundamental observar lo que afirma este verso: “El corazón está lleno; el mundo, vacío“. Hay que recordar que Novalis escribe este poema en la desolación, a partir de la muerte de quien fue el gran amor de su vida, y que en parte es por esto un canto de agonía y de “nostalgia de la muerte“: su amada no volverá a la vida pero él se reunirá con ella en la muerte; la vida, para él, es a partir de entonces una espera impaciente. Pero, en un sentido más amplio y menos anecdótico, esta noción de plenitud interior al mismo tiempo que renuncia exterior, o de rebosamiento del espíritu al tiempo que el mundo visible se adelgaza o se vacía, se aproxima inesperadamente al estado extático que anhelaban los místicos y, más curioso aún, al nirvana o satori del budismo. En efecto, lo que Novalis transcribe en los Himnos a la Noche es una fina meditación que es coronada por una visión trascendente, a la que llega muy probablemente sin querer, guiado sólo por el Amor.

Poco que agregar a este poema total y estremecedor. Sólo quisiera con este imperfecto paseo suscitar en un lector de hoy la curiosidad de acercarse a él. Doscientos años de la muerte de su autor no han obscurecido su magna lumbre.

Jorge Fernández Granados

 

 

Jorge Fernández Granados (México, 1965). Poeta. Ha publicado: La música de las esferas (Castillo, 1990), El arcángel ebrio (UNAM, 1992), Resurrección (Aldus, 1995), El cristal (Era, 2000), y Los hábitos de la ceniza (Joaquín Mortiz, 2000); así como el volumen de cuentos El cartógrafo (CNCA, 1996). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1988-89) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1992-93 y 1997-98). En 1995 obtuvo el premio internacional de poesía Jaime Sabines y en 2000 el Nacional de Poesía Aguascalientes. Contacto: jfgranad@prodigy.net.mx.

 

 

Edición digital de (odoniano@yahoo.com.ar)

Categorías:Uncategorized
  1. octubre 18, 2009 en 4:16 am

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