Los textos que aquí aparecen no guardan ningún orden cronológico. Son, más bien, aquellos que más me han impactado por su belleza y afinidad.

Introducción

octubre 19, 2009 Deja un comentario

(A propósito de la idea que más o menos aúna y dispersa este blog, les dejo este ínfimo ensayo que adjunté un un librito http://xlibro.wordpress.com y que, me parece, da pie a futuras entradas.)
Martín Ayos

AMOR SIVE NATURA

“Pues es primavera,
y ha tornado a nacer la vida en todos los seres,
y hay en los hombres amor, y tiempos áureos se evocan (…)”

Friedrich Hölderlin

Los hombres, y entre ellos los de visión más profunda, es decir los “románticos”, han hallado en el Amor el sentido (y también el sinsentido) de la existencia. Al Amor debemos el que “haya” mundo, y que, “en” el mundo, existan la poesía, la filosofía (1), el arte y la ciencia.

El Amor ha estado siempre acompañado de las nociones de pathos (pasión-afección) y póiesis (producción inmanente o deseante). Él es el nombre del Ser, de la energía, del impulso vital.

Hesíodo coloca a Eros, el Dios-Amor, al principio de su Teogonía, después del Caos y de la Tierra, como el Dios creador del mundo: “Antes que todas las cosas fue Caos; y después Gea la de amplio seno, asiento siempre sólido de todos los Inmortales que habitan las cumbres del nevado Olimpo y él Tártaro sombrío enclavado en las profundidades de la tierra espaciosa; y después Eros, el más hermoso entre los Dioses Inmortales, que rompe las fuerzas, y que de todos los Dioses y de todos los hombres domeña la inteligencia y la sabiduría en sus pechos.” Los órficos son de similar parecer. Un poema tardío atribuido a Orfeo 2, nos relata que “(Eros es) el poseedor de los resortes de todas las cosas, esto es, de la bóveda celeste, del mar, de la tierra y de cuantas respiraciones produce la diosa que produce frutos verdes”.
Eros, además, es el subyugador de dioses y mortales, quienes son afectados por la pasión amorosa y, de este modo, son llamados a producir, a engendrar. Sólo Psyché, el Alma, ha sido capaz de conquistarlo; y a tal punto, que acabó haciéndola su esposa y convirtiéndola en “Inmortal”.

Parte del Eros hesiódico se traslada hasta Parménides 3, con quien comienza la ontología (la indagación por el Ser y la Verdad). Pero es, a todas luces, Empédocles quien realmente le da un estatuto, si no ontológico, al menos cosmológico- metafísico, al identificarlo con la más perfecta armonía , el Sphairos, aquello que todo lo reúne y en lo que todo es reunido; y también, con el brotar de la physis, que, de las manos de la diosa Afrodita, se extiende a todos los entes, colmándolos de divinidad: (“Empédocles, ¡amor y beso del mundo!”, dirá Nietzsche). Pero oigamos, mejor, al propio Empédocles: “Una vez que la Discordia llegó al abismo inferior del torbellino y el Amor estuvo en medio del remolino, todas las cosas convinieron en la unidad bajo su acción, no enseguida, sino que se congregaron desde direcciones diferentes según su voluntad. Mientras se estaban mezclando, brotaron innumerables clases de seres mortales; pero muchas quedaron sin mezclarse, alternando con los que estaban siendo mezclados todos los que la Discordia, aún en lo alto, retenía, pues aún no se había retirado toda irreprochablemente a los límites extremos del círculo, sino que seguía aún en alguno de los miembros, mientras que de otros ya se había retirado. Y a medida que huía hacia adelante, la perseguía sin cesar una benévola corriente inmortal del intachable Amor. Al punto se hicieron mortales los seres que antes habían aprendido a ser inmortales y los que antes estuvieron sin mezclarse se mezclaron entonces, cuando cambiaron sus caminos. A medida que estos seres se mezclaban, fluían innumerables especies de seres mortales, dotados de toda clase de formas, una maravilla digna de contemplarse.” O, también: “Así como, cuando alguien que planea un viaje en una noche invernal, prepara una lampara, llama de ardiente fuego y para protegerla contra los vientos la ajusta a una pantalla de lino que dispersa las ráfagas de los vientos cuando soplan, pero la luz más tenue penetra y brilla a lo largo del umbral de la puerta con inextinguibles rayos, así también ella (sc. Afrodita) da a luz a la redonda pupila, fuego primigenio envuelto en membranas y delicados ropajes atravesados por maravillosos embudos, que contienen el agua profunda que fluye en su derredor, permite al fuego más sutil su paso hacia fuera.” Y, por último, una evocación al antes de la caída: “Ni tenían un dios Ares, ni grito de guerra, ni Zeus era su rey ni Krono ni Posidón, sino Cipris (i. e. Afrodita) era su reina. Los hombres la propiciaban con imágenes piadosas, con pinturas de seres vivos, con perfumes de variada fragancia, con sacrificios de mirra pura y de oloroso incienso, derramando sobre el suelo libaciones de dorada miel.” Etc.4

Con Platón, a pesar de Platón, el Amor resiste, conserva, aunque invertida, la misma fuerza. Despojado de la physis, es pathos y póiesis, y ocupa el papel principal en su teoría del conocimiento, -y en la mayéutica socrática-, como aquello que hace que la tarea del filósofo sea realmente un “ayudar a dar a luz” Para citar un ejemplo, leamos estas líneas del “Fedro”: “El alma que ha visto lo mejor posible las esencias y la verdad deberá constituir un hombre, que se consagrará a la sabiduría, a la belleza, a las musas y al amor(…)Cuando un hombre apercibe las bellezas de este mundo y recuerda la belleza verdadera, su alma toma alas y desea volar; pero sintiendo su impotencia, levanta, como el pájaro, su mirada al cielo, desprecia las ocupaciones de este mundo, y se ve tratado como insensato. De todos los géneros de entusiasmo éste es el más magnífico en sus causas y en sus efectos para el que lo ha recibido en su corazón y para aquél a quien ha sido comunicado; y el hombre que tiene este deseo y que se apasiona por la belleza toma el nombre de amante. En efecto, como ya hemos dicho, toda alma humana ha debido necesariamente contemplar las esencias, pues de no ser así, no hubiera podido entrar en el cuerpo de un hombre.” Platón es quien inocula el germen de la comprensión actual del amor y del deseo, marcados desde la carencia. (¿Será, acaso, él el fundador del psicoanálisis?) Pero, sin embargo, no puede escapar a su poder y, aunque invertido, el amor le sirve de herramienta para la fundación de una nueva racionalidad. Un poco más de “Fedro”, al azar: “(…) Estas almas, cuando aperciben alguna imagen de las cosas del cielo, se llenan de turbación y no pueden contenerse, pero no saben lo que experimentan, porque sus percepciones no son bastante claras. Y es que la justicia, la sabiduría y todos los bienes del alma han perdido su brillantez en las imágenes que vemos en este mundo. Entorpecidos nosotros mismos con órganos groseros, apenas pueden algunos, aproximándose a estas imágenes, reconocer ni aun el modelo que ellas representan.” Se va preparando, lentamente, el terreno para el cristianismo. (Aún hecha la excepción con Plotino, para quien, casi de modo más moderno, es la cópula entre psyché (alma) y nous (pensamiento).)

Para el cristianismo, el Amor, entendido anteriormente como eros, pasa a ser charitas (caridad). Pero ni sublimado de esta manera desaparece. El Amor constituye el máximo acercamiento a Dios (“Dios es Amor”4): el Maestro Ekhart dice: “lo bueno del amor es que me fuerza a amar a Dios”. La charitas sigue siendo pathos (“amaos los unos a los otros”); y póiesis, en tanto el Misterio de la Santísima Trinidad descansa en la Inmaculada Concepción.

En el Renacimiento, el Amor puede respirarse por todas partes: está en la revolución cusana, en la traducción del Corpus Hermeticum y el Asclepio realizadas por Ficino y en sus obras (en “De Amore” nos dice: “Mas yo, amigos, os aliento y ruego que con todas las fuerzas abracéis el Amor, que sin duda es cosa divina. Y no os asuste lo que de un cierto amante dijo Platón, el cual, viendo a un amante dijo: ese amador es un alma muerta en su propio cuerpo, y en el cuerpo del otro, viva. Ni tampoco os asuste lo que de la amarga y miserable suerte de los amantes canta Orfeo (…) puesto que, desde el momento en que yo me perdí a mí mismo, por ti me recupero, por ti me tengo a mí mismo. Si por ti yo me tengo a mí, yo te tengo a ti antes, y más que a mí; y estoy más próximo a ti que a mí. Ya que yo no me acerco a mí mismo por otro medio que no sea por ti.”) Algo similar encontramos en los diálogos de León el hebreo, en los escritos de Giordano Bruno, en los de Tomasso Campanella, en los de Telesio… El Renacimiento es la gran boda del mundo, el momento de mayor divinización que conozcamos. Y no por casualidad es también la era de todas las revoluciones: el Sol deja de girar alrededor de la Tierra, la Tierra deja de ser el Centro del Universo… El Renacimiento constituye la auténtica resurrección del Amor, el retorno a aquello que, anteriormente, hombres inconmensurablemente grandes llamaron Uno-Todo.

En los comienzos de la Modernidad y del Racionalismo, Spinoza 6 dice que la cupiditas (el deseo) “es la esencia del hombre”, cuya máxima aspiración es el Amor Itellectualis Dei (Amor intelectual de Dios). Alma y Cuerpo son poder de afectar y de ser afectado. La composición o descomposición de los seres reside en este poder, según las pasiones en las que éste se vea comprometido sean alegres o tristes. Se trata de lograr un umbral de afecciones cada vez mayor, de producir relaciones de composición entre los cuerpos, de aprender a amar a través de los atributos (pensamiento, cuerpo…) que nosotros somos de la Sustancia divina o acto puro.

Este Amor, como fuerza vital liberada, es lo que impulsará (otra vez, transformándose, metamorfoseándose) la ascesis romántica: aquella de la cual Goethe dará muestras en su genial Werther; Hoffman en su Noche de San Silvestre; Hölderlin, en Hyperión, en su Empédocles; por ella, Novalis se internará en la Noche, como Orfeo, para rescatar la presencia evanescente de su Amada…

A partir del movimiento romántico, el hombre permanece abierto a todas las cosas desde la desgarradura inagotable de su ser. Ama y es amado. Retorna al mundo. Su esencia es la circulación del Amor universal.

Nuestra era hallará lo dicho en Nietzsche y en Bergson: En Nietzsche, bajo su concepto de amor fati (amor por el acontecimiento), transmutación del Amor: de Misterium Doloris a Eventum Tantum, cuya explicación es el mundo mismo, entendido como Voluntad de Potencia y Eterno Retorno e identificado con el matrimonio divino entre Ariadna y Dionisos 7. En Bergson, cuando dice que “(el Universo) es aspecto visible y tangible del amor y de la necesidad de amar”.

Y es que, a través del Amor, las cosas son; pues son, en tanto aman, expresión del Amor que expresan. En el Amor, como Giordano Bruno dice: “en nada se diferencian la potencia del acto puro”. El Amor es pathos, en tanto todo afecta y es afectado de Amor. Es póiesis, pues todo lo genera y es generado por todo. Y es el Ser de cuanto “es”, ya que todo se da por su intermedio y regresa a su seno.

El Amor es el poder transformador del mundo, nuestra posibilidad de ser; porque en el mundo -como el mundo mismo-, sólo es, sólo persiste, quien se transforma: sólo es libre quien ama.

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Notas:

1 Heidegger, Martin ¿Qué es eso de filosofía?
2 [Orfeo] Himnos órficos Ed.Gredos, Bs. As. 1990 (El subrayado es nuestro).
3 Jaeger, Werner: La teología de los primeros filósofos griegos. Cap.II y ss. Ed. Fondo
de Cultura Económica, Bs. As., 1998
4 Empédocles, Acerca de la Naturaleza, fragmentos 360 y 389. Y Las Purificaciones, fragmento 411. Según Kirk y Raven.
5 Juan 1 IV 7-12
6 Spinoza, Baruch: Ética Ed. Fondo de Cultura Económica, Bs. As. 1998 Recordemos, de paso, por ello el título de este opúsculo, que la fórmula spinozista es “Deus sive Natura” (Dios o la Naturaleza). Ya no se trata del Dios metafísico, Platónico o Aristotélico, ni del Dios de los Cristianos. Sino de una comprensión inmanente de la divinidad, cuya intención creo entrever ya en el Renacimiento.
7 Nietzsche, Friedrich: La Voluntad de Poder “1066” Ed. Edaf, 1977

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Elegías de Duino (Raine Maria Rilke)

octubre 19, 2009 Deja un comentario

Extraído de Librodot

rilke1

Primera Elegía

¿Quién me escucharía
entre las cohortes de ángeles, si grito?
Y aún cuando en su propio corazón, de súbito,
me tomara alguno, me aniquilaría su ser más pujante.
Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.
Terrible es todo ángel. Por eso me callo
y de mis oscuros sollozos el clamos ahogo.
¡Ay! ¿De quién podemos valernos? No de ángeles ni de hombres.

Ya los animales, sagaces, advierten
que en el mundo dado no estamos tan cómodos
como en nuestra casa. Nos queda quizá
un árbol en una ladera; nos queda el camino de ayer
y también el apego de un hábito
al que le agradaba nuestra compañía;
se quedó y está.
¡La noche! ¡Oh, la noche, cuando el viento henchido
del espacio cósmico nos consume el rostro!…
¡Con quién la anhelada no se quedaría,
ella que tan suave, que tan dulcemente nos desilusiona!
Para el alma a solas una nueva prueba…
¿Es quizás más leve para los amantes?
¡Pero ellos se ocultan entre sí la suerte!
¿No lo sabes? Lanza fuera de tus brazos
hacia los espacios tu vacío, al aire donde respiramos;
todo su tamaño las aves, quizá,
lo sientan como un vuelo más hondo.
Sí, las primaveras te han necesitado.
Y entre las estrellas muchas te obligaban
a que las sintieras.
Hacia ti, del tiempo pasado se acercaba una ola
o cuando pasabas junto a una ventana
un violín se daba. Todo era un mensaje.
Pero, ¿lo has captado? ¿No te distraías aún en la espera,
como si las cosas todas el anuncio
fuera de una amada? ¿Dónde has de guardarla
cuando tus extraños grandes pensamientos
entren a tu casa
o salgan… y a veces se queden en la noche?
Si sientes nostalgia, canta a los amantes.
Todavía falta para que su célebre
sentimiento alcance la inmortalidad.
Recuerda que el héroe se mantiene siempre;
no fue su caída más que un subterfugio
para ser: un nuevo, sumo nacimiento.
Cántalas a ésas, las abandonadas
que por poco envidias y te parecieron
tanto más amantes que las satisfechas.
¡Comienza de nuevo la loa jamás accesible!
¡Pero las amantes! A ellas ,extenuada, las naturaleza
las toma en su seno de nuevo,
como si dos veces no tuviera fuerzas
para producirlas. A Gaspara Stampa
no la has recordado lo bastante para que cualquiera joven
que perdió al amado, con el noble ejemplo
de esta amante sienta: “Yo seré como ella”?
¿Estos más antiguos dolores al cabo
no han de resultarnos más fecundos? ¿No es tiempo
ya que nos libremos, nosotros que amamos,
del objeto amado?
lo resistamos temblando,
tal como la cuerda resiste la flecha,
para, así, en el salto reunida la fuerza,
ser más que ella misma.
No hay que detenerse.

¡Voces, voces, voces!
Corazón: escucha como antes tan sólo
los santos lo hacían, tanto que el inmenso llamado
del suelo elevábalos; pero, inconmovibles, se estaban de hinojos
y no lo seguían; tan sólo escuchaban.
No es, ni mucho menos, que la voz pudieras soportar de Dios.
Pero oye la brisa que sopla, el anuncio
que, hecho de silencio, jamás se interrumpe.
Pues, ahora, de esos que murieron jóvenes
te llega el murmullo. Dondequiera entraste
¿no te habló en iglesias de Roma o de Nápoles
con sereno acento su propio destino?
O quizás su augusto mensaje lo hallaste
en una inscripción,
como últimamente en la placa de Santa María Formosa.
¿Qué quieren de mí? Con dulzura debo
quitar la apariencia de injusticia en ellos,
que en algo al espíritu,
a veces, el puro movimiento estorba.

Realmente es extraño no habitar la tierra,
no ejercer empleos recién aprehendidos,
no dar a las rosas
ni a las otras cosas en sí promisorias
el significado el destino humano;
no ser más lo que uno antes era en las manos
infinitamente medrosas y hasta el propio nombre
dejar, como un roto juguete, de lado.
Raro los deseos no desear como antes;
raro ver flotando tan libre en el aire
lo que estaba unido.
Es el estar muerto tarea difícil,
un recuperarse de lleno, para, paso a paso,
sentir un asomo de la eternidad.
Todos los que viven cometen la falta
de hacer diferencias demasiado netas.
Los ángeles mismos (se dice) a menudo
no sabrían si andan por entre los vivos
o los que ya han muerto. La corriente eterna
sin cesar arrastra todas las edades
por las dos esferas
y en ambas impone silencio su voz.

Los arrebatados prematuramente
no nos necesitan al fin. Poco a poco
nos deshabituamos de lo terrenal,
como de los senos de maternos se apartan los niños.
No obstante, nosotros, que necesitamos
tan grandes misterios, para quienes nace tan frecuentemente
del duelo un progreso dichoso…
sin ellos, ¿podríamos ser?
¿Es vana leyenda creer que en el luto
por Linos, osada, la primera música
penetró la inánime materia reseca?
¿Qué en aquel espacio trémulo de espanto
del cual para siempre, casi un dios, el joven
se escapó de pronto, recién el vacío
convirtióse en esa vibración sublime
que hoy nos arrebata, consuela y ayuda?

Segunda Elegía

Terrible es todo ángel.
No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,
Pájaros mortales casi para el alma.
¡Qué lejos los tiempos de Tobías, cuando
frente a la sencilla puerta de la choza
levantábase uno de los más radiantes
disfrazado apenas para el viaje, a punto de no ser temible.
Joven para el joven:
¡con qué ojos curiosos miraba a lo lejos!
Si ahora, imponente, llegara el arcángel tras de las estrellas
y hacia acá tan sólo descendiera un paso:
latiendo a su encuentro
los golpes del corazón ansioso
nos abatirían.

Primeras criaturas perfectas, mimados del mundo,
líneas en alturas, rojizas crestas matinales
de todo lo creado, polen de la divinidad floreciente,
espacios de la esencia, escudos de gozo,
bravíos tumultos de impetuosos éxtasis
y de pronto, aislados
espejos que en ondas vuelcan la belleza
y la reproducen en su propio rostro.
Pues, para nosotros sentir es diluirnos.
¡Ay! Nos exhalamos y nos disipamos.
Y de brasa en brasa damos un perfume cada vez más débil.
Entonces alguno nos dice:
“Pasas a mi sangre… esta sala y esta primavera
se llenan contigo”.
Pero, ¿de qué vale? No puede él tenernos
y en él y en su torno desapareceremos.
¿Y a ésos que son tan bellos? ¡Oh! ¿Quién los retiene?
A su rostro sube de modo constante la apariencia y váse.
Como de la hierba temprana el rocío,
Trasciende lo nuestro de nosotros, como
de un manjar caliente trasciende el calor.
¿Sonreír? ¿Adónde? Levantar los ojos:
una nueva y cálida onda que del propio
corazón se escapa.
¡Ay de mí! No obstante, somos eso. ¿Acaso
tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano?
¿No toman los ángeles
realmente lo suyo, lo que de ellos mana?
¿O también, a veces, hay al mismo tiempo, como por descuido,
siquiera una parte de la esencia nuestra?
¿Acaso en sus rasgos estamos mezclados
tanto cual lo vago lo está en el semblante de mujer encinta?
¡Cómo lo sabrían!

Los que aman podrían, si lo comprendieran,
decir en la noche palabras extrañas.
Contempla los árboles: son. Y todavía
subsisten las casas en donde vivimos.
Tan sólo nosotros pasamos delante de todas las cosas como aire furtivo.
Y para acallarnos todo se concierta, medio por vergüenza
tal vez y otro tanto como una inefable esperanza.

¡Oh, amantes, vosotros que os bastáis a solas! A vosotros quiero
preguntar qué somos. Os tomáis las manos. ¿Poseéis las pruebas?
Mirad: me acontece que entre sí mis manos
se saben o en ellas mi rostro gastado se halaga.
Y así, soy un tanto conciente de mí.
Mas, ¿quién osaría ser por esto sólo?
Vosotros, en cambio,
que en el éxtasis del otro os agrandáis
hasta que él os ruega, subyugado: ¡Basta!…
los que entre las manos os hacéis más plenos,
cual los años las uvas;
los que muchas veces desaparecéis
sólo porque el otro prevalece en todo,
de nuevo os pregunto: ¿Qué somos?… Lo sé:
hay en vuestros besos beatitud tan grande
porque la caricia retiene, y el sitio
que vuestra ternura recubre, persiste;
porque en el hechizo del amor la pura duración sentís.
Tanto que al abrazo lo creéis promesa de una eternidad.
Y, no obstante, cuando
os habéis repuesto del susto del primer encuentro
y de la nostalgia junto a la ventana
y de ese paseo,
el único, juntos a través del huerto:
¡Oh, amantes!… Entonces, ¿lo sois todavía?
Cuando el uno al otro os alzáis en brazos
bebiendo en la boca… sorbo contra sorbo…
¡con qué extraña prisa se evade del acto luego el bebedor!

¿No habéis contemplado con asombro sobre las estelas áticas
toda la prudencia del humano gesto?
¿Sobre las espaldas el Amor no estaba
y el Adiós posados, tan ligeros como
hechos e materia distinta a la nuestra?
Recordaos cómo descansan sus manos ingrávidas
por más que en los torsos el vigor perdura.
Dueños de sí mismos, ellos bien lo sabían:
Hasta aquí llegamos… Lo nuestro es rozarnos así.
Con más fuerza en nosotros presionan los dioses.
Pero éste es asunto que concierne a ellos.

Ojalá nosotros también encontráramos
siquiera una escasa, duradera y pura porción de lo humano,
una franja nuestra de tierra fecunda
entre río y roca, Pues, aún el propio
corazón, como ellos, sin cesar se eleva
por sobre nosotros. Y nuestra miradas no pueden seguirlo
hasta en las imágenes que lo tranquilizan,
ni aún en los cuerpos divinos en donde,
más grande, se calma.

Tercera Elegía

¡Ay! Cantar a la amada es una cosa… y otra
a ese oculto y culpable dios-río de la sangre!
El joven, al que aquélla percibe desde lejos,
qué sabe por sí mismo del Maestro del goce
que desde su retiro saliendo, tantas veces
antes que la muchacha lo aplacara, a menudo
como si no existiera -¡y cuánto incognoscible
chorreando!- levantaba su cabeza de dios,
a un tumulto infinito conjurando la noche.
Neptuno de la sangre, ¡terrible es su tridente!
¡Sombrío es el aliento de su pecho que brota
de un caracol marino!
¡Mira cómo la noche se artesona y ahueca!
¡Oh, estrellas! ¿No proviene de vosotras el gozo
que al amante hacia el rostro de la muchacha impele?
¿No le debe a los astros esa íntima mirada
que él hunde en la pureza de sus ardientes ojos?

No eres tú, ni su madre, quienes así han tendido
el arco de sus cejas en angustiosa espera.
No ha sido, no, tu arrimo, muchacha sensitiva,
el que torció sus labios en gesto más fecundo.
¿Crees que tu ligera presencia habría sido
capaz de conmoverlo de esa manera acaso?
¿Tú, la que como el viento de la mañana pasas?
Que le has sobresaltado su corazón, no hay duda,
pero otros sobresaltos de origen más profundo
en él se despeñaron al choque de tu arrimo.
Puedes llamarlo… nunca desde su oscuro círculo
lo arrancará del todo tu llamamiento. Es cierto
que quiere, que se evade; ligeramente acude
y se instala en el dulce secreto de tu pecho
y se repone y tiene comienzo… Sin embargo
¿tuvo jamás comienzo?
Tú lo hiciste pequeño, fuiste quien lo ha formado;
para ti era un ser nuevo, no más; y ante sus ojos
noveles le inclinabas todo un mundo amistoso,
rechazando lo adverso.
¿Dónde -¡ay!- están los años
en que sencillamente con su figura esbelta
le hurtabas, reemplazándolo, el agitado caos?
¡Cuánto así le ocultabas! El cuarto, que de noche
causábale recelo, se hacía inofensivo;
en sus espacio nocturno, tu corazón, refugio
sin límite, un espacio más humano infundía.
Ponías, no en las sombras la lámpara nocturna,
sino en tu ser más próximo y era una luz amiga…
Los más leves crujidos le explicabas sonriendo
como si ya supieras de mucho tiempo cuándo
crujirían las tablas del piso.
Y escuchándote,
se quedaba tranquilo. Cuando te levantabas,
tan grande era la fuerza que había en su ternura
que el destino del niño, gigantesco en su capa,
corría a escamotearse detrás del gran armario;
y su futuro inquieto, de movedizos límites,
se hallaba entre los pliegues del cortinado a gusto.

Y él, mientras descansaba con tanto alivio, bajos
los somnolientos párpados, fundiendo la dulzura
de tus ligeras formas con el sabor del sueño
cercano, parecía realmente un custodiado.
Mas, ¿quién lo defendía, dentro de sí, del ímpetu?
¿Quién le atajaba adentro las olas de su origen?
Nada el durmiente había precavido; durmiendo,
pero también soñando, febril, ¡cómo se daba!
Medroso y nuevo, ¡cómo teníanlo enredado
las invasoras lianas del suceder interno,
dispuestas ya, enlazadas para formar modelos,
para un estrangulante crecer, para figuras
huidizas de animales! ¡Cómo él se abandonaba!
Verdad que amaba. Amaba su mundo interno, el caos
de su interior, la selva milenaria que dentro
llevaba, sobre cuyo derrumbe silencioso
su corazón se erguía resplandeciente y verde.
Amaba… pero luego se abandonó, saltando
por sus raíces propias al poderoso origen
donde su nacimiento, pequeña cosa, ya era
sobrepujado. Amando, descendió a los veneros
de sangre más antigua, descendió a los abismos
donde, harto de los padres, yacía lo espantoso.
Y todo lo terrible, sin más, lo conocía,
guiñábale los ojos, parecía de acuerdo.
Hasta le sonreía lo horrendo. Pocas veces
tú has sonreído, madre, tan dulce y tiernamente.
Y si le sonreía, ¿cómo no amarlo, pues?
Antes que a ti, él amaba lo horrendo; porque, madre,
cuando tú lo gestabas, estaba ya disuelto
en el agua que el germen vivífico aligera.

Mira: desde un sol año, como la flor, no amamos;
en los brazos nos sube, cuando amamos, la savia
de inmemoriales tiempos… Recuérdalo, muchacha:
En nosotros no amábamos algo por ser, futuro,
sino lo que fermenta sinnúmero de veces;
no amábamos al niño sin par, sino a los padres
que en nosotros reposan cual ruinas de montañas;
sino el cauce reseco de las antiguas madres;
sino el paisaje entero, sin ruido, bajo el puro
destino o el destino con nubes…¡Oh, muchacha!:
¡esto te precedió!
Y tú misma, ¡qué sabes! Hiciste en el amante
surgir la edad atávica. Y cuántos sentimientos
de seres ya olvidados de nuevo se agitaron
en él. Cuántas mujeres, así, te aborrecieron.
¿Qué clase de hombres hoscos despertaste en las venas
del doncel?…Niños muertos querían acercársete.
¡Oh, suave, suavemente, para tranquilizarlo,
haz alguna graciosa tarea cotidiana!…
Condúcelo muy cerca de tu jardín y dale
el supremo dominio
de las noches…Retenlo…

Cuarta Elegía

¡Oh, árboles de la vida!
¿Cuándo seréis los árboles del invierno?
Nunca estamos los hombres de consuno
como lo están las aves migratorias.
Superados y tarde, avasallamos
de súbito los vientos para luego
caer en un estanque indiferente.
En la conciencia nuestra al mismo tiempo
sucede el florecer y el marchitarnos.
Y donde quiera hay leones todavía
que toda suerte de potencia ignoran
mientras en ellos la arrogancia dura.

Pero en cambio, nosotros
cuando pensamos una cosa, toda,
sentimos ya el despliegue de la otra.
Lo que nos es hostil está más próximo
que todo lo demás. A cada instante
¿no chocan los amantes con los límites,
el uno contra el otro, ellos que patria
y caza y vastedad se prometían?
Entonces, con afán, para que veamos
lo fugaz de la traza,
se nos prepara un fondo de contraste;
porque se es muy preciso con nosotros.
Pero no conocemos el contorno
de nuestra sensación; únicamente
sabemos qué lo forma desde fuera.
¿Quién no estuvo sentado con angustia
ante el telón del propio corazón?
Aquél se levantó y el decorado
era una despedida.
Fácil de comprender…El consabido
jardín, y el apacible balanceo.
Y sale el danzarín en primer término.
No es él. Con eso basta. Y aunque actúa
con sueltos ademanes
lleva disfraz y en un burgués acaba
que entra en su habitación por la cocina.

Máscaras medio huecas, no las quiero.
Prefiero la muñeca. Es toda llena.
Me decido aguantarme los muñecos
con su alambre y sus caras de apariencia.
Aquí. Ya estoy delante.
Y aunque al final las lámparas se apaguen,
aunque alguno me diga: “Nada más”,
aunque desde las tablas
me acometa el vacío del recinto
con su corriente de aire gris, aun cuando
no me haga compañía
ninguno de los quietos y callados
antepasados míos, ni una dama,
ni siquiera el muchacho de castaños
ojos bizcos, con todo,
me he de quedar no más. Siempre hay que ver.

¿No tengo, pues, razón? Tú, padre mío,
que la vida te supo tan amarga
probando de la mía.
tú, padre, que has bebido tantas veces,
-mientras yo iba creciendo-
las primeras borrosas infusiones
de mi tener-que-hacer y, preocupado
por el acre resabio
de un porvenir tan raro, tan extraño,
pusiste aprueba mis velados ojos,
tú, que a pesar de muerto, te amedrentas
por mi íntima esperanza
y en pro de mi parcela de destino
abandonas la calma de los muertos,
los reinos de la calma de los muertos,
¿no tengo, pues, razón?
¿No la tengo, vosotros que amabais
por mi pequeño paso
de amor que hacia vosotros impelía,
del cual constantemente me apartaba,
pues para mí, el espacio
que había, en vuestra faz, mientras lo amaba,
se iba al espacio universal, en donde
dejabais ya de ser?… Si se me ocurre,
me he de quedar aquí frente a la escena
de las muñecas, no,
la he de seguir mirando tan de lleno
que para equilibrar esta mirada
tenga al final que aparecer un ángel
y empinar, como actor, a los muñecos.
¡Oh! Ángel y muñeco:
Entonces finalmente hay espectáculo.
Entonces otra vez se reconcilia
Lo que estando en el mundo no cesábamos
De desunir. Entonces solamente
de nuestras estaciones nace el ciclo
de la total transformación. Entonces
encima de nosotros juega el ángel.
Mira: los moribundos
no tendrían siquiera la sospecha
cuán lleno de pretexto se halla todo
lo que hacemos aquí. Nada es sí mismo.
¡Oh, las horas inmensas de la infancia,
cuando tras las figuras se escondía
algo más que pretérito
y no estaba el futuro ante nosotros!
A la verdad, crecíamos y a veces
nos urgía la prisa de ser grandes,
en parte por amor a los que lo eran
y otra cosa no tienen que ser grandes.
En nuestro andar a solas, sin embargo,
nos henchía el placer de lo que dura
y estábamos ahí en el intervalo
entre mundo y juguete,
en un lugar que fue desde el comienzo
para un suceso puro establecido.

¿Quién muestra un niño, tal cual es, y ubícalo
en la constelación? ¿Quién la medida de las distancias en sus manos pone?
¿Quién con ese pan gris que se endurece
la muerte de los niños elabora,
o se la deja dentro
de la boca redonda, como el núcleo
de una hermosa manzana?…Es cosa fácil
ver de los asesinos el designio.
Sí, pero eso: la muerte,
toda la muerte contener desde antes
de comenzar la vida, contenerla
con tanta dulcedumbre…y no ser malo,
eso es inenarrable.

Quinta Elegía
Dedicada a la Sra. Hertha König

¿Quiénes son, dime, los errantes, esos un poco
más fugitivos que nosotros todavía?
¿Quiénes son ésos
a los que tuerce como a ropa, de improviso
(¿en pro de quién?)
una premiosa voluntad insatisfecha?
De extraño
Modo los arrolla, los retuerce
los dobla y junta y bambolea,
los lanza y toma de rebote; se diría
que desde un aire enaceitado, cada vez más resbaladizo,
caen al suelo
sobre la alfombra ya raleada
por sus eternos lanzamientos,
sobre esa alfombra
como perdida en un rincón del universo..
Tendida a modo de un emplasto, como el cielo de extramuros
hubiese herido allí la tierra.
Y en cuanto caen
están derechos ya, exhibiendo: la mayúscula
letra inicial de estar parados.
Pero la garra
que reaparece una y cien veces en su juego
rodar los hace nuevamente,
aún a los hombres más robustos,
como en la mesa de Augusto el Fuerte
rodar un plato de metal.
Alrededor –¡ay!- de este centro:
la expectación como una rosa que florece y se deshoja
Y en torno de este majador
está el pistilo que al contacto de su polen,
sin que jamás llegue a saberlo, es fecundado
y da de nuevo fruto vano del hastío
y en su más tenue superficie
brilla un fastidio que aparenta una sonrisa.

Después el seco, avellanado luchador,
el viejo atleta que sin cesar tamborilea,
de su fornida piel cubierto,
que en otros tiempos a dos hombres parecería haber servido,
de los que el uno dormiría en algún viejo camposanto,
mientras el otro sobrevive,
pero está sordo y muchas veces
en la piel viuda se enmaraña.

En cambio el joven, que pareciera ser el hijo
de una cerviz y de una monja: tenso y rollizo
de sencillez y fuertes músculos.

¡Oh, sí, vosotros
que un sufrimiento, pequeñuelo todavía,
como a un juguete os recibiera alguna vez, en una de esas
convalecencias que se alargan!…

Tú, que inmaduro todavía,
con el rebote conocido por las frutas,
caes cien veces cada día desde el árbol
de movimiento
que todos juntos erigieron –árbol más rápido que el agua-,
donde en poquísimos minutos se suceden
la primavera y el verano y el otoño,
caes y chocas en la tumba…
y en una breve media pausa, muchas veces, pareciera
que va a nacerte una amorosa y tierna faz vuelta a tu madre,
la de dulzura extraordinaria…
pero en tu cuerpo,
que capa a capa la desgasta, se disipa
y el rostro apenas
tímidamente se insinúa.
Y ya las manos otra vez chasquea el hombre
llamando a un nuevo lanzamiento;
y antes que sientas claramente un dolor cerca
del agitado corazón,
a su motivo se anticipa la quemadura de tus plantas
y de tu carne, un par de lágrimas
se precipita de tus ojos.

Pero, inmediatamente, a ciegas
la sonrisa…

¡Oh, ángel, tómala!
¡Corta la hierba saludable de diminutas florecillas!
¡Búscate un vaso, guárdala!
¡Ponla entre aquellas alegrías que no nos fueron aún abiertas!
¡Celébrala con este rótulo florido y entusiasta:
“Subrisio saltat”
Y luego tú, la encantadora,
por las más dulces alegrías
sobrepasada en mudo salto.
Para ti acaso
son venturosas las franjillas;
sobre tus senos juveniles y turgentes
quizás se siente inmensamente acariciada y satisfecha
la seda verde de metálicos reflejos…

Tú, sobre todas las balanzas oscilantes
del equilibrio, colocada
de una manera diferente cada vez,
fruta impasible de mercado
entre los hombros dada al público.
¡Oh! ¿Dónde, dónde está el lugar (lo llevo adentro)
donde podían no hace mucho todavía
uno del otro desasirse
como animales que se cubren y no están bien apareados;
donde los pesos todavía son pesantes;
donde los platos todavía
remolinean cuando caen
de sus bastones
que en vano siguen dando vueltas?

Y de repente, en el penoso en-parte-alguna, de repente,
el inefable lugar donde, de una manera inconcebible,
lo puramente insuficiente se transforma…se abalanza
a ese vacío demasiado .
Donde la cuenta de casillas numerosas
cierra sin número.
¡Plazas!¡Oh, plaza de París, la de infinitos espectáculos!
Aquélla donde la modista, Madame Lamort,
con los caminos sin descanso de la tierra,
cintas que nunca tienen fin,
entrelazándolos, trenzándolos, tejiéndolos,
inventa moños, plisadillos, escarapelas, flores frutas…
de un colorido inverosímil; y, baratos,
con ellos crea los sombreros del destino, para invierno.

Ángel: quizás haya una plaza, que no hemos visto, donde acaso
en un alfombra inexpresable exhibirían los amantes
eso que nunca aquí pudieron: las figuras
del frenesí del corazón, altas y audaces,
sus torres hechas de placer,
sus escaleras
que desde largo tiempo apenas (donde jamás tuvieron piso)
se sostendrían apoyadas una en otra, temblorosas…
Y en esa plaza lo podrían, rodeados
de espectadores silenciosos, muertos innúmeros:
¿Entonces éstos lanzarían sobre la alfombra ya tranquila
sus piezas últimas, ahorradas
y atesoradas desde siempre y siempre válidas,
esas monedas de la dicha, ante los ojos
de la pareja que sonríe finalmente
con su sonrisa verdadera…?

Sexta Elegía

Higuera: hace tiempo ya que me sorprende
cómo casi omites el florecimiento;
y dentro, en la fruta decidida a tiempo,
sin alarde, inyectas tu puro secreto.
Lo mismo que el caño de los surtidores,
tu ramaje curvo
lleva hacia los lados y arriba la savia
que desde su sueño, despertada apenas,
irrumpe en la dicha de su obra más dulce.
Tal, en otros tiempos, el dios en el cisne…
Pero a los humanos
¡ay! sólo nos place florecer; tardamos y nos rezagamos
y a destiempo entramos en el rezagado
corazón de nuestro fruto terminal.
En pocos la prisa de hacer es tan fuerte
que arden ya y desbordan en sus corazones
cuando los halagos del florecimiento,
como aire nocturno más suave, les mima
las jóvenes bocas, les mima los párpados;
acaso los héroes y los elegidos
prematuramente para el más allá,
a quienes la muerte, hortelana
les dobla las venas en curvas más ágiles.
Estos se abalanzan;
preceden su propia sonrisa
como en esas figuras en hueco de Karnack
el tronco de alfanas al rey victorioso.

Raro el parecido de los muertos jóvenes
con el héroe. A éste durar no le importa.
su ascensión es vida. Se exalta y se lanza
cada vez en medio de las renovadas
formas de peligro
que en todo momento lo acecha.
¡Ah! Pocos podrían seguirlo hasta allí.
No obstante el destino que, hosco, nos impone
silencio, de pronto se entusiasma y canta;
y en el torbellino de su mundo, al punto
sonoro, lo arrastra. Ya no escucho a nadie
sino a él. De súbito me traspasa el aire
torrencial del hondo canto ensombrecido.

Si entonces pudiera rehuir la nostalgia
de se un chiquillo todavía, un niño
que tiene una vida delante y se sienta,
sobre los futuros brazos apoyado,
a leer la historia de Sansón y cómo
la madre infecunda, después parió todo.

¿No fue ya en ti un héroe? ¡Oh, madre! En tu seno
¿no eligió ya el niño su suerte imperiosa?
Miles en el seno gestábanse y todos querían ser él.
Pero, mira: él toma, separa, elige y hace, poderoso.
Cuando las columnas del templo sacude,
es porque del mundo de tu cuerpo ¡madre!
irruyó en el mundo más estrecho, donde
poderoso, nunca dejó de elegir.
¡Oh, madres de héroes! ¡Oh, fuentes de ríos rápidos! Profundos
abismos en donde caen, gemebundas,
desde el alto borde de los corazones,
las muchachas, víctimas futuras del hijo.
Pues el héroe, lleno de ímpetu, atraviesa
todas las mansiones del amor; cada una
lo eleva más alto, cada corazón
que por él palpita. Y no obstante, cuando
cesan las sonrisas, se aparta y es otro.

Séptima Elegía

¡Basta de súplicas! ¡Basta! Que una voz nacida en ti
sea el alma de tu grito; grito puro en otro tiempo
como el reclamo del pájaro cuando la estación lo exalta,
casi olvidando que no es más que un mísero animal
y no más que un solitario corazón que aquella lanza
al sereno firmamento, a lo íntimo delos cielos.
No menos que él, buscarías que la amada aún invisible
te percibiera, la amiga que, callada todavía,
poco a poco te responde y al oírte se enardece,
sensitiva compañera de tu osado sentimiento.
¡Oh! También la primavera,
gozosa, comprendería: no hay allí lugar alguno
que no tuviera el acento de la Anunciación. Primero,
ese leve e inquisitivo despertar de un rumoreo
al que acalla desde lejos la quietud esplendorosa
de la luz de un día puro que se afirma silencioso.
Y después, gradas arriba, gradas de clamor, arriba,
hacia el templo entresoñado del futuro. Y enseguida,
los trinos, un surtidor que en el juego de promesas
con el ímpetu del chorro se adelanta a la caída.
Y luego, ante sí, el verano…
Y no sólo las mañanas, las mañanas estivales…
y cómo en día se truecan y esplenden desde el comienzo.

No sólo los días, tiernos con las flores y, en lo alto,
poderosos con los árboles de forma acabada, y fuertes.
No solamente la unción de estas fuerzas desplegadas;
los caminos y los prados crepusculares…; no sólo
la claridad que respira tras la borrasca tardía;
no sólo el sueño que llega, no sólo un presentimiento
De tarde…sino las noches! ¡Las altas noches de estío!
¡Sino también las estrellas, las estrellas de la tierra!
¡Oh, estar muerto alguna vez y conocerlas a todas,
infinitamente a todas! Pues, ¡cómo, cómo olvidarlas!

Mira; entonces a la amante llamaría. Pero sola,
a sus solas no vendría. De las tumbas inseguras
saldrían otras muchachas y a mi grito acudirían.
Pues, ¿cómo, una vez lanzado limitar mi llamamiento?
Todavía las sepultas quieren volver a la tierra.
Una cosa de aquí -¡niños!- cogida ya, vale mucho.
No creáis, no, que el destino sea algo más que lo denso
de la infancia. ¡Cuántas veces al amante aventajasteis
respirando, respirando tras un error venturoso,
sin objeto, al aire libre! ¡Soberbio es estar aquí!
Lo sabíais ya, muchachas, vosotras en apariencia
desposeídas, hundidas…en las callejas más sórdidas
de las urbes…supurantes…o abiertas a la caída.
Pero siempre hubo una hora para cada una o, quizás,
menos que una hora entera,
algo apenas mensurable con las medidas del tiempo,
tendido entre dos instantes. Pero toda una existencia
había. Todo. Las venas pletóricas de existencia.
Y sin embargo nosotros tan fácilmente olvidamos
lo que el vecino que ríe no nos confirma o envidia.
Visiblemente queremos destacar eso; no obstante,
la dicha más accesible no se nos da a conocer
sino cando en nuestro propio corazón la transformamos.

En ninguna parte, amada, habrá mundo sino adentro.
Nuestra vida no es más que una transformación incesante.
Y, cada vez más exiguo, desaparece lo externo.
Donde antes hubo una casa durable, se nos ofrece
un producto imaginario, de través, que enteramente
pertenece al pensamiento, como si aún estuviera
todo dentro del cerebro.
El espíritu del siglo
se crea vastos depósitos de fuerza, falto de forma
como el ímpetu expansivo que bebe en todas las cosas.
Ya no conoce los templos. Esta prodigalidad
del corazón la guardamos como un ahorro secreto.
Sí, todo lo que perdura de otros tiempos todavía,
toda cosa antes motivo de imploración y servida
de rodillas, se recoge, tal cual es, en lo Invisible.
Muchos ya no la reparan ni cuentan con la ventaja
de volver a construirla, más grande, dentro de sí
con estatuas y pilares.

Hay tales desheredados en cada insensible vuelta
del mundo, que no poseen lo anterior ni lo más próximo.
Porque también lo mas próximo está lejos para el hombre.
Que esto no nos desconcierte; que fortalezca en nosotros
la custodia de la forma todavía cognoscible.
La que antes entre los hombres se levantaba, la que antes
se erguía en medio del hado anonadador y en medio
de ese no-saber-adónde , cual si fuera, y a la tierra
doblegaba las estrellas desde los cielos seguros.
Ángel a ti te la muestro una vez más: ¡Allí! ¡Frente
a tus piradas se yergue salva al fin, al fin de pie!
Columnas, fustes, Esfinge…el afanoso elevarse
de la catedral que surge, gris, de la urbe caduca
o de la urbe extranjera. ¿No eran acaso un milagro?
¡Oh, maravíllate, Ángel, pues nosotros somos eso!
Gran Ángel: nosotros fuimos capaces de tales cosas;
proclámalo, que mi aliento no es bastante a celebrarlas.
Así, con todo, a nosotros no nos han faltado espacios,
esos espacios que guardan, los espacios que son nuestros.
(¡Qué espantosamente grandes deben ser estos espacios,
ya que milenios de nuestros sentimientos no los colman!)
Pero una torre era grande ¿no es verdad? ¡Oh!, Ángel, lo era…
¿no era grande aun a tu lado? Porque Chartres era grande…
Pero más alto y más lejos aún llegaba la música.
¡Oh! Y hasta una simple amante, una amante solitaria
en la ventana nocturna….¿no alcanzaba de rodillas?
No creas que hago una súplica. Ángel, ¡y aunque suplicara!
No vendrás, pues mi llamado está pleno de rechazo;
no puedes andar en contra de una corriente tan fuerte.
Es como un brazo extendido mi invocación. Y, en lo alto,
para asir se abre su mano; y repulsa y advertencia,
ante ti se queda abierta
de par en par…¡oh, Inasible!

Octava Elegía

A Rudolf Kassner

Ven con todos sus ojos las criaturas
lo Abierto. Sin embargo, nuestros ojos
están como al revés y colocados
alrededor de su salida libre
como trampas. Así, lo que está fuera
sólo a través del animal nos llega.
Porque ya al tierno niño damos vuelta
y lo obligamos a mirar atrás,
al mundo de la forma, no a lo Abierto,
que tan profundamente transparenta
la faz del animal. Libre de muerte.
nuestras miradas ven a ésta sólo.
En cambio el animal, que es libre y puro,
tiene siempre el crepúsculo tras ella
y frente, a Dios. Cuando camina, marcha
hacia la eternidad, como la fuente.
Los hombres nunca, ni siquiera un día,
ante sí tienen el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
Siempre está el mundo alrededor. Y nunca
lo que en ninguna parte y sin estorbo;
Lo puro, sin control, que se respira
Y se sabe infinito y no se ansía.
Y a veces, alguien, silencioso, un niño, se extravía en su seno
y es arrancado de él a sacudones.
Tal otro muere y es. Porque la muerte
ya no se ve en el trance de morir;
y quizás nuestro ojos desde entonces,
mirando fijos adelante, tienen
la profunda visión del animal.
Cerca están los amantes, asombrados,
pero entre sí se atajan las miradas.
Como al azar se entreabre tras alguno,
pero el otro no avanza y al instante
se le hace mundo figural de nuevo.
Vueltos a laceración constantemente,
no vemos de ella más que proyecciones,
reflejo de lo libre, oscurecido
por nosotros. O a veces acontece
que un animal levanta la cabeza
y a través de nosotros mira en calma.
¿Qué es el Destino? No más que eso: siempre
estar delante y nada más, delante.

Si el animal que hacia nosotros viene
tranquilo caminando,
fuera conciente como el hombre, al punto
nos haría volver y arrastraría
según el rumbo que su marcha lleva.
Pero su ser para él es infinito,
sin restricción alguna y sin miradas
sobre su estado, puro cual su vista.
Y donde las miradas de los hombres
no ven más que futuro: él lo ve todo
y se ve todo y salvo para siempre.

Con todo, el animal alerta y cálido
carga a su vez un poco de zozobra
y el peso de una gran melancolía.
Pues también se le apega eso que al hombre
domina tantas veces: el recuerdo…
Como si hubiera sido en otros tiempos,
alguna vez…eso a lo cual tendemos
más próximo y más leal, más apegado
y de infinita suavidad su tacto.

Acá todo es distancia; allá era todo
respiración. Después de la primera,
esta segunda vida le parece
ambigua y azotada por los vientos.
¡Oh, ventura sin par de la pequeña
criatura que en el seno permanece
que lo gestara! ¡Oh, dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas! Pues, el seno es todo.
Y la seguridad un tanto incierta
del pájaro contempla,
que de ambas participa por su origen,
como si fuera el alma de un etrusco
que saliendo de un muerto al que el espacio
recibió en un sepulcro, sin embargo,
tiene la efigie móvil como tapa.

Y cuánta es la sorpresa del que tiene
que volar, procediendo de un regazo:
se diría el henderse de una taza.
Así la negra huella del murciélago
la porcelana de la tarde rasga.

Y nosotros los hombres: dondequiera
y en todo tiempo espectadores somos
a todo atentos, pero nunca al raso.
Abrumados por ello, lo ordenamos
y se nos desmorona. Nuevamente
lo ordenamos y, al fin, nosotros mismos
también no despeñamos.

¿Quién nos ha hecho girar de esta manera
que, hagamos lo que hagamos, siempre estamos
en la actitud del que se va? Y como éste,
sobre el último cerro que le muestra
una vez más aún todo su valle,
se da vuelta, se para y titubea,
tal vivimos nosotros, despidiéndonos.

Novena Elegía

¿A qué, si es posible pasar de esta vida
las breves jornadas a fuer de laurel
algo más oscuro que los otros verdes,
con hojas de bordes ondeados
(tal una sonrisa del aire), a qué entonces
vivir a lo humano y, al par que evitándolo,
desear el destino?

¡Oh! No es que la dicha sea esa ventaja
fugaz de una pérdida próxima.
No se debe a que seamos curiosos
O para ejercicio dar al corazón,
Las dos cosas tendrían laurel…
Sino porque vale mucho estar aquí.
Y todo lo que aprende parece que nos necesita,
Pues todas las cosas fugitivas rondan
En pos de nosotros de extraña manera.
En pos de nosotros, los más fugitivos.
Cada cosa tan sólo una vez.
Una vez no más.
Y también nosotros una sola vez,
Jamás otra vez.
Pero este haber sido una vez,
Aunque sea una única vez:
Haber sido terrestre parece
que es irrevocable.

Y nos afanamos, queremos cumplirlo
Y en nuestras sencillas manos contenerlo
Y en nuestra mirada más llena y en nuestro corazón sin habla.
Pues, llegar queremos a serlo. ¿A quién darlo?
Lo mejor sería retenerlo todo, todo y para siempre.
Pero -¡ay!- a ese reino de otras relaciones
¿qué podemos llevarnos de aquí?
No el saber mirar
Que aquí poco a poco se aprende,
Ni suceso de este mundo. Nada.

Sino los dolores. Sino, antes que nada, lo que pesa, sino
La larga experiencia del amor…Y nada más
Que lo inefable.
Sin embargo, luego, bajo las estrellas
¿qué hacer? ¡Si son tanto más inexpresables!

Baja el caminante la cuesta de la alta montaña,
Mas no trae al valle ni un solo puñado
De tierra, indecible para todos; pero…
Trae una palabra que ganó, purísima:
La genciana amarilla y azul.

¿Acaso nosotros estamos aquí
para decir: casa, puente, aljibe, puerta, cántaro ventana…
o columna, torre…cuándo más?. Entiéndelo:
para decir eso que jamás las cosas han soñado nunca
ser íntimamente. Cuando a los amantes
los insta a que toda cosa y cada una
en sus sentimientos se torne hechizada
¿no es una escondida y astuta añagaza de esta tierra muda?

Umbral: ¿Y qué importa
que estos dos amantes a la vez desgasten
un poco el umbral, bastante más viejo que ellos, de su casa,
después de tantísimos que los precedieron
y antes que los nuevos… con ligero andar?

Aquí está de las cosas decibles el tiempo. Aquí esta su patria.
Habla y reconócelo. Más que nunca ahora
se extinguen las gratas cosas convividas,
pues las que las botan, reemplazándolas,
son obras sin alma.
Obras bajo cuyas costras que de buena gana revientan de pronto
cuando dentro de ellas la acción se disipa y adquiere otros límites.

Entre los martillos, con todo, subsiste nuestro corazón,
como entre los dientes la lengua
que sigue, no obstante y a pesar de todo,
siendo la que alaba.

¡Oh! Canta del mundo la alabanza al ángel, no del inefable,
pues ante él no puedes ostentar la gala de tus experiencias.
En el universo donde el ángel siente
con una más fina sensibilidad,
tú eres un novicio.
Muéstrale, por tanto, lo simple,
que habiendo en el curso de generaciones tomado una forma,
como cosa nuestra, junto a las miradas
y junto a las manos, vive con nosotros.
Nómbrale las cosa. Quedará asombrado, más que tú en la casa
del soguero en Roma o ante el alfarero del remoto Nilo.
Muéstrale también
qué feliz puede ser una cosa, qué inocente y nuestra;
cómo el dolor mismo que se queja, puro, consiente la forma,
sirve como cosa o para ser cosa muere…y más allá,
venturosamente del violín escapa. Y todas las cosas,
que viven el sino de caer, comprenden que tú las celebras.
Tan perecederas,
creen que nosotros, más perecederos, podemos salvarlas.
en nuestro invisible corazón desean que las transformemos
del todo en nosotros -¡oh, infinitamente!- seamos lo que seamos.

¿No es lo que tú quieres ¡oh, tierra!: invisible
nacer en nosotros?
¿No es ser invisible tu sueño, algún día? ¡Oh, tierra!. ¡Invisible!.
¿Cuál es tu imperioso mandamiento sino
la transformación?
Tierra, amada mía, yo lo quiero. Oh, créeme:
ya no harían falta muchas primaveras para conquistarme,
una es demasiado;
¡ay! Basta con una ya para mi sangre.
Inefablemente consiento contigo; llego desde lejos
a tu seno. ¡Siempre tenías razón y tu santo numen
es la muerte amiga.
¡Ah!. Mírame: vivo. ¿De qué?. Ni la infancia
ni el futuro menguan…En mi corazón
brota una existencia superabundante.

Décima Elegía

Ojalá, algún día, fuera de esta horrible visión que me acosa,
suba hasta los ángeles propicios mi canto de júbilo y gloria.
Ojalá en las cuerdas blandas, intermedias o agudas no falle
ni un solo martillo de claro tañido de mi corazón.
Ojalá mi rostro bañado de llanto me haga más espléndido.
Ojalá esta simple lágrima florezca.
¡Oh, noches de cuita, cuánto más amadas me seréis entonces!
¿Qué más de rodillas -¡oh, desconsoladas hermanas!- no estuve
para recibiros?. ¿Qué a vuestros cabellos sueltos no me ha dado
más suelto a mi vez?.
En verdad, nosotros los disipadores de dolores somos.
¡Ah!.¡Cómo en la triste duración oteamos su posible término!
Pero ellos, realmente, son para nosotros
la fronda de invierno, la oscura pervinca;
una de las épocas del año secreto…no sólo una época:
son lugar y asiento también, campamento, suelo y residencia.

¡Qué extrañas callejas son las que recorren la ciudad del Dolor,
donde en el silencio falso, fabricado de estruendo, con ímpetu,
fluido metálico que desde el vacío del molde chorrea,
alardea el ruido de oro, el monumento reventón estalla!.
¡Cómo ese mercado de consuelo un ángel les pisotearía,
junto con la iglesia que compraron hecha: bien pulcra y cerrada
y decepcionada como en los domingos un correo a solas!.
Fuera, mientras tanto, se erizan los bordes de la feria. ¡Buzos
y volatineros del afán!.¡Columpios de la libertad!.
Y el campo de tiro de la acicalada ventura, en figuras,
donde desde el hito todo patalea y a hojalata suena
cuando un más certero tirador lo alcanza y después en medio
de aplausos y azares se va tambaleando; pues los baratillos
se procuran todas las curiosidades
y tamborilean y chillan. No obstante, para los adultos
hay algo ex profeso:
ver cómo, anatómicamente, pulula el dinero;
no como jarana simplemente: el órgano sexual del dinero,
con todas las partes del acto, el proceso…lo que instruye y torna
fecundo…
¡Oh!. Pero enseguida, pronto, en las afueras,
tras la última plancha llena de carteles que rezan: “Sin muerte”,
esa acre cerveza que a los que la beben paréceles dulce
cuando al mismo tiempo sin cesar mastican nuevos pasatiempos,
inmediatamente, detrás de esa valla… se tiende lo real.
Hay niños que juegan y amantes que, graves y a solas,
en la hierba rala se abrazan y perros que cumplen su instinto.
Pero el joven todavía sigue andando. Quizás de una joven
Queja se ha prendado. Llegan a unos prados. La Queja le dice:
“Lejos. Allá lejos vivimos…”.
¿En dónde?. Y el joven la sigue.
Lo incita su porte. Su cuello, sus hombros…acaso procede
de una noble cuna. Pero la abandona, se vuelve y desvía,
haciéndole señas…
¿A qué?. Es una Queja.

Tan sólo los muertos jóvenes que pasan el primer estado
de estar impasibles y fuera del tiempo, desacostumbrándose,
la aman y la siguen. Ella, a las muchachas
escoge y conquista su amistad. Les muestra sigilosamente
cuanto lleva. Perlas de Dolor y el fino velo de la santa
Paciencia.
Con la gente joven camina en silencio.

Pero donde moran, allá en los más bajo del valle, una Queja
de las más ancianas se ocupa del joven que pregunta. Dícele:
“Allá en la montaña grande nuestros padres explotaron minas
y aún entre los hombres hallarás a veces un trozo tallado
del Dolor primero o escorias de pétrea cólera salidas
del volcán antiguo. Sí, de ahí provienen. Antes fuimos ricas”.
Y a través del vasto país de las Quejas lo guía, ligera;
le muestra los templos y las columnatas, le muestra las ruinas
de esa fortaleza desde donde el Príncipe, en tiempos pasados,
reinaba, prudente; le muestra los altos árboles de lágrimas,
le muestra los campos de melancolía floreciente…(Apenas
como una apacible fronda los conocen vivos ahora)
y los animales pastando…Y a veces, azorado, un pájaro
horizontalmente volando en el campo de sus ojos, traza
la imagen escrita de su solitario grito en el espacio.
De tarde lo lleva más lejos, a ver los sepulcros
de los antiguos de su gran estirpe, sibilas y augures.
Mas, cuando anochece, caminan con pasos más suaves…y pronto
el túmulo fúnebre que vela remonta,
lunar, por encima de todas las cosas:
hermano de aquél junto al Nilo.
de la augusta Esfinge… rostro de la cámara
secreta.
Y atónitos miran la regia cabeza, la que para siempre
y en silencio ha puesto la cara del hombre
sobre otra balanza,
la de las estrellas.

No entiende; la muerte reciente ha mareado
sus ojos. No obstante, la mirada de ella,
detrás del reborde del pschent, levantándose, espanta al mochuelo
que rasando en lento roce la mejilla de curva más tímida,
En el nuevo oído del muerto, sobre hoja doblemente abierta,
con mórbido vuelo,
el indescriptible contorno dibuja.

Y arriba, en el cielo, las estrellas. Nuevas. Todas las estrellas
de este misterioso país del Dolor.
La Queja las nombra lentamente: “Aquí,
mira: El caballero, y esa otra: El cayado. La constelación
Más llena se llama: Corona de frutas. Luego, junto al polo:
La cuna, El camino, La muñeca, El libro que arde, La ventana.
Y allá, en el sureño firmamento, pura, como en una palma
de mano bendita, rutila la M con diáfano brillo,
signo de las madres…
Pero el muerto tiene que seguir su marcha. Y la más anciana
Queja, silenciosa,
lo lleva hasta el paso más hondo del valle
donde hay una fuente
que brilla a los claros rayos de la luna:
la de la Alegría.

Ella, con respeto, nombrándola dice: “Es para los hombres
el río que lleva”.

Ya están en la falda de la serranía
y la Queja entonces lo abraza, llorando.
Después él, a solas, entra en la montaña del Dolor primero;
ni una vez su paso desde la insonora suerte repercute.

Pero si los muertos infinitamente nos dieran un símbolo,
nos señalarían quizás los amentos colgados al seco,
vacío avellano, o acaso la lluvia
que en la primavera cae sobre el pardo suelo de la tierra.

Y a nosotros, cuyo pensamiento espera
la dicha que sube,
nos embargaría la emoción que casi
nos aturde cuando
cae algo dichoso.

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Purificaciones (Empédocles)

octubre 19, 2009 Deja un comentario

Empédocles:

Purificaciones

Traducción del griego de Alberto Bernabé

en: Filósofos presocráticos ed. Alianza, Madrid, 1988.p. 235 a 242.

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102 (112)                    Amigos, que en la gran urbe y a orillas del leonado Acragante

moráis en lo alto de la villa, ocupados en nobles acciones

-para los extranjeros, abrigo hospitalario, ignorantes de la maldad-,

salve. Yo, un dios inmortal entre vosotros, que no mortal,

5 voy y vengo, entre todos honrado al parecer,

y ceñido con cintas y floridas coronas.

Por todos, cuando llego a las prósperas ciudades

-por hombres y mujeres- me veo reverenciado. Y me siguen

a millares, para tratar de averiguar dónde se halla la senda del provecho;

10      por consultar oráculos los unos; otros, contra los males

de toda condición tratan de oír una respuesta que los cure,

pues largo tiempo ya se hallan transidos por acerbos dolores.

 

103 (114)                       Amigos, sé que anida la verdad en las palabras

que os diré. Con todo, resulta muy ingrato

para los hombres y mal acogido es el asalto de la convicción sobre su ánimo.

 

104 (11)                        ¡Insensatos! Pues sus preocupaciones son pensamientos alicortos.

¡Ellos que se creen que en verdad puede llegar a ser lo que antes no era

o que algo muere y perece eternamente!

 

105 (113)                    Mas ¿por qué insito en estos temas , como si acometiera una empresa              

                                                                                                                           [extraordinaria

si me hallo por encima de los mortales, perecederos de mil formas?

 

106 (15)                     Un hombre sabio no se haría en su fuero interno augurios como éstos:

que mientras viven eso que llaman vida,

por ese tiempo existen, sujetos a infortunios y venturas,

y que antes de ser configurados en mortales, y cuando son disueltos, no son nada.

 

107 (115)                    Hay un decreto de Necesidad, de antiguo refrenado por lo dioses,

eterno, sellado por prolijos juramentos:

“Cuando alguno, por errores de su mente, contamina sus miembros

y viola por tal yerro el juramento que prestara

5 –hablo de démones a los que toca una vida perdurable-,

ha de vagar por tiempor tres veces incontables, lejos de los Felices,

en la hechura de formas de mortales, variadas en el tiempo,

mientras que va alternando los procelosos rumbos de la vida,

pues la furza del éter lo impulsa hacia el mar

10 y la mar vuelve a escupirlo al terreno de la tierra , y a su vez ésta a los fulgores

del sol resplandeciente, mas él lo precipita a los vórtices del éter;

cada uno de otro lo reciben, mas todos lo aborrecen.”

Yo soy uno de ellos, desterrado de los dioses, errabundo,

y es que en la discordia enloquecida puse mi confianza.

 

 

108 (117)                    Que yo ya he sido antes un joven y una joven,

un matorral y un pájaro y mudo pez del mar.

 

109 (116)                    (La Gracia) odia la necesidad no llevadera.

 

110 (126)                    Y lo arropa con veste de inusitada carne.

 

111 (119)                    ¡De qué honor tan grande y de qué grado de dicha!

 

112 (118)                    Lloré y me lamenté al ver un sistio desusado.

 

113 (121)                    Un sitio ingrato,

donde el crimen, la inquina y otros seres funestos en tropel,

enfermedades miserables, podres, a más de hidropesías,

por el prado de Ruina, andan en lo oscuro merodeando.

 

114 (124)                    ¡Ay de vosotros, miserable raza de los mortales, malhadad!

¡De qué disputas y gemidos procedéis!

 

115 (120)                    Llegamos a cubierto de esta ruta.

 

116 (122)                    Allí estaban la ninfa de la Tierra y la de larga vista, Helíopa,

la encarnizada Lucha y Armonía, la de mirada augusta,

Hermosura y Fealdad,  Rapidez y Tardanza,

la amable Seguridad y Confusión de negra cabellera.

 

117 (123)                    Crecimiento y Consunción, Descanso y Despertar,

Movimiento y Reposo y la bien conocida Majestad,

así como Vileza, Silencio y Expresión.

 

118 (128)                    Y no estaba entre ellos el dios Ares, ni Tumulto,

ni Zeus, el rey, ni Crono, ni Posidón tampoco,

sino la reina Cipris…

* * *

 

intentaban propiciársela con devotas ofrendas

5 y animales dibujados, con perfumes de fragancias exquisitas,

con la quema de mirra sin mixtura y de oloroso incienso

y dejando caer al suelo libaciones de miel amarillenta.

Pero el altar no era regado con nefandas carnicerías de toros,

sino que era abominación entre los hombres, la mayor,

10 la de arrancarles la vida para devorar sus nobles cuartos.

 

119 (130)                    Eran mansas todas y amistosas con los hombres,

las fieras y las aves, y la amabilidad resplandecía.

 

120 (139)                    ¡Ay de mí, que no acabó conmigo un día implacable,

antes de concebir la acción abominable de que mis labios devoraran carne!

 

121 (135)                    Pero la ley se extiende para todos sin fisuras

por el éter de dominios anchurosos y el infinito resplandor del sol.

 

122 (136)                    ¿No pondréis fin a esta matanza disonante? ¿No estáis viendo

que os devoráis unos a otros por la incuria de vuestra inteligencia?

 

123 (145)                    Y por ello, desesperados como estáis por acerbas desdichas,

nunca de los míseros duelos recobraréis vuestro ánimo.

 

124 (137)                    Alza el padre a un hijo suyo transmutado en su figura

y ente plegarias se apresta a degollarlo, el enorme infeliz. Y los otros, sin saber lo que hacen,

lo sacrifican , aun cundo los implora. Pero aquél, sordo a los quejidos,

después de degollarlo, en las estancias dispone el sórdido festín.

5 De igual modo un hijo que toma a su padre o a su madre unos niños

les arrancan la vida y devoran la carne antes amada.

 

125 (138)                    Sacándoles la vida con el bronce.

 

126 (144)                    Practicar el ayuno del mal.

 

127 (140)                    De las hojas de lauro abstenerse por completo.

 

128 (141)                    Desdichados, completos desdichados, de las habas apartad vuestras manos.

 

129 (143)                    dando un tajo de cinco chorros con bronce de larga hoja.

 

130 (125)                    A los vivos los tornaba en cadáveres, trasmutando su aspecto.

 

131 (127)                    Entre las fieras, y como los leones del monte hacen su cama y duermen en el       

                                                                                                                                           [suelo

nacen, y entre los árboles de frondosa melena, en forma de laureles.

 

132 (146)                    Y al final, ugures, poetas, médicos

y dirigentes son entre los hombres terrenales,

y de ahí retoñan como dioses, excelsos por las honras que reciben.

 

133 (147)                    Su hogar comparten con los otros inmortales, a su mesa se sientan,

sin tener en cuenta las miseriaas de los hombres, incansables.

 

ADDENDA

 

134 (5)                                    Ponerlas bajo techo en nuestro mudo fuero interno.

 

135 (7)                        Ingénitos (los elementos).

 

136 (10)                      Muerte vengadora.

 

137 (32)                      Tenaz concordia.

 

138 (32)                      La rticulación une dos cosas.

 

 

 

 

 

139 (58)                      Desparejados miembro erraban.

 

140 (60)                      Reses de tortuoso caminar en las que no se distinguían las patas.

 

141 (69)                      Cuya gestación llegaba a término dos veces.

 

142 (70)                      Amnios.

 

143 (92)                      Cobre aleado con estaño.

 

144 (97)                      La espina dorsal (que está dividida en vértebras porque se rompió cuando estaba torcida en el seno materno).

 

145 (99)                      Retoño carnoso.

 

146 (142)                    Ni el tachado palacio de Zeus egidífero

ni la morada soterraña del Hades lo acogen en su seno.

 

147 (148+150)            (Como enunciación de epítetos usados por Empédocles:) tierra que circunda al hombre (a. d., el cuerpo al alma); el que acumula nubarrosnes(e. d. , el aire), el pródigo en sangr (e. d. , el hígado).

 

148 (151)                    Dispensadora de vida (Afrodita).

 

149 (152)                    Ocaso de la vida (la vejez).

 

150 (153)                    Baubó (el vientre).

 

151 (153 a)                 Pues el feto llegaba a término en siete semanas, según dice Empédocles en Las Purificaciones.

 

152 (no en D.-K.)      Pues cuntos de ellos, con raíces más densas por abajo

y retoños más espaciados se presentan en sus florecer…

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Acerca de la Naturaleza (Empédocles)

octubre 19, 2009 Deja un comentario

Empédocles:

Acerca de la Naturaleza

Traducción del griego de Alberto Bernabé

en: Filósofos presocráticos ed. Alianza, Madrid, 1988.p. 212 a 234.

  empedocles

1 (2)    Y es que angostas son las mañas que por los miembros se extienden

y muchas las vilezas que embotan las meditaciones.

Tras haber observado en el curso de sus vidas una parte miserable,

efímeros como el mundo se echan a volar, arrebatados,

5 convencidos tan sólo de aquello que cada uno se encontró

en su vagar de un lado a otro, aun cuando cada uno se jacta de haberlo decubierto todo.

¡A tal extremo no son cosas observables ni audibles por los hombres

ni abarcables por su inteligencia! Así que tú, ya que hasta aquí te has acercado,

sabrás, pero no más de lo que el mortal entender puede alcanzar.

 

2 (3)    Alejad, pues, dioses, de mi lengua el extravío de esa gente

y encauzad por mi boca piadosa un límpido hontanar.

Y a ti, virgen de la memoria fértil, Musa de albos brazos,

te suplico; lo que es lícito que oigan los seres de un día,

envíamelo, conduciendo desde las moradas de la Piedad el carro dócil a la rienda.

 

3(131)             Así pues, si a instancias de alguno de los seres de un día, Musa inmortal,

tuviste a bien que nuestros desvelos hollaran tu interés,

asiste ahora, Calíope, a este suplicante,

en su intento de exponer un relato cabal sobre los dioses.

 

4(1)     Oyeme tú, Pausanias, hijo del sabio Anquito,

 

5(3)     Y al menos no te forzará a alzarte con las flores del reputado honor

que los mortales dan, a costa de hablar más de lo apropiado

con temeridad, para asentarte así en las cumbres del saber.

Ea pues, atiende con cada maña de qué modo es manifiesta cada cosa,

5 sin tener por más fiable un sonido que una visión

ni un sonido por mejor que las penetraciones de la lengua.

De ninguno de los demás miembros por los que se abre un paso para entender

debes apartar tu confianza, sino comprender el modo en que es manifiesta cada cosa.

 

6(4)     En los miserables es costumbre no dar crédito a la autoridad.

Tú en cambio, tal como te exhortan las garantías de la Musa,

aprende, tras haber desmenuzado en tu fuero interno mi argumentación.

 

7(6)     Las cuatro raíces de las cosas todas escucha primero cuáles son:

Zeus resplandeciente, Hera dispensadora de la vida, así como Aidoneo

y Nestis, que con sus lágrimas empapa el mortal hontanar.

 

8(7)     Doble es la historia que voy a contarte. Pues una vez creció para ser uno,

de múltiple que era; otra, por el contrario, de uno que era se disoció para ser múltiple.

Doble es el nacimiento de los seres mortales, doble su destrucción;

pues el primero lo genera y lo destruye la concurrencia de las cosas todas

5 y el otro, al disociarse éstas de nuevo, echa a volar, una vez criado.

Y estas transformaciones incesantes jamás llegan a su fin,

unas veces por Amistad concurriendo en uno todos ellos;

otras, por el contrario, separados cada uno por un lado por la inquina del Odio.

De esta forma, en la medida en que lo uno está habituado a nacer de lo múltiple

10  y en la medida en que a su vez, al disociarse lo uno, lo múltiple resulta,

en ese sentido nacen y no es perdurable su existencia.

Mas en la medida en que esos cambios incesantes jamás llegan a su fin,

en ese sentido son por siempre inmutables en su ciclo.

Así que escucha mi relato, pues el aprendizaje acrecienta el entender.

15 Como ya dije antes, al declarar los lindes del relato,

doble es la historia que voy a contarte. Pues unas veces creció para ser uno,

de múltiple que era, otra, por el contrario, de uno que era se disoció para ser múltiple:

fuego, agua, tierra y la enorme altura del aire

y, a parte de ellos, Odio pernicioso, por doquier igualado,

20 mas entre ellos la Amistad, igual en extensión y en anchura que él.

Obsérvalo con tu entender; que el asombro no se asiente en tu mirada.

Esta también se considera innata en los miembros mortales,

con ella se conciben amistosos pensamientos y realizan acciones concordes

y le dan el sobrenombre de Alegría o Afrodita.

25 En su ir y venir entre los otros, jamás la vio

mortal alguno, pero tú atiende al curso no engañoso de mi argumentación.

Todos ellos son iguales y tienen la misma edad,

mas cada uno ostenta un rango diferente; diverso es el carácter de cada uno.

Por cursos prevalecen en el curso del tiempo

30  y fuera de ellos nada nace luego ni perece,

ya que, si no cesaran de destruirse, ya no serían,

mientras que al todo ¿qué podría aumentarlo? ¿y de dónde vendría?

¿Y cómo podrían perecer, si nada hay vacío entre ellos?

Pues sólo ellos son reales, mas en su mutuo recorrerse

35 se tornan una cosa cada vez, sin dejar de ser ellos mismos.

 

9 (12) Pues de lo que no es, es imposible que algo nazca,

y que lo que es perezca, irrealizable e inaudito,

ya que siempre se hallará, allí donde uno quiera apoyarse.

 

10 (13) Nada del universo está vacío, ni lleno en demasía.

 

11 (16) Como eran antes, en efecto siguen siendo y seguirán; y nunca, creo,

de ninguno de los dos ha de vaciarse el tiempo inagotable.

 

12 (8)   Y otra cosa te diré: no hay nacimiento en absoluto de ninguno

de los seres mortales, ni tampoco consumación de la funesta muerte,

sino tan sólo mezcla y disociación de lo mezclado

es lo que hay, y “nacimiento” es un nombre que los hombres le dan.

 

13 (9)    Y cuando éstos, una vez mezclados en aspecto humano vienen a dar al éter

-o en el aspecto de las fieras montaraces o en el de los arbustos

o acaso en el de los pájaros- entonces afirman que es “nacer”,

mas cuando se separan, que es “muerte malhadada”.

De este modo es norma que los llamen. Y a la costumbre me acomodo también yo.

 

14 (21)   Vamos pues, observa como prueba de las charlas del principio lo siguiente

-por si en lo que precede le faltó a la forma algo de madera-;

el sol, a la vista luminoso y ardiente por doquier,

y cuantos cuerpos inmortales se bañan en calor y luz radiante;

así mismo la lluvia, en todas partes lóbrega y helada,

mientras que de la tierra despunta lo arraigado y sólido.

En el Odio cada cosa es diferente y va por separado,

en cambio en la Amistad caminan juntos y son mutuamente deseados.

De ellos todo cuanto fue y cuanto es y ha de ser luego

nació: árboles, varones y mujeres,

fieras, pájaros y peces de acuática crianza,

y dioses sempiternos, excelsos por las honras que reciben.

Ellos son los únicos reales, pero en su mutuo recorrerse

se tornan en cambiantes formas, pues la mezcla los hace variar.

 

15 (23)   Como cuando colorean tablas votivas los pintores,

hombres muy versados en su oficio por su inteligencia,

y cuando toman en sus manos tinturas de múltiples colores

y, tras mezclarlas en justa proporción -más de la una, menos de la otra-,

5 obtienen de ellas formas semejantes a las cosas todas,

configurando árboles, varones y mujeres,

fieras, pájaros y peces de acuática crianza,

y dioses sempiternos, excelsos por las honras que reciben,

de igual modo, que no triunfe sobre tu mente la mentira que hay en otra parte

10 un venero de los seres mortales que, innúmeros, se manifiestan.

Tenlo con toda claridad presente, pues de origen divino es el relato que has oído.

 

16 (26)   Por turnos prevalecen en el curso del ciclo,

se amenguan mutuamente y se acrecientan por turno prefijado,

pues sólo ellos son reales, mas en su mutuo recorrerse

se tornan hombres y especies de otros animales.

5  Unas veces por Amistad concurriendo en un solo orden del mundo.

otras por el contrario separados cada uno por su lado por la inquina del Odio,

hasta que, en uno combinados, acabe por surgir en lo profundo del todo.

De esta forma, en la medida en que lo uno está habituado a nacer de lo múltiple

y en la medida en que, a su vez, al, disociarse lo uno, lo múltiple resulta,

10 en ese sentido nacen y no es perdurable su existencia.

Mas en la medida en que estos cambios incesantes jamás llegan a su fin,

en ese sentido son por siempre inmutables en su ciclo.

 

17 (15)    Y es que, incluso por dos veces, es bueno decir lo que es preciso.

 

18 (24)     …haciendo que un punto capital con otro enlace,

para que en mi discurso no se agote un punto tan solo.

 

19 (27)     Allí ni del sol se discierne la espléndida figura

ni el vigor velludo de la tierra, ni la mar.

 

20 (29-28) Pues no se agitan dos ramas desde un tronco,

ni pies, ni ágiles rodillas, ni órganos reproductores,

sino igual por todas partes a sí mismo y por doquier ilimitado,

es un solo esfero, ufano por la inmovilidad que lo circunda.

 

23 (30)  Mas cuando crece Odio, grande, en sus miembros,

y se levanta hacia las honras, al cumplírsele el tiempo

que les fuera por turnos asignado por prolijo pacto…

 

24 (31)  pues todos los miembros del dios, uno por uno, se veían estremecidos.

 

25 (22)  Y es que avenidos se hallan todos ellos

-el radiante, la tierra, cielo y mar-

con las partes que de ellos separadas se configuraron en mortales.

De igual modo, cuantos mejor dotados están para la mezcla

se aman mutuamente, pues Afrodita los hace semejantes.

Los más hostiles son los que más difieren uno del otro,

en raza, en mezcla y en la forma en que se hallan modelados,

de modo que por doquier se hacen extraños entre sí, muy apenados

de ser criaturas de la inquina, pues fueron generados por el Odio.

 

26 (20)  Ello se hace manifiesto en el volumen de los mortales miembros;

pues a veces por amistad se aúnan todos

los miembros que conforman algún cuerpo, en la cima de la vida floreciente,

otras, por el contrario, desgarrados por malévolas Discordias,

vagan errantes, cada uno por su lado, por la rompiente de la vida.

Y de igual modo ocurre con las plantas y los peces de acuáticas moradas,

las fieras que del monte hacen su cama y las aves de alado movimiento.

 

27 (38)  Vamos, pues, primero, te diré (…)

de los que se hicieron evidentes cuántas cosas ahora vemos:

la tierra, el encrespado ponto, a más de l aire húmedo,

así como el Titán del éter, que todo lo abarca con su cerco.

 

28 (51)   con ligereza por la chimenea (sale el humo).

 

29 (53)    (el aire) en su curso, unas veces se dio el caso de encontrarse de este modo, muchas de                                                                                                                                                              [otro.

30 (54)    (el éter) con grandes raíces en la tierra se sumía.

 

31 (37)     su propio cuerpo hace crecer la tierra, y el éter, éter.

 

32 (52)      Múltiples fuegos arden bajo el suelo.

 

33 (39)      Si infinitos fueran en verdad las profundidades de la tierra y éter el anchuroso

como en la lengua de muchos circula falsamente,

proferido por las bocas de aquellos que del todo ven bien poca cosa.

 

34 (40)       el penetrante sol y la luna benigna

 

35 (41)       pero él, una vez concentrado, gira en torno del enorme cielo.

 

36 (44)       Se refleja en el Olimpo con intrépido semblante.

 

37 (47)         Contempla frente a ella el sacro orbe de su soberano.

 

38 (43)         Como el rayo, tras haber incidido sobre el ancho orbe lunar.

 

39 (45)          redonda, gira en torno de la tierra, luz ajena.

 

40 (46)          Como la rodada de un carruaje, gira ella en torno del extremo.

 

41 (42)           …disipó sus rayos

sobre ella desde arriba y ensombreció una parte de la tierra

tan grande como el ancho de la ojizarca luna.

 

42 (48)           y es la tierra la que trae la noche al situarse bajo los resplandores.

 

43 (49)          de la noche desolada y si vista

 

44 (50)           Iris trae de la mar un viento o un enorme aguacero.

 

45 (56)          La sal cristalizó, impulsada por los embates del sol.

 

46 (56)          sudor de la tierra, el mar

 

47 (35)          Mas yo voy a tomar de regreso por la senda de los cantos

que recité al principio, tras sacar una razón del canal de otra razón,

y es ésta: cuando Odio llega a lo más hondo del abismo

del torbellino, y Amistad alcance el vórtice en su centro,

5 de seguro que allí se reúnen todos para ser uno solo,

no de improviso, sino unidos por un gusto, cada uno de una parte,

y como resultado  de su unión se difunden innúmeras estirpes de mortales.

Mas otros muchos permanecen sin mezclarse, aparte de los que estaban confundiéndose:

son aquellos a los que, desde lo alto, aún detiene Odio, pues no está aún irreprochablemente

10 consumando su retiro a los confines últimos de la orbe,

sino que en los miembros de éste partes suyas permanecen, partes se han marchado de ellos.

Y cuanto más terreno va cediendo sin cesar, tanto más va llegando sin cesar

el benévolo flujo inmortal de Amistad irreprochable.

Al punto tornan a nacer como mortales los que antes aprendieron a ser inmortales,

15 y a mezclarse lo que antes era puro, invertidos sus cambios.

Y como resultado de su unión se difunden innumeradas estirpes de mortales

ajustadas en todas clases de formas, maravilla de ver.

 

48 (96) Y a la tierra placentera, en sus crisoles de amplio pecho

dos partes de las ocho del resplandor de Nestis le tocaron,

y cuatro de Hefesto. Y resultaron blancos los huesos,

de maravilla ensamblados por ligaduras de Harmonía.

 

49 (34)  tras haber ligado harina y agua…

 

50 (57) Allí germinaron múltiples cabezas desprovistas de cuello

y desnudos vagaron brazos faltos de hombros

y ojos que iban errantes, mendigos de frentes.

 

51 (59)            Mas a medida que lo divino se unía más y más con lo divino,

los demás iban encontrándose donde cada uno se topaba  con el otro

á más de los muchos que junto a ellos sin cesar fueron naciendo.

 

52 (61)            Multitud de seres bifrontes y con doble pecho iban naciendo,

criaturas vacunas con humano rostro y viceversa,

humanas criaturas con cabezas vacunas, otras con mezclas de unas partes de varón

y otras de mujer, provistos de miembros sombríos.

 

53(62)           Y ahora, con respecto a los varones y a las mujeres plañideras,

cómo hizo nacer a sus vástagos nocturnos el fuego al separarse

óyemelo decir: pues mi relato no es desatinado ni ignorante.

Crecidos por completo iban surgiendo de la tierra, lo primero, figuras

5 poseedoras de la parte debida de agua y de calor;

era el fuego quien iba haciéndolas brotar, deseoso de alcanzar a su semejante.

No mostraban todavía el grácil porte de unos miembros

ni   voz, ni el habla peculiar del hombre.

 

54 (64)           Y le viene asimismo el deseo…

 

55 (66)           Los hendidos prados de Afrodita

 

56 (63)           En dos se divide en efecto la hechura de los miembros,

una parte en el cuerpo de los hombres (otra en el de las mujeres).

 

57 (65)           En las zonas puras se vertieron; unos a mujeres dan lugar,

al encontrarse con el frío.

 

58 (67)           En su parte más caliente, son varones los que le vientre engendra,

por ello son morenos y de miembros más robustos los varones

y también más velludos.

 

59 (68)          Al octavo mes, en el décimo día se vuelve blanco pus.

 

60 (71)         Por si tu convicción sobre tales asuntos resultara falta de madera,

cómo de agua, tierra, éter y sol al combinarse

surgieron formas y colores de los mortales seres

que ahora surgen, conformados por Afrodita.

 

61 (33)         Como cuando el cuajo traba la blanca leche con remaches y ataduras.

 

 

62 (73)         Cipris, entonces, una vez que hubo empapado tierra en lluvia,

entregó al raudo fuego, para fortalecerlas, las formas que con afán iba modelando.

 

63 (72)         Y cómo también los grandes árboles y los marinos peces

 

64 (77-78)      Crecieron árboles siempre verdes y de perenne fruto

con prodigalidad de frutos todo el año, gracias al aire.

 

65 (79)           Y así los grandes árboles ponen primero sus huevos de olivo.

 

66 (80)            Por eso son tardías las granadas y muy suculentas las manzanas.

 

67 (81)            El vino es agua del pellejo fermentada en madera.

 

68 (74)            Guía de la muchedumbre de prolíficos peces, ignorante del canto.

 

69 (76)             Eso se da en las conchas de apesantado lomo pobladoras del mar.

Y así en las caracolas y en las tortugas de piel como la piedra

Verás cómo la tierra mora en lo más alto de sus cuerpos.

 

70 (75)             Los que, de entre ellos, tienen formado lo de dentro consistente, lo de fuera flojo,

por haber logrado tal suerte de blandura por las manos de Cipris.

 

71 (82)              Vienen a ser la misma cosa cabellos, hojas, tupidas alas de aves

y escamas sobre miembros vigorosos.

 

72 (83)               En cambio, los erizos

puntiagudas cerdas se les erizan en sus lomos.

 

73 (89)                Hay efluvios de todo cuanto existe.

 

74 (91)                (El agua) con el vino es más afín, pero con el aceite

no quiere serlo.

 

75 (90)                De este modo lo dulce de lo dulce se adueñó, lo amargo saltó sobre lo amargo,

lo agrio hacia lo agrio se abocó, y lo caliente cabalgó a lo caliente.

 

76 (93)                 Con el lino se combina el centelleo del brillante azafrán.

 

77-78 (109-107)  Con tierra, pues, vemos la tierra, con agua el agua,

con éter el éter venerable, y con fuego, el fuego destructor;

asimismo el amor lo vemos con amor y la discordia con discordia miserable,

y es que todo se conforma por el ajuste de estas cosas;

con ellas piensan, se gozan y padecen.

 

79 (106)                Pues crece con lo que tiene ante sí la inteligencia de los hombres.

 

80 (108)           Y en la medida en que se tornan de diversa hechura, en cada caso le es dado concebir pensamientos diferentes.

 

81 (103)                 Así, por deseo de la fortuna, todas las cosas son capaces de pensar.

 

82 (104)                 Y en la medida en que las cosas más sutiles coincidieron en caer

 

83 (98)                   Y la tierra en cuantía casi igual coincidió con aquellos,

con Hefesto, con la lluvia y con el éter relumbrante,

anclada en los perfectos fondeaderos de Cipris,

bien un poco más, bien menos donde más había.

De ellos surgieron la sangre y las formas de diferente carne.

 

84 (85)                    Y la llama propicia consiguió por azar una parte pequeña de tierra.

 

85 (86)                    Con ellos conformó Afrodita los incansables ojos.

 

86 (87)                     Una vez que Afrodita los dotó con remaches de afecto.

 

87 (95)                      Cuando a lo primero en manos de Cipris se hicieron a la vez.

 

88 (84)                      Como cuando alguien piensa ponerse en camino se provee de una lámpara,

resplandor de ardiente fuego en noche borrascosa,

tras haberle acoplado linternas, a prueba de vendavales,

que dispersan el soplo de los vientos que sobre ella se abaten,

5 mientras que la luz salta fuera de ellas en tanto, que es más fina,

y refulge por el umbral con indomables rayos,

así también antaño, encerrado en las membranas, el fuego primigenio

dio origen a la redonda niña, con delicados tejidos,

que se hallan de parte a parte atravesados por maravillosos conductos.

10 Estos la protegen de la profundidad del agua que corre en redor suyo,

pero el fuego pasa a su través, en tanto que es más fino.

 

89 (88)                         Una sola resulta de ambos la visión.

 

90 (94)                         En el fondo de un río surge de la forma el color negro

que también puede verse en las grutas cavernosas.

 

91 (100)                       Y así es como todos inspiran y espiran. Hay en todos, escasos de sangre,

unos tubos de carne que se extienden por el confín del cuerpo.

Sobre sus bocas se encuentra, horadad por apretados orificios,

La superficie más externa de la piel, de parte a parte, de suerte que a la sangre

5 la guardan, más al éter le queda vía libre abierta para el paso.

Así que, cuando la tierna sangre se retira,

irrumpe el éter borbotando en furiosa oleada,

mas cuando salta aquella hacia arriba, el animal espira. Lo mismo que una niña

que con una pipeta de broce refulgente está jugando:

10 cuando, con la boca del tubo puesta sobre su grácil mano,

la baña en el tierno cuerpo del agua que luce como plata,

en la vasija no penetra lluvia alguna, sino que se lo impide

la masa de aire que se abate desde dentro sobre los apretados orificios,

hasta que abre ella la tapa a la apretada corriente. Y es entonces

15 cuando penetra, al flanquear el aire, agua en la debida cantidad.

De igual modo, cuando ocupa las entrañas del bronce,

Y el cuerpo mortal sirve de dique a la boca o al paso,

El éter exterior, ansioso por entrar, mantiene la lluvia constreñida

Junto a las puertas del disonante colador, dueño de la superficie,

20 hasta que afloja ella su mano. Y es entonces, al contrario que antes,

con la invasión del aire, cuando el agua se escabulle en la debida cantidad.

Del mismo modo, cuando la tierna sangre se agita por los miembros

se bate en retirada hacia sus escondrijos,

al punto la corriente del éter se bate embravecida en oleada,

25    mas cuando aquella salta hacia arriba, hay otra vez espiración en cantidad igual.

 

92 (101)                que rastrean con sus hocicos los residuos de miembros de fieras

que de sus pesuñas habían ido dejando sobre la hierba tierna.

 

93 (102)                 De este modo están las cosas todas dotadas de hálito y de olores.

 

94 (105)                 que se nutre de mares de la sangre que corre en opuestas direcciones.

Allí se asienta en mayor grado lo que los hombres suelen llamar entendimiento

-porque el entendimiento es en los hombres la sangre de en torno al corazón-.

 

95 (132)                  Dichoso el que logró un tesoro de pensamientos divinos,

e infortunado aquel a quien tan sólo le interesa una oscura opinión sobre los dioses.

 

96 (134)                   No es factible acercarlo a nuestros ojos

ni tomarlo en nuestras manos –allí donde es más ancha

la vía de la persuasión que desemboca en la inteligencia de los hombres.

 

97 (134)                  Y es que ni a sus miembros los corona una cabeza humana

ni se alzan dos ramas de su espalda,

ni tiene pies, ni tiene rodillas, ni peludas vergüenzas,

sino que es sólo augusta, indescriptible inteligencia

que recorre el universo todo con pensamientos raudos.

 

98 (27a)                  No hay discordia ni lucha fatal entre sus miembros.

 

99 (129)                 Había entre ellos un varón de saber poco corriente,

que había logrado un inmenso caudal de pensamientos

y poseía el máximo dominio de los más varios conocimientos prácticos,

pus cuando desplegaba sus pensamientos todos,

5        fácilmente alcanzaba su mirada todas de cuantas cosas hay

en diez o incluso en veinte generaciones de hombres.

 

100 (110)            Pues si las fijas bajo tus densos pensamientos

y benévolamente las observas con solicitud inmaculada,

todas ellas te asistirán la vida entera

y otras muchas obtendrás gracias a ellas, pues hacen crecer

5 a cada una en el carácter, según la hechura de cada una.

Mas si tú anhelas otras cosas de las que entre los hombres

hay a millares, vilezas que embotan las meditaciones,

ten a seguro que a prisa te abandonarán con el curso del tiempo,

porque añoran retornar al origen que les es propio.

10 Ten pues presente que todas las cosas poseen inteligencia y la debida parte de cordura.

 

101 (111)            Cuantos remedios hay contra los males y un refugio contra la vejez

vas a aprenderlos, pues sólo para ti daré término a todo esto.

Harás cesar la furia de los vientos incansables que por cima de la tierra

Se abaten y arruinan con sus soplos los sembrados.

5 Y a tu vez, si lo deseas, suscitarás compensadoras brisas

y dispondrás tras la lúgubre lluvia un tiempo seco bienvenido

para los hombres, y dispondrás también, después de la sequía veraniega,

fluidos que moran en el éter, alimento de árboles,

y sacarás del Hades el vigor de un varón fallecido.

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Himnos a La Noche (Novalis)

octubre 18, 2009 1 comentario

Himnos a la Noche

Novalis

Hymnen an die Nacht, © 1797-1800. Traducción y notas de Eduardo Barjau (Editora Nacional, Madrid), en Himnos a la Noche – Enrique de Ofterdingen, obras de Novalis, Historia Universal de la literatura 93, Hyspamerica – Ediciones Orbis S. A., 1982.

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Contrastando con el carácter transparente, específicamente popular de la lírica romántica alemana, aparecen estrenando siglo, en 1800, los Himnos a la Noche de Novalis, versos filosóficos, místicos, obscuros como la noche, su destinataria. Aunque están espiritualmente emparentados con los Versos nocturnos de Young y las Noches lúgubres de Cadalso, superan a ambos en profundidad y en perfección. Los seis poemas de que se componen los Himnos… son la única obra consumada de Novalis, el malogrado poeta desaparecido en plena juventud por la galopante enfermedad romántica: la tuberculosis. Sería esta enfermedad también la causante de la muerte de su amada, la casi niña todavía Sophie von Kühn, la musa del poeta, la Luz de la Noche, la redentora, con Cristo, de la muerte.

Un crítico contemporáneo alemán ha calificado acertadamente los Himnos… de Novalis de «mística protestante adogmática de marcada afinidad con el catolicismo». Los Himnos… se caracterizan por el marcado lirismo –que nos recuerda a Hölderlin–, el intencionado antirracionalismo, el misterio y la tenebrosa ambientación que los envuelve.

Unos meses después de la muerte de Sophie, escribe Novalis en su Diario: «Empecé a leer a Shakespeare, me adentré en su lectura. Al atardecer me fui con Sophie. Entonces experimenté una felicidad indecible, momentos de entusiasmo como relámpagos. Vi como la tumba se convertía ante mí en una nube de polvo, siglos como momentos –sentía la proximidad de ella–, me parecía que iba a aparecer de un momento a otro».

Esta vivencia visionaria del poeta está fechada el 13 de Mayo de 1797. Y pudiera ser el punto de partida de ese largo proceso creativo que duró más de dos años. Pretender limitar los Himnos… de Novalis a lo estrictamente autobiográfico sería descender de lo universal a lo anecdótico. La vivencia amorosa y la experiencia religiosa personal cobran a través de los versos novalianos, vigencia universal y humana.

En el ciclo completo de los seis Himnos… reúne el poeta-filósofo lo fundamental de su sistema: la ascensión del Universo a Dios; la reacción antiilustrada de su tiempo, el enfrentamiento Noche-Luz, razón-sentimiento: a través de la noche y del sentimiento el hombre puede acceder a todo, al Más Allá, al Absoluto.

Aunque el primer himno comienza con un canto a la Luz, aliento de la Naturaleza entera –de la animada y de la inanimada–, el hombre –el eterno forastero– será adscripto al reino de la Noche, que simboliza la nostalgia de la criatura por la Luz. Estos símbolos universales y antagónicos: Luz-tinieblas, día-noche, celestial-terrenal, vida-muerte, recorren desde el principio hasta el final los “Himnos a la Noche” de Novalis.

La Noche cobra importancia frente a la Luz porque servirá de mediadora y descubridora de su amada, «dulce Sol de la Noche». El tercer himno preludia la unión mística y viene a reproducir la vivencia anotada en el Diario y que constituye la parte central del conjunto poético. La síntesis entre la Luz y la Noche se opera en el cuarto himno, en ese monte simbólico y bíblico de la transfiguración en el que el hombre «construye cabañas de paz» y que le sirve de caballo entre las dos vertientes que configura.

En el quinto –el más extenso de todos–, se opera un cambio de perspectiva, una interrupción en la «narración» de los acontecimientos: el poeta se recrea contándonos la historia de la humanidad, del mundo órfico de los antiguos, de aquellos pueblos que «veneraban con fervor infantil la tierna llama… como lo supremo del mundo».

Pero serán redimidos por el «Hijo de la primera Virgen y Madre» y conducidos con sus dioses al reino de la Noche, «el gran seno de la Revelación».

Se puede presentir el final feliz de la obra, que consistirá en la unión definitiva con Cristo y con Sophie:

 

Bajemos a encontrar la dulce Amada,

a Jesús, el amado, descendamos.

No temáis ya; el crepúsculo florece

para todos los que aman, para los afligidos.

 

 

1

 

¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,

por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,

a la que todo lo alegra, la Luz

–con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,

cuando ella es el alba que despunta?

Como el más profundo aliento de la vida

la respira el mundo gigantesco de los astros,

que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,

la respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,

la respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,

y el salvaje y ardiente animal multiforme,

pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,

de ojos pensativos y andar flotante,

de labios dulcemente cerrados y llenos de música.

Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,

la Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,

ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.

Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo.

 

Pero me vuelvo hacia el valle,

a la sacra, indecible, misteriosa Noche.

Lejos yace el mundo –sumido en una profunda gruta–

desierta y solitaria es su estancia.

Por las cuerdas del pecho sopla profunda tristeza.

En gotas de rocío quiero hundirme y mezclarme con la ceniza.

–Lejanías del recuerdo, deseos de la juventud, sueños de la niñez,

breves alegrías de una larga vida,

vanas esperanzas se acercan en grises ropajes,

como niebla del atardecer tras la puesta del Sol–.

En otros espacios abrió la Luz sus bulliciosas tiendas.

¿No tenía que volver con sus hijos,

con los que esperaban su retorno con la fe de la inocencia?

 

¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota

en el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía?

¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura?

¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?

Un bálsamo precioso destila de tu mano,

como de un haz de adormideras.

Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu.

Obscuramente, inefablemente nos sentimos movidos

–alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave,

un rostro que dulce y piadoso se inclina hacia mí,

y, entre la infinita maraña de sus rizos,

reconozco la dulce juventud de la Madre–.

¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!

¡Qué alegre y bendita la despedida del día!

Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,

por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,

para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.

Más celestes que aquellas centelleantes estrellas

nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.

Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos

–sin necesitar la Luz,

ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–

y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.

Gloria a la Reina del mundo,

a la gran anunciadora de Universos sagrados,

a la tuteladora del Amor dichoso

–ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche–

ahora permanezco despierto

–porque soy Tuyo y soy Mío *

 

* _ Al reconocer su pertenencia a la Noche, el poeta cobra conciencia de la plena posesión de sí mismo.

 

tú me has anunciado la Noche: ella es ahora mi vida

–tú me has hecho hombre–

que el ardor del espíritu devore mi cuerpo,

que, convertido en aire, me una y me disuelva contigo íntimamente

y así va a ser eterna nuestra Noche de bodas.

 

 

2

 

¿Tiene que volver siempre la mañana?

¿No acabará jamás el poder de la Tierra?

Siniestra agitación devora las alas de la Noche que llega.

¿No va a arder jamás para siempre la víctima secreta del Amor?

Los días de la Luz están contados;

pero fuera del tiempo y del espacio está el imperio de la Noche.

–El Sueño dura eternamente. Sagrado Sueño.–

No escatimes la felicidad

a los que en esta jornada terrena se han consagrado a la Noche.

Solamente los locos te desconocen, y no saben del Sueño,

de esta sombra que tu, compasiva,

en aquel crepúsculo de la verdadera Noche

arrojas sobre nosotros.

Ellos no te sienten en las doradas aguas de las uvas,

en el maravilloso aceite del almendro

y en el pardo jugo de la adormidera.

Ellos no saben que tú eres

la que envuelves los pechos de la tierna muchacha

y conviertes su seno en un cielo,

ellos ni barruntan siquiera

que tú,

viniendo de antiguas historias,

sales a nuestro encuentro abriéndonos el Cielo

y trayendo la llave de las moradas de los bienaventurados,

de los silenciosos mensajeros de infinitos misterios.

 

 

3

 

Antaño,

cuando yo derramaba amargas lágrimas;

cuando, disuelto en dolor, se desvanecía mi esperanza;

cuando estaba en la estéril colina,

que, en angosto y obscuro lugar albergaba la imagen de mí

–solo, como jamás estuvo nunca un solitario,

hostigado por un miedo indecible–

sin fuerzas, pensamiento de la miseria sólo.

Cuando entonces buscaba auxilio por un lado y por otro

–avanzar no podía, retroceder tampoco–

y un anhelo infinito me ataba a la vida apagada que huía:

entonces, de horizontes lejanos azules

–de las cimas de mi antigua beatitud–,

llegó un escalofrío de crepúsculo,

y, de repente, se rompió el vínculo del nacimiento,

se rompieron las cadenas de la Luz.

Huyó la maravilla de la Tierra, y huyó con ella mi tristeza

–la melancolía se fundió en un mundo nuevo, insondable

ebriedad de la Noche, Sueño del Cielo–,

tú viniste sobre mí

el paisaje se fue levantando dulcemente;

sobre el paisaje, suspendido en el aire, flotaba mi espíritu,

libre de ataduras, nacido de nuevo.

En nube de polvo se convirtió la colina,

a través de la nube vi los rasgos glorificados de la Amada

–en sus ojos descansaba la eternidad–.

Cogí sus manos. y las lágrimas se hicieron un vínculo

centelleante, indestructible.

Pasaron milenios huyendo a la lejanía, como huracanes.

Apoyado en su hombro lloré;

lloré lágrimas de encanto para la nueva vida.

–Fue el primero, el único Sueño.–

Y desde entonces,

desde entonces sólo,

siento una fe eterna. una inmutable confianza en el Cielo de la Noche,

y en la Luz de este Cielo: la Amada.

 

 

4

 

Ahora sé cuándo será la última mañana

–cuándo la Luz dejará de ahuyentar la Noche y el Amor–

cuándo el sueño será eterno y será solamente Una Visión inagotable,

un Sueño.

Celeste cansancio siento en mí:

larga y fatigosa fue mi peregrinación al Santo Sepulcro, pesada, la cruz.

La ola cristalina,

al sentido ordinario imperceptible,

brota en el obscuro seno de la colina,

a sus pies rompe la terrestre corriente,

quien ha gustado de ella,

quien ha estado en el monte que separa los dos reinos

y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo, a la morada de la Noche

–en verdad–, éste ya no regresa a la agitación del mundo,

al país en el que anida la Luz en eterna inquietud.

 

Arriba se construyen cabañas, cabañas de paz *,

 

* _ Alusión al texto evangélico que narra la transfiguración de Jesús (Luc. IX, 33: «Levantemos tres tiendas…»)

 

anhela y ama, mira al otro lado,

hasta que la más esperada de todas las horas le hace descender

y le lleva al lugar donde mana la fuente,

sobre él flota lo terreno *,

 

* _ Ver Enrique de Ofterdingen, capítulo 6: «“¿Dónde está el río?”, gritó (Enrique) entre sollozos. “Aquí, encima de nosotros, ¿no ves sus ondas azules?” Enrique levantó la vista y vio cómo el río azul discurría silencioso sobre su cabeza.»

 

las tormentas lo llevan de nuevo a la cumbre,

pero lo que el toque del Amor santificó

fluye disuelto por ocultas galerías,

al reino del más allá,

donde, como perfumes,

se mezcla con los amados que duermen en lo eterno.

 

Todavía despiertas,

viva Luz,

al cansado y le llamas al trabajo

–me infundes alegre vida–

pero tu seducción no es capaz de sacarme

del musgoso monumento del recuerdo.

Con placer moveré mis manos laboriosas,

miraré a todas partes adonde tú me llames

–glorificaré la gran magnificencia de tu brillo–,

iré en pos, incansable, del hermoso entramado de tus obras de arte

–contemplaré la sabia andadura de tu inmenso y luciente reloj–,

escudriñaré el equilibrio de las fuerzas

que rigen el maravilloso juego de los espacios, innúmeros, con sus tiempos.

Pero mi corazón, en secreto,

permanece fiel a la Noche,

y fiel a su hijo, el Amor creador.

¿Puedes tú ofrecerme un corazón eternamente fiel?

¿Tiene tu Sol ojos amorosos que me reconozcan?

¿Puede mi mano ansiosa alcanzar tus estrellas?

¿Me van a devolver ellas el tierno apretón y una palabra amable?

¿Eres tu quien la ha adornado con colores y un leve contorno,

o fue Ella la que ha dado a tus galas un sentido más alto y más dulce?

¿Qué deleite, qué placer ofrece tu Vida

que suscite y levante los éxtasis de la muerte?

¿No lleva todo lo que nos entusiasma el color de la Noche?

Ella te lleva a ti como una madre y tú le debes a ella todo tu esplendor.

Tú te hubieras disuelto en ti misma,

te hubieras evaporado en los espacios infinitos,

si ella no te hubiera sostenido,

no te hubiera ceñido con sus lazos para que naciera en ti el calor

y para que, con tus llamas, engendraras el mundo.

En verdad, yo existía antes de que tú existieras,

la Madre me mandó, con mis hermanos,

a que poblara el mundo,

a que lo santificara por el Amor,

para que el Universo se convirtiera

en un monumento de eterna contemplación

–me mandó a que plantara en él flores inmarcesibles–.

Pero aún no maduraron estos divinos pensamientos.

–Son pocas todavía las huellas de nuestra revelación.–

Un día tu reloj marcará el fin de los tiempos,

cuando tú seas una como nosotros,

y, desbordante de anhelo y de fervor,

te apagues y te mueras.

En mí siento llegar el fin de tu agitación

–celeste libertad, bienaventurado regreso–.

Mis terribles dolores me hacen ver que estás lejos todavía de nuestra patria;

veo que te resistes al Cielo, magnífico y antiguo.

Pero es inútil tu furia y tu delirio.

He aquí, levantada, la Cruz, la Cruz que jamás arderá

–victorioso estandarte de nuestro linaje–.

 

Camino al otro lado,

y sé que cada pena

va a ser el aguijón

de un placer infinito.

Todavía algún tiempo,

y seré liberado,

yaceré embriagado

en brazos del Amor.

La vida infinita

bulle dentro de mí:

de lo alto yo miro,

me asomo hacia ti.

En aquella colina

tu brillo palidece,

y una sombra te ofrece

una fresca corona.

¡Oh, Bienamada, aspira

mi ser todo hacia ti;

así podré amar,

así podré morir.

Ya siento de la muerte

olas de juventud:

en bálsamo y en éter

mi sangre se convierte.

Vivo durante el día

lleno de fe y de valor,

y por la Noche muero

presa de un santo ardor.

 

 

5

 

Sobre los amplios linajes del hombre reinaba,

hace siglos, con mudo poder,

un destino de hierro:

Pesada, obscura venda envolvía su alma temerosa.

La tierra era infinita, morada y patria de los dioses.

Desde la eternidad estuvo en pie su misteriosa arquitectura.

Sobre los rojos montes de Oriente, en el sagrado seno de la mar,

moraba el Sol, la Luz viva que todo lo inflama.

Un viejo gigante * llevaba en sus hombros el mundo feliz.

 

* _ Alusión al mito de Atlas.

 

Encerrados bajo las montañas yacían los hijos primeros de la madre Tierra.

Impotentes en su furor destructor contra la nueva y magnífica estirpe de Dios

y la de sus allegados, los hombres alegres.

La sima obscura y verde del mar, el seno de una diosa.

En las grutas cristalinas retozaba un pueblo próspero y feliz.

Ríos y árboles, animales y flores tenían sentido humano.

Dulce era el vino, servido por la plenitud visible de los jóvenes,

un dios en las uvas,

una diosa, amante y maternal,

creciendo hacia el cielo en plenitud y el oro de la espiga,

la sagrada ebriedad del Amor, un dulce culto a la más bella de las diosas,

eterna, polícroma fiesta de los hijos del cielo y de los moradores de la Tierra,

pasaba, rumorosa, la vida,

como una primavera, a través de los siglos.

Todas las generaciones veneraban con fervor infantil la tierna llama,

la llama de mil formas, como lo supremo del mundo.

Un pensamiento sólo fue, una espantosa imagen vista en sueños.

 

Terrible se acercó a la alegre mesa,

y envolvió el alma en salvaje pavor;

ni los dioses supieron consolar

el pecho acongojado de tristeza.

Por sendas misteriosas llegó el Mal;

a su furor fue inútil toda súplica,

Era la muerte, que el bello festín

interrumpía con dolor y lágrimas.

 

Entonces, separado para siempre

de lo que alegra aquí el corazón,

lejos de los amigos, que en la Tierra

sufren nostalgia y dolores sin fin,

parecía que el muerto conocía

sólo un pesado sueño, una lucha impotente.

La ola de la alegría se rompió

contra la roca de un tedio infinito.

 

Espíritu osado y ardiente sentido,

el hombre embelleció la horrible larva;

un tierno adolescente apaga la Luz y duerme,

dulce Tierra, como viento en el arpa,

el recuerdo se funde en los ríos de sombra,

la poesía cantó así nuestra triste pobreza,

pero quedaba el misterio de la Noche eterna,

el grave signo de un poder lejano.

 

A su fin se inclinaba el viejo mundo.

Se marchitaba el jardín de delicias de la joven estirpe

–arriba, al libre espacio, al espacio desierto, aspiraban los hombres subir,

los que ya no eran niños, los que iban creciendo hacia su edad madura.

Huyeron los dioses, con todo su séquito.

Sola y sin vida estaba la Naturaleza.

Con cadena de hierro ató el árido número y la exacta medida.

Como en polvo y en brisas se deshizo

en obscuras palabras la inmensa floración de la vida.

Había huido la fe que conjura y la compañera de los dioses,

la que todo lo muda, la que todo lo hermana:

la Fantasía.

Frío y hostil soplaba un viento del Norte sobre el campo aterido,

y el país del ensueño, la patria entumecida por el frío, se levantó hacia el éter.

Las lejanías del cielo se llenaron de mundos de Luz.

Al profundo santuario, a los altos espacios del espíritu,

se retiró con sus fuerzas el alma del mundo,

para reinar allí hasta que despuntara la aurora de la gloria del mundo.

La Luz ya no fue más la mansión de los dioses,

con el velo de la Noche se cubrieron.

Y la Noche fue el gran seno de la revelación,

a él regresaron los dioses, en él se durmieron,

para resurgir, en nuevas y magníficas figuras, ante el mundo transfigurado.

En el pueblo, despreciado por todos, madurado temprano,

extraño tercamente a la beata inocencia de su juventud,

apareció, con rostro nunca visto, el mundo nuevo

–en la poética cueva de la pobreza–.

Un Hijo de la primera Virgen y Madre,

de un misterioso abrazo el infinito fruto.

Rico en flor y en presagios, el saber de Oriente

reconoció el primero el comienzo de los nuevos tiempos.

Una estrella le señaló el camino que llevaba a la humilde cuna del Rey.

En nombre del Gran Futuro le rindieron vasallaje:

esplendor y perfume, maravillas supremas de la Naturaleza.

Solitario, el corazón celestial se desplegó en un cáliz de omnipotente Amor,

vuelto su rostro al gran rostro del Padre,

recostado en el pecho, rico en presagios y dulces esperanzas, de la Madre

amorosamente grave.

Con ardor que diviniza,

los proféticos ojos del Niño en flor

contemplaban los días futuros;  miraba

a sus amados, los retoños de su estirpe divina,

sin temer por el destino terrestre de sus días.

Muy pronto, extrañamente conmovidos por un íntimo Amor,

se reunieron en torno a él los espíritus ingenuos y sencillos.

Como flores,

germinaba una nueva y extraña vida a la vera del Niño.

Insondables palabras, el más alegre de los mensajes, caían,

como centellas de un espíritu divino, de sus labios amables.

De costas lejanas,

bajo el cielo sereno y alegre de Héllade

llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón entero al Niño del Milagro:

 

Tú eres el adolescente que desde hace tiempo

estás pensando, sobre nuestras tumbas:

un signo de consuelo en las tinieblas

–alegre comenzar de un nuevo hombre–.

Lo que nos hunde en profunda tristeza

en un dulce anhelar se nos lleva:

la Muerte nos anuncia eterna Vida,

Tú eres la Muerte, y sólo Tú nos salvas.

 

Lleno de alegría,

partió el cantor hacia Indostán

–ebrio su corazón de dulce Amor–;

y esparció la noticia con ardientes canciones bajo aquel dulce cielo,

y miles de corazones se inclinaron hacia él,

y el alegre mensaje en mil ramas creció.

El cantor se marchó,

y la vida preciosa fue víctima pronto de la honda caída del hombre.

Murió en sus años mozos,

arrancado del mundo que amaba,

de su madre, llorosa, y los amigos, medroso.

El negro cáliz de indecibles dolores

tuvieron que apurar sus labios amorosos.

Entre angustias terribles llegaba la hora del parto del mundo nuevo.

Libró duro combate con el espanto de la vieja muerte,

–grande era el peso del viejo mundo sobre él–.

Una vez más volvió a mirar a su madre con afecto

–y llegó entonces la mano que libera,

la dulce mano del eterno Amor–,

y se durmió en la eternidad.

Por unos días, unos pocos tan sólo,

cayó un profundo velo sobre el mar rugiente y la convulsa Tierra

–mil lágrimas lloraron los amados–,

cayó el sello del misterio

–espíritus celestes levantaron la piedra,

la vieja losa de la obscura tumba–.

Junto al durmiente

–moldeados dulcemente por sus sueños–

estaban sentados ángeles.

En nuevo esplendor divino despertado

ascendió a las alturas de aquel mundo nacido de nuevo,

con sus propias manos sepultó el viejo cadáver en la huesa que había abandonado

y, con mano omnipotente, colocó sobre ella una losa que ningún poder levanta.

 

Tus amados aún lloran lágrimas de alegría, lágrimas de emoción, de gratitud infinita,

junto a tu sepulcro –sobrecogidos de alegría, te ven aún resucitar–

y se ven a sí mismos resucitar contigo;

te ven llorar, con dulce fervor, en el pecho feliz de la Madre;

pasear, grave, con los amigos;

decir palabras que parecen arrancadas del Árbol de la Vida;

te ven correr anhelante a los brazos del Padre,

llevando contigo la nueva Humanidad,

el cáliz inagotable del dorado Futuro.

La Madre corrió pronto hacia ti –en triunfo celeste–.

Ella fue la primera que estuvo contigo en la nueva patria.

Largo tiempo transcurrió desde entonces,

y en creciente esplendor se agitó tu nueva creación

–y miles de hombres siguieron tus pasos:

dolores y angustias, la fe y la añoranza les llevaron confiados tras ti–

contigo y la Virgen celeste caminan por el reino del Amor

–servidores del templo de la muerte divina, tuyos para la Eternidad–.

 

Se levantó la losa.

–Resucitó la Humanidad.–

Tuyos por siempre somos,

no sentimos ya lazos.

Huye la amarga pena

ante el cáliz de Oro,

Vida y Tierra cedieron

en la última Cena.

 

La muerte llama a bodas.

–Con Luz arden las lámparas.–

Las vírgenes ya esperan

–no va a faltar aceite–.

Resuene el horizonte

del cortejo que llega,

nos hablen las estrellas

con voz y acento humanos.

 

A ti, mil corazones,

María, se levantan.

En esta vida en sombras

te buscan sólo a ti.

La salud de ti esperan

con gozo y esperanza,

si tú, Santa María,

a tu pecho les llevas.

 

Cuántos se consumieron

en amargos tormentos,

y, huyendo de este mundo,

volvieron hacia ti,

Ellos son nuestro auxilio

en penas y amarguras,

vamos ahora a ellos,

para ser allí eternos.

 

Nadie que crea y ame

llorará ante una tumba:

el Amor, dulce bien,

nadie le robará.

–Su nostalgia mitiga

la ebriedad de la Noche.–

Fieles hijos del Cielo

velan su corazón.

 

Con tal consuelo avanza

la vida hacia lo eterno;

un fuego interno ensancha

y da Luz a nuestra alma;

una lluvia de estrellas

se hace vino de vida,

beberemos e él

y seremos estrellas.

 

El Amor se prodiga:

ya no hay separación.

La vida, llena, ondea

como un mar infinito;

una Noche de gozo

–un eterno poema–

y el Sol, el Sol de todos,

será el rostro de Dios.

 

 

6 – Nostalgia de la muerte

 

Descendamos al seno de la Tierra,

dejemos los imperios de la Luz;

el golpe y el furor de los dolores

son la alegre señal de la partida.

Veloces, en angosta embarcación,

a la orilla del Cielo llegaremos.

 

Loada sea la Noche eterna;

sea loado el Sueño sin fin.

El día, con su Sol, nos calentó,

una larga aflicción nos marchitó.

Dejó ya de atraernos lo lejano,

queremos ir a la casa del Padre.

 

¿Qué haremos, pues, en este mundo,

llenos de Amor y de fidelidad?

El hombre abandonó todo lo viejo;

ahora va a estar solo y afligido.

Quien amó con piedad el mundo pasado

no sabrá ya qué hacer en este mundo.

 

Los tiempos en que aún nuestros sentidos

ardían luminosos como llamas;

los tiempos en que el hombre conocía

el rostro y la mano de su padre;

en que algunos, sencillos y profundos,

conservaban la impronta de la Imagen.

 

Los tiempos en que aún, ricos en flores,

resplandecían antiguos linajes;

los tiempos en que niños, por el Cielo,

buscaban los tormentos y la muerte;

y aunque reinara también la alegría,

algún corazón se rompía de Amor.

 

Tiempos en que, en ardor de juventud,

el mismo Dios se revelaba al hombre

y consagraba con Amor y arrojo

su dulce vida a una temprana muerte,

sin rechazar angustias y dolores,

tan sólo por estar a nuestro lado.

 

Medrosos y nostálgicos los vemos,

velados por las sombras de la Noche;

jamás en este mundo temporal

se calmará la sed que nos abrasa.

Debemos regresar a nuestra patria,

allí encontraremos este bendito tiempo.

 

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?

Los amados descansan hace tiempo.

En su tumba termina nuestra vida;

miedo y dolor invaden nuestra alma.

Ya no tenemos nada que buscar

–harto está el corazón–, vacío el mundo.

 

De un modo misterioso e infinito,

un dulce escalofrío nos anega,

como si de profundas lejanías

llegara el eco de nuestra tristeza:

¿Será que los amados nos recuerdan

y nos mandan su aliento de añoranza?

 

Bajemos a encontrar la dulce Amada,

a Jesús, el Amado, descendamos.

No temáis ya: el crepúsculo florece

para todos los que aman, para los afligidos.

Un sueño rompe nuestras ataduras

y nos sumerge en el seno del Padre.

 

 

Anexo 1: Dos versiones alternativas del Himno 1

En: http://usuarios.lycos.es/domiarmo/index-111.html

 

Versión 1

 

¿Qué mortal

dotado de sensibilidad

no amará, entre tantas

manifestaciones prodigiosas

del ámbito en torno suyo,

la luz placentera

con sus rayos y ondas,

sus colores,

su suave omnipresencia

en el día?

Como la más íntima

substancia de la vida

alienta por ella el mundo inmenso

de las constelaciones sin reposo

flotando en su mar azul,

por ella alienta la piedra fúlgida,

la planta silenciosa,

y la fuerza,

en continuo movimiento y en multitud

de formas modelada, de los animales;

por ella alientan

nubes y aires multicolores

y sobre todo

esos extraños sin par

de mirada sensual,

de paso elástico

y labios sonoros.

Como rey

telúrico

cada impulso la conjura

en innumerables mutaciones

y con sólo su presencia

se manifiesta la grandeza

de su imperio terrenal.

Me dirijo hacia abajo,

a la Noche misteriosa,

sagrada e inefable;

en lontananza yace el mundo

como encimado en una profunda fosa,

¡cuán yermo y solitario

está su emplazamiento!

Honda melancolía

vibra en las cuerdas del pecho;

lejanías del recuerdo,

deseos de juventud,

sueños de la niñez,

alegrías fugaces

de toda una vida

y vanas esperanzas

se presentan en vestiduras grises

como niebla vespertina

después de ponerse

el Sol.

En lontananza yace el mundo

con sus goces múltiples.

En otros espacios

tendió la luz

su toldo festivo.

¿No tornará jamás

a sus fieles hijos,

a sus jardines,

a su morada suntuosa?

Pero, ¿qué brota

tan fresco y delicioso,

tan lleno de presentimientos

en pos del corazón

y se traga auras

de melancolía?

¿Tienes también tú,

oh fuerza tenebrosa,

corazón humano?

¿Qué ocultas

bajo tu manto

que tan invisible y poderosamente

me penetra el alma?

Sólo en apariencia eres horrible;

bálsamo delicioso

gotea de tu mano,

del hato de amapolas.

en dulce embriaguez

abre las pesadas alas del ánimo.

Y nos ofrendas alegrías

obscuras e indecibles,

misteriosas, como tú misma,

alegrías que nos

dejan entrever un paraíso.

¡Cuán pobre y pueril

se me antoja la luz

con sus múltiples elementos,

cuán alegre y bendito

el adiós a la tarde!

Y sólo porque

la Noche te aparte de los siervos,

sembraste

en los confines del espacio

esferas luminosas

para anunciar tu omnipotencia,

y retorno,

en tiempos de tu alejamiento.

Más sublime que aquellas estrellas rutilantes

en ese mismo ámbito

nos parecen los ojos inmensos

que la Noche

abrió en nosotros.

Miran más allá

que los más pálidos

de aquellos incontables ejércitos;

innecesitados de luz,

traspasan las profundidades

de un alma enamorada,

llenando un espacio superior

de voluptuosidad indescriptible.

Dádiva de la reina del universo,

de la gran profetisa

de un mundo sagrado,

de la guarda

de un amor bienaventurado.

Amada, llegas

 –la Noche ha venido ya–

se ha consumado el día,

mi alma está enajenada,

y tú eres otra vez mía.

Estoy mirándote en esos profundos ojos negros,

no veo otra cosa que amor y dicha.

Nos hundimos en el altar de la Noche,

en el tálamo mullido

caen los ropajes;

y encendidos por la cálida tensión,

se alza el fuego puro

de una dulce inmolación.

 

Versión 2

 

Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama por encima de todas las maravillas del espacio circundante, a la Luz jubilosa, con sus colores, sus rayos y sus ondas, dulce omnipresencia al despuntar el alba? Como alma íntima y vital la respira el mundo gigantesco de los astros que flotan, en incesante danza, por su fluido azul, la respira la piedra centelleante y en eterno reposo, la respira la planta, meditativa, que sorbe la savia de la Tierra, y el salvaje animal, ardiente y multiforme, pero antes que todos ellos, la respira el egregio extranjero, de ojos pensativos y labios suavemente cerrados y llenos de sonidos. Como un rey de la naturaleza terrestre, la Luz convoca todas las fuerzas a cambios innúmeros, crea y destruye infinitas ataduras, envuelve a todos los seres de la Tierra en su aureola celestial, con su sola presencia revela el esplendor de los reinos de este mundo.

Dejándola atrás me dirijo hacia la sagrada, inefable y misteriosa Noche. Lejos yace el mundo –sumido en honda cripta– desierto y solitario es el lugar. Una profunda melancolía vibra por las cuerdas del pecho. Quiero descender en gotas de rocío y mezclarme con la ceniza. Lejanías del recuerdo, deseos de juventud, sueños de la infancia, breves alegrías y vanas esperanzas de una larga vida acuden cubiertas de grises ropajes, como niebla del ocaso a la puesta del Sol. En otros espacios ha levantado la Luz sus alegres tiendas. ¿No regresará al lado de sus hijos que esperan su retorno con la fe de la inocencia?

¿Qué es lo que de forma repentina surge del fondo del corazón y sorbe el aire suave dela melancolía? ¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura? ¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que con fuerza invisible me penetra el alma? Un preciado bálsamo destila de tu mano, como si fuera un atado de amapolas. Tú haces que se levanten las pesadas alas del desánimo. Una obscura e inefable emoción nos invade –alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave, un rostro que dulce y reverente se inclina hacia mí, y entre la interminable maraña de sus rizos, aparece la amorosa juventud de la Madre. ¡Qué pobre y pueril aparece ahora la Luz! ¡Qué alegre y bendita la despedida del día! Sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores, sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas que pregonan tu omnipotencia –tu retorno– mientras dure tu alejamiento. Más celestiales que aquellas brillantes estrellas nos parecen los ojos infinitos que la Noche abrió en nosotros. Más lejos ven ellos que los pálidos ojos de aquellas incontables legiones sin necesitar la luz, sus ojos atraviesan la profundidad del alma enamorada llenando de indecible deleite un espacio más alto. Gloria a la reina del mundo, la gran mensajera de universos sagrados, la protectora del amor dichoso –ella te envía hasta mí, mi tierna Amada– adorado Sol de la Noche –ahora permanezco despierto– porque soy tuyo y soy mío a la vez –tú me has anunciado que la Noche es vida: tú me has hecho hombre– mi cuerpo se consume en ardor espiritual, y convertido en aire, que a ti me una y que íntimamente me disuelva, y eterna será nuestra noche de bodas.

 

 

Anexo 2: Novalis “está a ojos abiertos al suceder del cielo”

En: verbigracia ideas artes letras Nº 44 Año III, 14 de Marzo del 2000.

En: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N92/ensayo.htm

 

Cesar Seco hace ver al poeta en su alumbramiento.

El nombre de Novalis se erige como una suerte de paradigma en el que realidad y fantasía son inseparables. En sus Himnos a la Noche César Seco se topa con la clave para acceder desde el “vacío país de la obscuridad donde ‘todo sobrenada’ al país del alumbramiento. Amanecer delante de la Noche” y abrazar “vida y muerte en una sola mirada”. El encuentro con el poeta alemán estuvo signado por el destino: “No tuve dudas: una voluntad actuaba y me sumergía en la lectura de Novalis.”

 

A Ramón Miranda y Wolfgang Garvett

 

Luego de un inicial interés, aplazado durante años, en buen momento me sumerjo en la lectura de Novalis. Un amigo tenía en su Völskswagen un pequeño libro de cubierta obscura. El vio de inmediato cómo mis ojos se fueron hacia el ejemplar que estaba entre los dos asientos delanteros. No tuvo reparo en colocarlo en mis manos, no sin antes hacer un ademán de niño que lo separan de algo muy querido. Esto ocurrió en medio de un silencio venerable. Sabemos que Novalis fue un poeta despierto al sueño. Mi amigo es un insomne.

Mi primer encuentro con Novalis ocurrió cuando hacía de asistente en la biblioteca pública de mi ciudad solar. Cierta mañana ordenaba una ruma de libros y me topé con los cuentos de Herman Hesse. Al abrir el libro fui a dar a las páginas de un cuento titulado “Edmund“. Cuenta éste la historia de un joven “capacitado y de buena familia”, que por varios años fue discípulo de un respetable profesor. El relato da cuenta de los infinitos poderes de la mente y de las resoluciones imprevisibles del sentido. La experiencia entre el maestro y su discípulo va del secreto poder de las palabras de un oráculo y su discernimiento, a la refutación mutua de los posibles significados, y de aquí, a una práctica de yoga que nos conduce a un inusitado y sorprendente final. El relato intercala otra anécdota no menos interesante que la primera. Una anécdota que trata de “aquel joven profesor adjunto de Marburgo que se propuso narrar la vida y la muerte del piadoso poeta Novalis. Se sabe cómo este poeta tomó la decisión, al fallecer su prometida, de seguirla en la muerte; para ello, como auténtico creyente que era, no apeló a medios mecánicos como el veneno o el arma de fuego, sino que se encaminó hasta su meta con medios puramente psíquicos y mágicos, llegando a morir precozmente. El adjunto se dejó fascinar por el hechizo de aquella vida y muerte singulares y sintió despertar en sí el deseo de seguir al poeta e imitarle en la muerte a través de un método de configuración e identificación espiritual. Lo que lo movió a ello no fue propiamente el hastío de la vida, sino más bien el ansia del milagro, es decir, de alcanzar el dominio de la vida corpórea mediante las fuerzas del alma”. La forma en que Hesse superpone las anécdotas es maestra. Puedo jurar que actuó en mí como pudo haberlo hecho en aquel joven adjunto de Marburgo. Supe que en algún momento la lectura de Novalis me sería propicia. Mi tercer encuentro con Novalis comienza aquí. Abro el libro de cubierta obscura y aparecen los Himnos a la Noche.

Tal como el poeta lo relata en su Diario, la escritura de los Himnos… la inicia un 13 de mayo de 1797, después de que regresara de visitar la tumba de su amada Sophia. Novalis dice que estando inclinado ante la lápida tuvo el presentimiento de que Sophia le hablaba desde el más allá. “La poesía diluye la existencia ajena en la propia”, anotó en sus Fragmentos, como si la suya sólo se cumpliera en el cuerpo de la escritura. La primera lectura de los Himnos… me llevó a un sueño meridiano del que desperté fatigado. Un vapor cálido parecía emanar de mi cabeza. Estaba despierto y nada recordaba. De pronto tuve la sensación de que una Luz mi cuerpo recorría. No podía explicarme por qué había en el cuarto tan extraño reflejo. Me levanté y vino a mi sentido el sueño que creí olvidar: una llama azul, algo así como un montoncito de Luz rebotaba incesante contra las paredes de una caja obscura. Todo comenzó a parecerme el cumplimiento de una voluntad exterior a la mía. Al promediar la tarde salí de casa. En cuestión de minutos tocaba a la puerta del apartamento de otro amigo, quien se apresuró en abrirme y me invitó a tomar asiento para leerme un cuento que acaba de terminar y que versaba sobre un hombre que por la dignidad de su vida, méritos simples y sencillos, llegó a parecer a los demás un santo. Curiosamente, mi amigo igualaba su personaje a una llamita humeante de incienso. Cuando terminó de leer, nos dirigimos a la mesa y fue cuando nuevamente ocurrió lo inesperado: íngrimo, sobre la pulida madera estaba el libro de Gastón Bachelard La llama de una vela. No tuve dudas: una voluntad actuaba y me sumergía en la lectura de Novalis. La vida siempre estará más allá de lo real y ocurrente. En este momento soy el que está solo, el que ve entrar la Luz dando pasos desde la puerta.

La entrada en los Himnos… nos hace ver al poeta en su alumbramiento. Está a ojos abiertos al suceder del cielo. Se desvela alrededor de la harina del poema:

 

Qué ser entre los vivos

dotado de sensibilidad

ante los cuadros prodigiosos

que el espacio le muestra

alrededor no ama

la gratísima Luz.

 

Luz que es ceguera para algunos y videncia para otros. Radiación áurea y aérea. Emanación de un espectro. Líquida, distinta y multiforme se nos da. Sobre todo, dice Novalis, a “el de boca grávida de música”, el poeta, aquel que se vuelve “hacia la misteriosa, inexpresable Noche sagrada”. Noche que para dejarse ver solicita su Alma. Obscura Noche ésta, siembra su poder “allá en la lejanía, en las radiantes esferas”. Pero, es aquí, en nuestro pobre cuerpo humano, en nuestro rostro, donde se espabila: “son los inmensos ojos que en nosotros abrió la Noche”. Esplendor y descalabro del espíritu, la Noche se transfigura en Amada, en Madre y en Muerte:

 

Te miro en tus ojos negros

y nada veo.

 

Bachelard dice: “Los seres del sueño, en Novalis, no existen sino cuando se les toca”. ¡Qué otra cosa estoy sintiendo! Toda la Noche vuelve a la Luz; Luz que es su muerte.

En el volver de la Luz la Noche aterriza. El poeta sabe que: “Adjudicada fue a la Luz su duración, igual que a la vigilia. Pero es intemporal el reino de la Noche y eterna es la duración del sueño”. La Noche se abisma y nos abisma, clara donde obscura es. Mujer abre su cielo al misterio. Elevación y caída súbita. Impacto de la muerte de la Amada: el corazón se desmigaja lento. región de lo fortuito. La muerte es la vida de los espectros que la Noche eleva: “Fluyó conmigo la melancolía en un mundo nuevo e insondable, tú éxtasis nocturno, somnolencia del cielo caíste sobre mí”. Noche alumbrada por el sueño: “la eterna inquebrantable fe en el cielo nocturno y en su Sol, que es la Amada”. No cejar de ver, ver lo otro, el arriba en el abajo y viceversa, esto nos pide la Noche cuando la poesía nos desvela. Nunca cierra los ojos ella, fragua siempre un nuevo país; otro lugar. Del vacío país de la obscuridad donde “todo sobrenada” accedemos al país del alumbramiento. Amanecer delante de la Noche. Ciertamente, vida y muerte en una sola mirada: “sobre la misma cima fronteriza del mundo”.

La Noche es una “inteligente marcha”, invita a ascender y descender: “sondearé con gusto dentro del equilibrio de las fuerzas y las reglas del juego, maravilloso juego, de los sinnúmeros espacios y de su tiempo innumerable”. Vislumbres del poeta, la Noche le hace consciente de lo oculto y lo revelado; Noche, arcana amante, voz de la poesía: “¿Acaso todo cuanto nos exalta no lo posee ya el color de la Noche?”; súbito del fantasma creador: “Es ella quien te guía como madre y es a ella a quien debes tu grandeza. En ti misma te disiparías desvaneciéndote en los espacios infinitos si no te contuviera y te atare para que te encendieses y al arder engendraras el mundo”. La rúbrica es de Dios y el poeta lo sabe: “Para otorgar sentido, un humano sentido a lo que tú creaste”. Al final de la Noche quien habla es la muerte: “Aspira amado, aspírame con fuerza”. A la Luz de la poesía es atribuible lo que María Zambrano tuvo por “visión de lo viviente, de lo que se enciende por sí mismo”.

Mis anotaciones van poblando el margen del libro y se conectan con los subrayados. Esta pasión contagiante me lleva a todo lo que un poeta es capaz de engendrar y decir. Llegamos a donde Novalis nos sugiere que la Noche en que la poesía al Todo dice, es la “Noche primordial”. Origen aquel de cuando “la Tierra era infinita y rica en joyas y milagros”. Edén de vuelta a los ojos del enamorado en la vigilia: “Sobre los azulados montes del amanecer… la vivaz y siempre esplendorosa Luz”. Jardín de oro donde “los ríos y los árboles poseían un sentimiento humano”. Vida entonces hecha de vida: “llama frágil y preciosa”. Noche tras el Alma, no deja de volar obscura en busca de la Luz. Placer y dolor de lo vivo en tránsito, angustia que la imaginación “transforma y fraterniza”. Noche vislumbrando el rostro invisible de Dios: “un santuario más hondo… un espacio superior del alma… rostro jamás visto, en la cabaña milagrosa de la pobreza”. Corazón chispeante, habla entonces el ángel del poeta: “Eres el joven que desde hace tiempo hondamente llora sobre nuestras tumbas”. Rostro transfigurado de Cristo: “La muerte reveló la vida eterna. Tú eres la muerte y tú nos curarás”. Caída del espíritu por la materia: “aquella preciosa vida víctima fue de la honda ruina humana”. Combustión del alma posible por la fe: “No llora de dolor sobre las tumbas quien amando cree”. Espíritu en su morada, fue: “para aplacar su ansiedad la Noche le enardece”. Fuego que devora y libera: “El amor es ya libre, ya no hay separación”. La vida ondea nuevamente, plenitud por conversión. El dolor se trueca en gozo; ascensión mística:

 

De una Noche de gozo

un eterno poema

que nuestro Sol reside

en el rostro de Dios.

 

Un salto doy desde los Himnos… al libro de Bachelard. Me basta con agregar una sola de sus afirmaciones y sosegar el calor de mis impresiones: “¡Con qué facilidad el soñador de mundo pasa de su vela a las grandes luminarias del cielo! Podemos llegar a sentirnos inspirados cuando en el curso de nuestras lecturas somos tocados por esta verdadera amplificación”. Así sea.

César Seco

 

 

César Seco es ensayista y poeta.

 

 

Anexo 3: Novalis y los Himnos a la Noche

Agulha – Revista de Cultura # 13/14 – fortaleza, são paulo – junho/julho de 2001

En: http://www.secrel.com.br/jpoesia/ag1314novalis.htm

 

Tal vez la temprana muerte de Friedrich von Hardenberg, el 25 de marzo de 1801, escasos días antes de cumplir los veintinueve años de edad, fue un paso decisivo en la construcción del mito romántico del poeta que en buena medida él ha pasado a representar. Hardenberg, quien ingresaría a la historia de la literatura con el seudónimo con el que firmó sus libros: Novalis, poseía tanto en su persona como en su incipiente obra las características que el espíritu de su época, y más exactamente la cultura alemana de ese momento, necesitaban para ofrecer una figura opuesta al razonado clasicismo de Goethe y la Enciclopedia francesa.

El siglo XVIII europeo finalizaba con una Ilustración que había desembocado en una Revolución Francesa que, bajo las armas de Napoleón Bonaparte, amenazaba en convertirse también en un vasto Imperio que se expandía casi por toda Europa, el norte de África y el Medio Oriente. Evidentemente más contemporáneos de tiempo que de circunstancia (Novalis nació en 1772 en Prusia y Napoleón en 1769 en Córcega), la precocidad militar de Napoleón y la literaria de Novalis convergieron, sin embargo, en un momento de la historia europea que admiró, con excesivo mérito, toda desmesura y las explosiones del genio individual. Para un hombre de la segunda mitad del siglo XVIII no había ya un punto de referencia confiable ni inmóvil. En todas las áreas de la actividad humana la constante parecía ser el descubrimiento de lo dinámico y de lo evolutivo. A pesar de todo, lo más próximo a ese punto de referencia había pasado a situarse en la naturaleza. Lo que provenía de la naturaleza se consideraba, hasta cierto punto, un orden sagrado pero caprichoso. Hay que recordar que, entre otras cosas, el siglo XVIII fue un siglo de grandes naturalistas y exploradores. En parte por los numerosos viajeros ilustrados que vivieron en él y que prácticamente recorrieron el planeta en sus travesías científicas, pero también por la curiosidad sin límites de la pujante y optimista burguesía que, armada con el nuevo instrumento del método científico, miraba con otros ojos las ciencias y las artes tradicionales. El siglo de las luces revisaba con ironía condescendiente las ancestrales tinieblas del misterio religioso.

Por esa misma época, las viejas rivalidades entre Francia y Alemania llegaban hasta el territorio de la literatura. La Ilustración francesa, como acabamos de esbozar, era antes que nada el optimismo de la razón frente a cualquier autoridad y muy especialmente frente a lo que hasta entonces se conocía como el derecho divino. La nación moderna que había surgido con la revolución francesa había pasado de ser una sociedad de sangres a una de ciudadanos. La jerarquía del mérito desplazaba a la de la cuna; la autoridad del intelecto, a la de la revelación. Pero en Alemania –y cabría preguntarse si esto no era en parte un modo de resistencia cultural–, sucedía por esos años casi lo contrario. El Romanticismo se imponía y con una generación deslumbrante de filósofos y artistas que aportarían, en unos cuantos años, una visión distinta de lo hasta entonces juzgado como arte, literatura y filosofía. “Surgía una generación para la cual el acto poético, los estados de inconsciencia, de éxtasis natural o provocado y los singulares discursos dictados por el ser secreto se convertían en revelaciones sobre la realidad y en fragmentos del único conocimiento auténtico” * . Baste citar los nombres de los filósofos Fichte, Schelling y Hegel, los poetas y escritores Goethe, Herder, Schiller, Hölderlin, Tieck, Arnim, los hermanos Grimm, Hoffmann y el mencionado Novalis; todos ellos, en Sajonia (una pequeña región de lo que hoy es Alemania) y en un breve espacio de tiempo a fines del siglo XVIII, crearon ese momento de la historia, cuyas repercusiones aún no terminan de asombrarnos.

 

* _ Albert Béguin, El alma romántica y el sueño, Fondo de Cultura Económica, México, 1954.

 

Heráclito ya se preguntaba por qué, durante el sueño, cada hombre tiene su Universo particular, mientras que en el estado de vigilia todos los hombres poseen un Universo común. Mucho dice de cada civilización la manera en que enfrenta al sueño, esa zona de la realidad que no parece sometida al tiempo ni al espacio y cuyas manifestaciones poseen, para la mente, un grado de significación equiparable a las experiencias de la vigilia. “El mundo se hace sueño; el sueño, mundo” sostiene Novalis. Transfiguración que en su concepto sobrepasa la simple oposición entre realidad e irrealidad para prefigurar una desconocida plenitud que el hombre aún no ha alcanzado. La substancia del sueño y la substancia del mundo, en su concepto, surgen de un mismo lugar. Lo que las separa es el limitado orden de la razón y de los sentidos que poseemos, a los que la verdadera realidad no puede llegar de golpe sino a cuentagotas. El puente del sueño revelaría así a la conciencia lugares, tiempos y criaturas que están en la realidad pero aún no aparecen ante nosotros o se han esfumado. El sueño trabajaría como el espejo o la inversión de esta realidad que necesita nuestra conciencia para reconstruir lo real absoluto o la realidad no fragmentada, no empobrecida por el plano visible.

En Enrique de Ofterdingen, su novela inconclusa, Novalis pone en boca del protagonista la insalvable diferencia que él percibe entre el mundo transcripto por la experiencia y el revelado por las intuiciones interiores: “Me parece como si hubiera dos caminos para llegar a la ciencia de la historia humana: uno, penoso, interminable y lleno de rodeos, el camino de la experiencia; y otro, que es casi un salto, el camino de la contemplación interior. El que recorre el primero tiene que ir encontrando las cosas unas dentro de otras en un cálculo largo y tedioso; el que recorre el segundo, en cambio, tiene una visión directa de la naturaleza de todos los acontecimientos y de todas las realidades, es capaz de observarlas en sus vivas y múltiples relaciones, y de compararlas con los demás objetos como si fueran figuras pintadas en un cuadro” * .

 

* _ Novalis, Enrique de Ofterdingen, versión de Eustaquio Barjau.

 

Novalis fue sin lugar a dudas uno de los grandes poetas del sueño. Su obra está signada por la Noche, la Tierra, el Descenso y lo Inconsciente. Pero hay que tener siempre en cuenta lo que significa el sueño para él: no es una actividad disolutiva sino amplificativa de la conciencia. Puesto que para él lo romántico, en cierto sentido, es todo aquello que se refiere a la conciencia de la gran fuerza que mueve todas las cosas y que aflora más en las épocas de transición que en aquellas en las que el hombre cree haber encontrado su estado definitivo: “Alma y destino no son más que dos modos de llamar a una misma noción”.

Un año antes de su temprana muerte, Novalis publica los Himnos a la Noche. Obra cautivante y cenital, atravesada por un tono profético que le da a la vez fuerza estética y singularidad literaria. Albert Béguin, quizá el más reconocido crítico y estudioso del romanticismo, dice que los Himnos a la Noche son “la obra maestra de la poesía propiamente romántica, y uno de los más bellos testimonios que poeta alguno haya dejado de una aventura personal transfigurada en mito” * . En efecto, es tal vez la mitificación, la transfiguración poética de algunos sucesos de la propia vida de Novalis en este poema lo que emerge inesperadamente convertido en una visión que puede ser comparada con las de los grandes poemas místicos. Si bien hay un referente biográfico –la muerte de Sophie von Kühn, el gran amor de su vida, quien se le aparece pocos días después de fallecida, mientras Novalis visita su tumba–, el verdadero poder de los Himnos… radica en una visión trascendente que está basada en una construcción simbólica. Lo que está sucediendo en ellos, lo que dicen bajo una poderosa voz onírica, habla más allá del alma individual de su autor. Habla desde una profecía poética.

 

* _ Albert Béguin, Op. cit..

 

El primer Himno señala a la Luz y la reconoce como el motor que produce y dirige las cosas que aparecen sobre el mundo:

 

Como un rey de la naturaleza terrestre,

la Luz llama a todas las fuerzas a transformaciones innumerables,

anuda y suelta lazos infinitos,

ciñe su imagen celeste a cada criatura en la Tierra.

Su presencia sola abre el prodigio

de los reinos del mundo * .

 

* _ Utilizo para estos fragmentos citados de los Himnos a la Noche varias versiones de traducción al castellano. Dignas de mención son las de Mario Monteforte Toledo y Antonio Alatorre, la de Rodolfo Häsler, la de Eustaquio Barjau, y la de Jorge Arturo Ojeda.

 

Pero ante esta Luz está la Noche, una manifestación anterior y superior a la Luz, de la que ella ha surgido y a la que ella ha de volver. El poder de la Noche ha descendido al alma del poeta y parece hablar a través de sus palabras; y es ella quien “levanta las alas pesadas del espíritu“, ella quien le ha dado otros ojos para mirar lo invisible:

 

Más celestes que las estrellas

nos parecen los ojos infinitos que abre en nosotros la Noche.

 

El segundo Himno continúa lo planteado en el primero y se lamenta de la demora en la llegada del reino de la Noche, inminente una vez que se ha comprendido su magnitud; pero reconoce que el tiempo de la Luz es necesario para entender y penetrar en aquél:

 

El tiempo de la Luz está medido.

Pero el reino de la Noche no conoce tiempo ni espacio.

 

En el tercer Himno narra el proceso de su visión y de su conversión:

 

…me aferraba con inmenso dolor a la vida

que se me escapaba y se extinguía.

He aquí que vino de las lejanías azules,

de las cimas de mi antigua bienaventuranza,

un tembloroso fulgor.

Y súbitamente la atadura del nacimiento, la cadena de la Luz

se rompió.

Desapareció el resplandor terrestre y con él el dolor.

La melancolía se fundió para crear un mundo nuevo e inefable.

 

Al arribar al cuarto Himno la voz continúa bajo este estado de visión en el que puede mirar desde una altura inusitada la vorágine de la realidad del mundo:

 

…quien ha estado en el monte que separa los dos reinos

y ha mirado al otro lado, al mundo nuevo,

a la morada de la Noche,

en verdad éste ya no regresa a la agitación del mundo,

al país en el que anida la perpetua inquietud de la Luz.

 

Como reconociendo que hay un punto irreversible en esa visión y al mismo tiempo que ella era necesaria para despertar de un largo sueño; porque ahora “siento en mí el cansancio celeste” dice el poeta y le habla directamente a las ficciones de la Luz desde una extraña sobrenaturaleza:

 

Pero es inútil tu furia y tu deliro.

He aquí levantada la Cruz,

que se yergue ardiente sin consumirse,

bandera que bendice nuestra estirpe.

 

El reconocimiento de la Cruz para simbolizar el cruce de los dos reinos –el de la realidad temporal y el de la trascendente– y al mismo tiempo el advenimiento de una nueva era le da al poema un sentido teológico, aunque no necesariamente religioso. La reconciliación de la estirpe divina con el devenir del mundo de la Luz son narrados en el quinto Himno. Aparece una señal de pacto:

 

…el mundo nuevo se mostró con rostro nunca visto,

en la poética casa de la pobreza:

un hijo de la primera Virgen y Madre,

fruto infinito de un secreto abrazo.

La sabiduría oriental, floreciente de premoniciones,

fue la primera en reconocer el comienzo de los nuevos tiempos.

Una estrella le señaló el camino hasta la humilde cuna del rey.

 

Novalis diferencia una edad de oro, signada por la inocencia; una caída, representada por el conocimiento del dolor y de la muerte; y una revelación, centrada en la figura del Mesías y de la Cruz. A partir de que el Mal se manifiesta en el reino de la Luz los hijos del espíritu se interrogan sobre el verdadero creador de su naturaleza terrestre. Entonces la nueva Era aparece bajo la señal de la Cruz. Pero ahora el espíritu ha reconocido su origen y su destino:

 

Consolada, la vida

avanza hacia lo eterno.

De su fuego más íntimo

se colma nuestro espíritu.

El cielo y sus estrellas

se hacen vino de vida:

gocemos de ese vino

hasta ser como estrellas.

 

En el último canto, que lleva el subtítulo de “Nostalgia de la muerte“, hay una voz que se desespera de su forma y anhela reintegrarse a su origen, ya reconocido para siempre:

 

Descendamos al seno de la Tierra

abandonando el reino de la Luz.

El golpe con su estela de dolor

es la alegre señal de la partida.

Veloces, en angosta barca,

a la orilla del Cielo llegaremos.

 

Y se pregunta, por último, cuáles son las ataduras que impiden la final liberación:

 

¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?

Ya reposan quienes tanto amamos;

en su tumba termina nuestra vida.

Miedo y dolor invaden ahora el alma.

No hay nada más que buscar.

El corazón está lleno; el mundo, vacío.

 

Me parece fundamental observar lo que afirma este verso: “El corazón está lleno; el mundo, vacío“. Hay que recordar que Novalis escribe este poema en la desolación, a partir de la muerte de quien fue el gran amor de su vida, y que en parte es por esto un canto de agonía y de “nostalgia de la muerte“: su amada no volverá a la vida pero él se reunirá con ella en la muerte; la vida, para él, es a partir de entonces una espera impaciente. Pero, en un sentido más amplio y menos anecdótico, esta noción de plenitud interior al mismo tiempo que renuncia exterior, o de rebosamiento del espíritu al tiempo que el mundo visible se adelgaza o se vacía, se aproxima inesperadamente al estado extático que anhelaban los místicos y, más curioso aún, al nirvana o satori del budismo. En efecto, lo que Novalis transcribe en los Himnos a la Noche es una fina meditación que es coronada por una visión trascendente, a la que llega muy probablemente sin querer, guiado sólo por el Amor.

Poco que agregar a este poema total y estremecedor. Sólo quisiera con este imperfecto paseo suscitar en un lector de hoy la curiosidad de acercarse a él. Doscientos años de la muerte de su autor no han obscurecido su magna lumbre.

Jorge Fernández Granados

 

 

Jorge Fernández Granados (México, 1965). Poeta. Ha publicado: La música de las esferas (Castillo, 1990), El arcángel ebrio (UNAM, 1992), Resurrección (Aldus, 1995), El cristal (Era, 2000), y Los hábitos de la ceniza (Joaquín Mortiz, 2000); así como el volumen de cuentos El cartógrafo (CNCA, 1996). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1988-89) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1992-93 y 1997-98). En 1995 obtuvo el premio internacional de poesía Jaime Sabines y en 2000 el Nacional de Poesía Aguascalientes. Contacto: jfgranad@prodigy.net.mx.

 

 

Edición digital de (odoniano@yahoo.com.ar)

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